La Fragata

Narrativa, poesía, fomento a la lectura y fotografía

Estimado lector, son éstas las primeras líneas de un blog que, espero, sea de su agrado. Lo he titulado La Fragata, aludiendo no al navío o al ave que lleva tal nombre sino a una tienda muy conocida y concurrida en Jerez, Zacatecas hace ya algunas décadas. En ella —según recuerdo, pues era yo entonces un muchachillo — podía uno encontrar de todo y muy variado. Ésa es la razón del título del incipiente blog que presento: entregar cada semana textos de géneros y temas varios; ora un poema, ora una anécdota o cuento o pobre disertación.

            Abogo a su aceptación y lectura. Que nos hagamos a la mar de las palabras la embarcación que hoy abandona el puerto y lanza a lo desconocido.


Andrés Briseño Hernández

—Es por el placer de dar— aseveró el viejo ventrudo, llenos los dientes de restos de comida, sucias las manos de grasa de pavo— Todo se reduce, si se me permite la comparación, a compartir de la sombra del árbol a aquéllos a los que el sol atosiga de día y de noche [gordo pendejo] y que no encuentran dónde aliviar su desazón. ¿No piensa usted lo mismo, mi estimadísimo y excelentísimo amigo?
—Por supuesto, señor senador.
—Y supongo que estará de acuerdo conmigo en que es nuestro deber patriótico, moral y espiritual coadyuvar al mejoramiento, aunque sea por esta noche, de su tristísima y pobrísima situación, retribuyendo su esfuerzo diario con una cena navideña que, gracias a la convivencia y a la armonía, mitigue sus pesares, su dolor intrínseco, interno e inalienable.
[¿Qué?].
—¿No es así, mi estimadísimo?
—Ah, sí, claro, licenciado.
—Mírelos usted: rebosantes de gratísima felicidad, de contentísimo esparcimiento [¡Y dale con las –ísimas y los –ísimos!]. Pero el mérito no es sólo mío, no, sino también de mi esposa. ¿Conoce usted a mi esposa?... No, ésa fue la primera, yo me refiero a la segunda… Sí, ésa. Pues bien, le comentaba: mi mujer, poseedora de un altruista corazón, en coordinación con la Asociación de Mujeres Pro Eliminación de los Desvalidos [!], tuvo a bien referirme y comentarme acerca de tan brillantísima propuesta— Me vi tentado a pedirle al gordo que me explicara cuál era esa proposición, la cena o la eliminación de los desvalidos, pero desistí de la idea ante la posibilidad de que fuera la segunda.


