Manual teórico-práctico del enamoramiento
Van, estimado lector, cuatro anécdotas que me contaron sobre los juegos del amor y del amar. Como las recuerdo se las presento.
Del cortejo
Era tan de pocas palabras que llegaba a platicar con su novia y decía:
—Buenas noches y hasta mañana.
Del cortejo 2
Se sentaban uno al lado del otro sin decirse nada. El cielo, sin una nube en sus horizontes, pardeaba apenas; las gallinas no habían regresado a su gallinero. Miraban pasar la tarde en completo silencio, procurando no rozarse siquiera, enmudecidos por el pudor y la vergüenza. Cuando el sol menguaba tras la loma de enfrente los novios por fin se animaban a hablarse de amores antes de despedirse.
—Pueque llueva.
—Pueque sí.
Del cortejo 3
Cuando una muchacha le gustaba tomaba valor de donde no tenía, acomodaba bien ideas y sentimientos, elaboraba mentalmente un discurso lleno de rosas y pájaros, de cartas perfumadas, de abrazos y querencias.
Entonces se plantaba ante la joven en turno, la miraba largo y tendido mientras repasaba su declaración de amor y soltaba siempre las mismas palabras:
—Pos yo iba a decirle que… pos…este... mire, mire cómo la quero.
Del cortejo 4
Se miraban uno al otro como si en ello se les fuera la vida. Entrelazaban sus manos y hablaban sin reposo, admirando sus mutuas sonrisas y sus palabras. Platicaban sentados en el umbral de la casa de ella, recargados en la puerta azul de madera. Del otro lado la abuela de la enamorada cuidaba la honra de la muchacha y de la familia, sopesando lo que el amor les urgía a decirse, impidiendo que pasaran a las manos y a los labios.
Pero el amor no se conforma con lo que se dice, necesita el calor del aliento del otro, el abrazo amoroso de la persona amada. Entonces el discurso perdió fuerza en favor del silencio, huecos de silencio entrecortando las palabras, suspiros y silencio, besos y silencio.
—¡No se escucha lo que platican!— gritó la abuela golpeando la puerta con el bordón. Los novios se soltaron sobresaltados y volvieron a una plática nerviosa y apresurada. La abuela se acomodó el chal satisfecha, segura de que el honor familiar estaba a salvo. Pero no pudo evitar por más que quiso sentir que algo traicionaba, que había roto algo más grande y poderoso que la honra, algo tan parecido a lo que muchos años atrás había sentido arder en su pecho y que su propia abuela había apagado a bastonazos sobre la puerta azul de la casa.
Andrés Briseño Hernández