Ocupábamos un piso privado del salón de fiestas. Desde nuestra posición podía verse todo el primer nivel, repleto de gente que se apretujaba con fervor asesino frente a las ollas de los tamales y del ponche. Había algunas mesas y sillas patrocinadas por una refresquera, insuficientes para el número de asistentes, quienes se veían forzados a comer de pie o de plano sentados en el suelo. Un grupo norteño intercalaba villancicos y narcocorridos. Arriba, en cambio, el selecto grupo de comensales, en el que nos encontrábamos el enorme legislador y yo, disfrutaba de una cena de gala, atendida por meseros de refinados movimientos y pulcras vestimentas.
—Pues bien— prosiguió el licenciado— que a mi mujer apenas se le mete una idea en la cabeza, no hay quien se la saque, y ya me traía para acá y para allá jorobándome con eso de arriba para abajo— mientras decía esto movía al tiempo una enorme pierna de pavo a manera de batuta— Y yo que, como se habrá dado cuenta, me debo al pueblo y sus necesidades, acepté gustosísimo su iniciativa.
—Debió salirle muy cara la cena, supongo— dije sin poder apartar la vista de la pierna de pavo.
—Fíjese que ni tanto, ni tanto. Gracias a la colaboración mutua y recíproca de los diferentes niveles de gobierno, todo se ha logrado sin erogar prácticamente nada del erario público. Por ejemplo: mi amigo y compadre ciudadano presidente municipal de este municipio consiguió a un grupo de señoras de una colonia de por aquí para que cooperara con los tamales; mi mujer coordinó a las beneficiarias de los talleres del DIF para que prepararan el café [ponche]; la cena de acá arriba salió de una partida presupuestal para cultura; las sillas las prestaron los de las sodas. Todo esto permitió que nuestros queridísimos ciudadanos no pagaran ni siquiera lo de los bolos y las piñatas.
—¡Nombre!: una acción muy altruista.
—¿Verdad que sí? — asintió el senador sin notar siquiera un poco la ironía en mis palabras— Aunque le he de decir que yo era de la opinión de que se les cobrara un poquito, digo, a manera de criba, luego se mete cualquier gentuza que no se sabe. Hay niveles, digo. Es como, si se me permite la comparación, la diferencia entre un roble y un álamo.
—A saber— pregunté con extrañeza.
—Pues que un grupo de robles es un robledal; uno de álamos, alameda.
[Sin comentarios].
—Sin embargo— continuó— es bueno también apapachar a una que otra familia en situación pecuniaria débil [tradúzcase “jodida”] a la cual saludar de mano y servirle a la mesa sus tamalitos; dichas acciones siempre redundarán en beneficio del ánimo popular y de mi compromiso inherente para con los que menos tienen.
“Gordo cabrón”, quise decirle al viejo cerdo. En cambio me limité a observarlo beber con avidez cuatro copas de vino blanco.
—Ahora, si me permite— dijo limpiándose la boca con la servilleta de tela— debo dar a la población en general el mensaje navideño. Por cierto, tengo un asesor de discursos que me los escribe que ni mandados a hacer; si no haiga [!] sido por él me hubiera quedado mudo durante la campaña. Y ya ve usted, arrasamos en las elecciones. Ahí luego se lo presento para que le dé unos tips para su trabajo. Y no se le olvide sacar la nota de esta cena en la primera plana de su periódico, eh. Luego le hago llegar con mi asistente lo que le debo de la publicidad, mi estimadísimo comunicólogo. ¡Ah!, si quiere más pollito pídaselo al mesero: ésta es época de dar y en mi gestión no escatimamos en la dádiva social.

Andrés Briseño Hernández





(Antologado en A la mitad del foro. Ramón López Velarde como pretexto literario, Ágora Editorial, 2020)

—¡Han de ser gitanos! —le gritó María Teresa a su abuela para que la oyera.
—¿Gigantes?
—No, abuela: gitanos; húngaros, pues —María Teresa vociferó casi dentro de la oreja de la anciana que, por fin, entendió.
—¿Y qué chintrolas quedrán esos por aquí?; mi mamita Basilia decía que nada bueno traían esos jijos que ni cristianos son.
—Pos sabrá Dios, a mi apá tampoco le cuadra la idea, pero ya se están instalando cerca de la cancha, croque ni permiso pidieron.
—Entonces está fácil: que le hablen a Jaime para que los corra.
—Ya mandé al Fide a avisarle.
—En caridad de Dios, hija; vamos rezando un rosario para pedirle a la virgen que se vayan las malas almas... ¿no me oyes?... no te hagas la loca que aquí la única sorda soy yo —María Teresa no la escuchó, iba a la carrera rumbo a la cancha con la tina del nixtamal.


Fide bajó la loma como un bólido. El cuadro de la bicicleta parecía que se desarmaría por los brincos que daba entre las piedras. Con un derrape suicida viró a la derecha en la esquina de la escuela, cerrada desde la muerte del profe Ángel, y salió disparado hasta la casa del comisario.
—¡Jaime! —le gritó desde la malla ciclónica. Un perro pardo y rengo lo recibió a ladridos; luego de unos minutos salió Jaime.
—¿Ora qué traes, Fide?, vienes todo sudado.
—Es que mi hermana María Teresa me dijo que unos viejos están poniendo carpas en la cancha, quesque son gitanos.
—¡Ah, cabrón!, ¿estás seguro?
—Sí, Jaime... ¿Son muy malos esos gitanos, Jaime?
—Pues malos, malos, no son, más bien embusteros, luego lo enredan a uno y le sacan el dinero. Vete en chinga a buscar a mi compadre Audón y le dices que se vaya para la cancha; yo voy a ver qué se traen ésos —La bicicleta del niño zigzagueó a toda velocidad entre las vacas que salían de los corrales.


Dos hombres y tres mujeres levantaban una carpa al costado sur de la cancha de basquetbol. Eran jóvenes; vestían pantalones abombados, de tela ligera; los hombres portaban sombreros de palma muy distintos a los usados por aquellos rumbos. Una de las muchachas usaba rastas y argollas en la nariz; de las otras dos, una llevaba el cabello a rape y la segunda lo usaba teñido de violeta. Junto a la tienda de campaña habían estacionado una vieja minivan adornada con pintas y letras de colores llamativos. Por los cristales alcanzaban a verse sacos y mochilas, también instrumentos musicales. Hasta ellos llegó una comitiva alerta y desconfiada. Eran tres hombres, Jaime, Audón y Severiano; pero más atrás un ejército de señoras, señores y chiquillos observaba con ojos inmóviles y expectantes.
Audón fue el primero en hablar.
—Ey, ustedes, húngaros, vengan pacá —Los jóvenes los miraron, se dijeron algo entre ellos y se acercaron con rostros sonrientes.
—¿Éstos de qué se ríen? —murmuró Severiano— y miren cómo caminan, como si la gran cosa.
—Pérense a ver qué alegan —dijo Jaime.
—Buenas tardes, señores —saludó uno de los desconocidos; el flequillo del pelo le cubría el ojo derecho.
—Buenas —contestó Audón sin darle la mano.
—¿Se puede saber qué hacen aquí? —preguntó el comisario.
—¿Y quién les dio permiso de instalar esas anchetas? —secundó Audón.
—Me llamo Nicolás Cienfuegos; ellos son mis compañeros Elena, Julio, Frida y Claudia, venimos de parte del instituto de cultura de...
—¿Son húngaros? —preguntó Severiano con sequedad.
—¿Perdón?
—Que si vienen a vendernos pomadas y menjurjes y a leernos las cartas y eso que hacen ustedes.
—Este es un pueblo tranquilo y pequeño —terció Jaime (iba a decir “Y no cabemos ustedes y nosotros”, como en las películas, pero se contuvo)— No queremos que gente desconocida venga a causar problemas con sus satanerías y sus adivinaciones.
Claudia, la de pelo a rape, se rio desde allá atrás. Los hombres del rancho voltearon a verla.
—¡Qué loco: nos están confundiendo con quirománticos! No se preocupen, señores, no somos “húngaros”, somos teatreros.
El comisario y sus acompañantes se miraron con desconcierto.
—Quiere decir que somos artistas, venimos a dar una función, a presentar una obra —acotó Julio.
—¿Así como en las salidas de la escuela? —cuestionó Jaime.
—Más o menos —respondió Julio sin dejar de notar cierta melancolía en aquellos hombres.
—¿Y van a cobrar?, aquí no tenemos dinero para mercachifles —exclamó Audón.
—No, no —dijo la muchacha de cabello violeta— es gratis.
—El municipio nos mandó —continuó la de rastas— a las seis de la tarde será el espectáculo.


—¿Ustedes cómo ven? —interrogó Jaime a los otros. Se habían retirado de la cancha para determinar qué harían con aquellos visitantes, a su alrededor la gente del rancho permanecía atenta— Si estuviera el profe Ángel, él sabría qué hacer.
—A mí me dan mala espina —contestó Severiano— nomás se contradicen: la vieja o viejo, lo que sea esa pelona, dijo quesque eran quiroprácticos; nomás vean qué trapos traen, parecen chamuchos.
—Pos sabe —intervino Audón— pero si los corremos nos podríamos meter en un lío, ya ven ese papel que nos enseñaron, sellado y firmado. ¿Tú qué dices, Jaime?
—Pueque digan la verdá, una vez, en Zacatecas, vide unos cabrones del mismo jais, brincaban y hacían borucas muy chistosas.
—¿Entonces que se queden?
—Yo digo que sí.
—Pos que se queden, a ver qué gracias hacen, pero por sí o por no hay que tenerlos bien vigilados.
—A la primera cabronada los corremos a pedradones —aclaró Severiano.


—Señores —llamó Jaime a los desconocidos— ya platicamos acá entre nosotros y está bien, pueden quedarse a hacer su función.
Los visitantes sonrieron complacidos y corrieron a terminar de levantar el escenario que se tambaleaba con el viento.
—Ese toldo se les va a caer con un aironazo —les advirtió Severiano— ¿Pos qué nunca han puesto uno?, a ver, dejen les digo cómo —Él y varios hombres que se desprendieron de la multitud se acercaron a ayudar con la instalación.
Una de las muchachas, Elena, se dirigió a la muchedumbre.
—No es necesario que se queden, el espectáculo será a las seis de la tarde, cuando haya bajado el sol.
—¿Entonces no nos van a leer el futuro? —preguntó Fide.
—Que no son húngaros, pazguato, son quiroprácticos —gritó María Teresa desde la esquina del molino.
—Vámonos, pues, dijo desilusionada Pepa la de Madaleno —al rato venimos a ver las gracias de éstos.
—¿Dónde podemos comprar algo para comer?, ¿hay tiendas? —continuó Elena.
—Don Leonires tiene una por el callejón, si quieren yo los llevo —se apresuró Fide a contestar.
—¡Fide, no!
—Véngase, por aquí —le dijo el niño a la muchacha sin voltear a ver a su hermana. María Teresa dejó la tina con el nixtamal y se apresuró a alcanzarlos.
—Muchacho carajo, ¿pos qué te mandas solo o qué?
—No lo regañes —le pidió Elena amarrándose las rastas con una cinta café— nada más quiere ayudar —María Teresa no contestó, se limitó a plantarle un pellizco al niño en el brazo.
Siguieron los tres en silencio hacia la tienda. De vez en cuando Fide volteaba a verle las rastas a Elena.
—¿Nunca te bañas? —preguntó de repente.
—¡Fide!
Elena sonrío y siguió caminando.


A las tres de la tarde el teatro itinerante estaba listo. Se trataba de una estructura tubular de cuatro por cuatro cubierta con lonas grises. Como escenografía, una recámara de principios de siglo XX pintada sobre manta; una silla y una mesita de madera con una copa de vino. Al frente, el telón de terciopelo rojo era enmarcado por columnas de unicel que asemejaban mármol; guirnaldas y grecas subían desde
sus bases hasta alcanzar un letrero de triplay barnizado, rodeado de foquitos intermitentes: Teatro Fuensanta.
Severiano se detuvo por enésima vez al pie de una de las columnas; le había dado ya un sinnúmero de vueltas a la carpa, observando cada detalle del armazón.
—¿Ora tú qué traes, Seve?, ya nos mareaste.
—Cómo le haré para convencerlos —pensaba en voz alta.
—¿Qué dices, Seve?... ¡Severiano!
—El toldo éste —contestó por fin— está rebueno para meter la troca o para guardar costales, ¿dónde se lo habrán conseguido los quiroprácticos?
—Yo creo que en la iglesia, ¿ónde más? —replicó Audón.
—¿Cuál iglesia, Audón?
—Pos en la que sea que veneren a la santa.
—¿Cuál santa?
—Ésa, la santa de la fuente, ¿no ven el letrerote?
—¡Uh, qué la! —se quejó Severiano— nomás falta que nos quieran dar doctrina.


Tristes recuerdos sonaba en la radio de la cocina mientras la comparsa se daba gusto con las papas en chile verde, el queso fresco y los chicharrones. Irma miraba desde la chimenea a los invitados de su marido sin decir una palabra, pero resoplaba de cuando en cuando mientras apachurraba con fuerza los frijoles en la cacerola. Jaime,
que la conocía de sobra, se le acercó con la servilleta bordada a que lo abasteciera de tortillas.
—Ora qué, mujer —le dijo en voz baja.
—Nomás a ti se te ocurre, Jaime —masculló Irma simulando una sonrisa— ¿De dónde sacaste a esta gente?, mírales nomás la facha.
—Son artistas, mujer.
—Yo he visto artistas en la tele, Jaime, y no se parecen a éstos.
—Es que éstos hacen teatro; a ver, dame esas gordas antes de que se te quemen —Jaime regresó a la mesa y puso las tortillas al centro— Mi mujer quiere saber si les gustó la comida —Irma estuvo a punto de lanzarle el apachurrador por la cabeza.
—Está muy rico, señora.
—Sí, delicioso.
—Muchas gracias por la invitación.
—Dispensen lo pobre y lo poco, de haber sabido que venían...
—No se preocupe, señora —intervino Frida; se había puesto una pañoleta naranja que intensificaba el violeta de sus cabellos— ¿Sabe?, su cocina me recuerda a la de mi abuela.
—Ah, mire, qué bien.
—Sí, también tenía los trasteros adornados con servilletas, ¿usted las bordó?
—Sí, todas las que ve —contestó hinchándose de orgullo.
—Pues están divinas.
“Le dieron en la pata de palo”, sonrió Jaime para sí mismo.
—¿Tejido no hace?
—También —dijo la mujer destensando los hombros.
—Qué bonito. Claudia, Elena y yo empezamos a ir a un taller, pero ni de chiste nos quedan así de lindas.
—Si quieren les enseño unas muestritas —propuso Irma emocionada.
—¿De veras?
—Si no se les hace tarde.
—No se apure, ya estamos listas.
—Te quedas con los muchachos —le ordenó Irma a su esposo— Si por algo nos tardamos, nos esperan en la cancha.
Del cielo cayó una rosa, sonó en la radio de la cocina.


Con la caída de la tarde, la cancha de basquetbol se fue llenando poco a poco de sillas, bancas y banquitos que la gente acomodaba a su gusto. Aún faltaba una hora para las seis, sin embargo, casi todos los habitantes estaban listos para la función. Desde la muerte del profe, seis meses antes, no se habían reunido tantas personas. Pepa la de Madaleno había llevado una mesita para venderle churritos con salsa a los chiquillos; no había querido quedarse atrás y le había pedido a una de sus nietas que escribiera en una cartulina “Teatro y churros Pepa”.
—Primera llamada —anunciaron detrás del telón. María Teresa había empujado desde el barrio de arriba la silla de ruedas de su abuela.
—Yo no me pierdo el argüende, pos qué —le había dicho la abuela a su hijo, uno de los pocos en el rancho que se había negado a asistir— Si tú no quieres llevarme, está bien, pero yo no me pierdo la oportunidad de ver a los gitanos.
—¿Dice que está pelona, apá? —preguntaba insistente el hijo de Severiano.
—Sí, y otra trae las narices argolladas como cochino.
—¿Y los hombres?
—Greñudos y feos.
El viento fresco de octubre levantaba el telón dejando entrever el interior. Los niños se tiraban de panza para ver hacia adentro y luego se levantaban de improviso para salir corriendo entre los bancos.
—Segunda llamada.
En la loma rebuznó un burro. Una camioneta llegó levantando polvareda; en el estéreo, Los pájaros azules. Un muchacho de sombrero negro y lentes oscuros bajó de la camioneta y se recargó en la puerta abierta. Como nadie le hizo caso, apagó el estéreo y fue a acomodarse con la muchachada del rancho en la barda del molino. De pronto se descorrió el telón y el público aplaudió con enjundia creyendo que la obra había comenzado. Irma, que había salido a avisarle a Jaime que ya estaban por empezar, se puso roja de la vergüenza y se metió a toda prisa. Jaime la siguió entre las risas y chiflidos de los muchachos de la barda.
Luego de unos minutos salió el comisario, se colocó al centro, visiblemente nervioso y carraspeó para que lo escucharan.
—Vecinos y amigos de Sarabia, el Teatro Feuntansa, digo Fuensanta, nos acompaña esta tarde para, este, presentarnos una obra sobre la vida de un señor que se llama Ramón López Verde, Velarde; la obra se intitula Vals sin fin.
—¿Sin fin?, pos ni que fuera el vals del billete de la boda de Pachito y Angelita —gritó el de sombrero y lentes oscuros.
Jaime, en lugar de acallar las carcajadas colectivas que había desatado el comentario, se dobló de risa al grado de que ya no pudo anunciar, como se lo habían pedido, la tercera llamada.


Hasta las últimas casas de Sarabia, más allá del arroyo y de la Santa Cruz, entre los pliegues del moño negro clavado en la puerta de la escuela, sobre la iridiscencia del agua de la presa, los acordes del vals Sobre las olas se esparcieron aplacando el alboroto del público. Gravitó entre los asistentes un rumor de expectación e incertidumbre. Luego el silencio. Y después, al abrirse el telón, la exhalación del inicio tan esperado. Sentado, garrapateando hojas sobre la mesita, Ramón López Velarde.
Les costó un poco a todos reconocer en ese hombre de riguroso negro, de bigote y corbata, a Nicolás el del flequillo. Atónitos asistieron a la magia de verlo ser él, pero, al mismo tiempo, ese otro que escribía vertiginosamente con una pluma de ave. De repente detuvo la escritura, tomó la copa con parsimonia y, antes de posarla sobre sus labios, la arrojó con furia contra el suelo mientras gritaba “¡Fuensanta!”.
—¡Virgen bendita! —gritó Pepa la de Madaleno; los demás escondieron el susto tras una risilla nerviosa.
El telón cerró.
Al abrirse, apareció en mar. Velarde exclamaba mientras era agitado por olas invisibles:
Soñé que la ciudad estaba dentro del más bien muerto de los mares muertos. Era una madrugada del Invierno y lloviznaban gotas de silencio. No más señal viviente, que los ecos de una llamada a misa, en el misterio de una capilla oceánica, a lo lejos (las campanadas sonaron dolorosas y lejanas). De súbito me sales al encuentro, resucitada y con tus guantes negros.
Del costado derecho entró Frida, también de negro, cubierto el rostro con un velo.
—¡Ándale: la llorona! —murmuró Audón— va a ser una historia de miedo.
Frida se acercó lentamente a Nicolás-Velarde, tomó sus manos y se las llevó a la cara.
—¡Ay, güey! —exclamó con burla el muchacho de la camioneta, pero nadie siquiera lo escuchó.


El telón abría y cerraba.
Elena, convertida en una madre en luto, daba aviso a su hijo de la muerte de su padre. Un Ramón joven, interpretado ahora por Julio, recibía la noticia víctima del estertor de su llanto.
Todo lo evoco, Padre: tus quejidos; tus palabras postreras; la voz triste con que te habló tu hermano sacerdote; la mañana de otoño en que moriste; los cirios —compañeros de velada— ; la madre y los hermanos, todos juntos; el ataúd que sale de la casa; el sollozante oficio de difuntos; y ¡oh infinita bondad la de los padres! los ojos muertos de tu faz piadosa que me vieron por último con lástima en las orillas de la negra fosa.
Sobre la barda dos hermanos huérfanos lloraban sin recato ni vergüenza. Pepa la de Madaleno evocó a su padre con una intensidad nunca antes experimentada.


Mudaron la música y la escenografía tantas y tan pocas veces. Y los ojos de aquellos hombres y mujeres de campo no daban crédito al sortilegio de sentir amor y pesadumbre a un tiempo.
Me arrancaré, mujer, el imposible amor de melancólica plegaria, y aunque se quede el alma solitaria huirá la fe de mi pasión risible.
Audón palpó su cartera; escondida entre los compartimentos, la fotografía de una mujer a la que, desde ahora, llamaría Fuensanta.


La noche caía sobre Sarabia al mismo tiempo que en el escenario se avecinaba la fría noche de la ciudad de México presagiada por la gitana.
—Te dije, María Teresa, te dije —sollozaba la abuela— las cosas de húngaros no son de cristianos.
Y al aparecer Ramón postrado en su cama de desahuciado, un silencio respetuoso se apoderó de la concurrencia. Se moría el poeta. Elena, de plañidera, cantaba tristemente Te vas, ángel mío. Quién podría moverse siquiera, quién escuchaba a los grillos en coro.
Ramón López Velarde se incorporó como impulsado por fuerzas sobrenaturales. Era el desenlace, el momento culmen que la compañía teatral esperaba. Se situó al centro del escenario, frente a sesenta y siete almas que apenas parpadeaban y dijo:
Yo que sólo canté de la exquisita partitura del íntimo decoro, alzo hoy la voz a la mitad del foro a la manera del tenor que imita la gutural modulación del bajo para cortar a la epopeya un gajo.
Pero un rumor creciente no le permitió seguir.
—El profe Ángel —murmuraban los espectadores, como si de repente aquellas palabras les hubieran abierto el cajón de los recuerdos sagrados— el profe Ángel.
Nicolás titubeó, de su boca no podía salir sonido alguno. Elena lo miraba sin entender qué sucedía.
—El profe Ángel —decían María Teresa y Fide mirándose a los ojos.
—El profe Ángel —repetían Audón y Pepa la de Madaleno; sus manos apretaban la revelación de la que eran testigos.
Del camerino salieron Julio, Claudia y Frida, asustados por la conjunción de voces que se había formado. El profe ángel, el profe Ángel. Los cinco jóvenes buscaron con los ojos al comisario en busca de una respuesta.
—El poema del profe —pareció aclarar Jaime poniéndose lentamente de pie, todos los demás hicieron lo mismo.
—El profe Ángel —continuó Fide— él nos enseñó ese poema.
Navegaré por las olas civiles con remos que no pesan, porque van como los brazos del correo chuan que remaba la Mancha con fusiles —recitaron de pronto hombres y mujeres, como lo hicieran alguna vez en el salón de clases.

Y así continuaron, estrofa tras estrofa, hasta terminar La Suave Patria, frente a aquellos atónitos actores que estaban, sin duda alguna, ante el espectáculo de sus vidas.


                                                                                                                        Andrés Briseño Hernández

Que va y que viene,
que viene y que va:
Fiesta del Toro en
Susticacán. 


La hacienda del Negro Santo
se robó un toro bonito
 y lo hicieron chiquitito
pa que no se viera tanto.
Dijo el padre con espanto
ante la Virgen del Rayo:
“Mi torito ya no lo hallo,
¡malhaya el que lo sacó!
Ni los pasojos dejó,
¡ay, qué pena, me desmayo!”.

Ya se los roban,
ya se los dan;
el pobre toro
dónde estará.


Virgen de la Cofradía,
haznos ya la caridad
de mirar con claridad
al autor de esta porfía.
Si lo hallamos prometemos,
una vez que nos juntemos,
mandar kilos de pinole,
para vecinos y prole,
que gustosos comeremos.

Agua de frutas
y colaciones; 
traigo pinole
hasta en los calzones.


Una bola de muchachos
al toro bajó del cerro
y les ladraban los perros
porque ya venían borrachos.
Amarrado de los cachos 
por calles y callejones
tupidito de listones
lo acompañan las mulitas;
si las ves mejor te quitas
o te llevan a empujones.

En las escuelas
lazan chiquillos,
quedan los profes
bien amarillos.


Directo a la presidencia
llegaron en carretón
un licenciado panzón
y un caporal con urgencia.
Solicitan la presencia
del alcalde o la alcaldesa 
para que les dé certeza
en este juicio afamado
¿de quién es el toro mentado?,
que les diga con firmeza.

La cofradía
contra la Hacienda;
en este juicio
no hay quién se entienda.


Las mulas tras los barrotes,
no importa que ya no quepan;
no salen hasta que sepan, 
cómo arreglar el borbote.
Y el toro, trote que trote,
se acerca por la comida,
será que no se le olvida
su sitio en la Cofradía,
donde siempre noche y día
había pasado su vida.

Perdió la Hacienda,
ya se retira
con la vergüenza 
de su mentira.


En el jardín hay jolgorio:
salen güenchas y mulitas
para bailar muy juntitas
con su paso tan notorio.
Si hay fiesta o hay velorio
depende de la destreza
para salir con presteza
si el torito se aparece.
Más vale que no tropieces
o las tripas te atraviesa.

Chiste y maromas
de los payasos, 
luego los versos
y el tamborazo.


La Pomposa y su marido
--el Caratino famoso--
nos bailan con alborozo,
nos causan un desatino,
cuando a aquel pobre que vino
nomás a pelar el diente
lo jalan y de repente
ya es parte de la función,
y le sacan la risión
a todita aquella gente.

Güenchas grandotas,
güenchas chiquitas
bailan y bailan
con las mulitas.


Ay les doy la bendición,
nos vemos a vuelta de año,
a lo mejor me hace daño
comer tanta colación.
Es que es mucha la emoción,
se alegran los corazones,
pues no hay otras poblaciones
como mi Susticacán.
Se despiden y ya se van
el Toro y sus tradiciones.


Andrés Briseño Hernández

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Oda a la inocencia

Trabajé en una pequeña comunidad de Huanusco, Zacatecas llamada Los Soyates. Me desempeñaba entonces como director del Telebachillerato y la verdad sea dicha mejor suerte no podía pedir: el rancho era tranquilo, alejado de la violencia de otros lugares; la gente amable y los alumnos respetuosos.
Sin embargo, hacía varios días que notaba algo raro en algunos estudiantes: no bien terminaba una clase, cuatro muchachos se iban rápidamente a los baños y no salían de ahí si no los llamábamos. Al poco tiempo, incluso a mitad de una lección pedían permiso uno por uno para ausentarse; luego de un rato regresaban todos juntos lanzándose miradas y sonrisas de complicidad.
La situación me preocupaba: ¿fumaban o consumían alguna droga?, ¿acaso se reunían para ver pornografía?
Intenté sacar información de las muchachas, pero ni ellas tenían idea de lo que ocurría en el sanitario de hombres. Entonces me dio por vigilarlos. Constantemente rondaba la escuela para encontrarlos en el momento adecuado, pero daba la impresión de que siempre llegaba un poco antes o un poco después de lo indicado.
Decidí encararlos y preguntarles qué tanto hacían a escondidas. Al principio se negaron a hablar, tan sólo se limitaban a verse unos a los otros con vergüenza. Presioné un poco más hasta que por fin descubrí el secreto de mis alumnos:
No se trataba de drogas; sus mochilas no guardaban revistas para adultos: se reunían para echarse pedos, ganaba aquél que consiguiera el más largo y sonoro.


Oda a la memoria

¿Cuántos años llevaría allí? ¿Diez, quince? Digamos que lo primero. Había llegado a dar clases recién salido de la escuela Normal y desde el primer día supo que de ahí no lo iban a sacar si no era con los pies por delante. Tanto así le había gustado el pueblo.
Los vecinos también estimaban al profe: responsable, respetuoso y muy trabajador. A la salida de clases siempre tenía tiempo para ayudar a tumbar o a traer el ganado o a cualquier otra faena en que lo necesitaran. Pero lo que más le gustaba, sobre cualquier otra cosa, era bailar. No había boda, quinceañera o rodeo en que no se le viera muy bañadito sacándole brillo al botín con un zapateado.
Sucedió que en una de las fiestas de clausura el maestro sintió la necesidad irrefrenable de tirarse un pedo. Se encontraba a media tanda del baile y su pareja, hija del supervisor escolar, no mostraba interés en sentarse. Sopesó sus alternativas: podría pedirle a la muchacha que se sentaran (con el riesgo de que se tomara como una descortesía) o bien podría soltar lo que llevaba adentro al abrigo de la música de tambora.
Decidió al fin lo segundo, con tan mala suerte que lo hizo instantes después de que el tamborazo había tocado a última nota. El estruendo resultó mayúsculo y a él le pareció que lo habían escuchado hasta en las rancherías cercanas.
Al silencio inicial le siguió la carcajada de un niño; a ésta, la risa de los demás. Sin decir palabra el maestro abandonó la fiesta, recogió apresuradamente sus pertenencias más apremiantes y se marchó decidido a no volver al que hasta ese momento había sido el pueblo de sus amores.
Veinte años después, jubilado ya de una escuela lejana, el maestro regresó a su querencia. Convencido de que el tiempo lo curaba todo, volvió para ver aunque fuera una vez más el lugar donde había sido feliz. Deambuló tranquilo con la confianza que da el anonimato de los años: entró a la capilla; observó con tristeza su vieja escuela ahora abandonada; se tomó una copa en la cantina y ningún parroquiano en todo el trayecto se fijó siquiera en él.
Al atardecer buscó la sombra de los árboles de jardín para descansar. Encontró una bolería atendida por un chiquillo de unos nueve años; le pareció buena idea lustrar sus zapatos sucios por la caminata.
–Usted no es de aquí, ¿verdad?– le preguntó el niño mientras empezaba con el zapato derecho.
–No– respondió el maestro.
–¿Vino a visitar a un pariente?
–La verdad– dijo con la plena certeza de que nadie lo recordaba– es que yo fui profesor en este lugar hace muchos años.
–Ah– replicó el niño con picardía– ¿Usted estuvo antes o después del profe del pedo?
No esperó a que le bolearan el otro zapato; abandonó por segunda vez el terruño con el dolor lacerante que la causaba comprobar que los pueblos pequeños nunca olvidan.


Oda a la ficción

Era un maestro de la vieja escuela: rígido, impersonal y aburrido. Atesoraba una libreta de apuntes de Historia desde los tiempos en que había estudiado, tal si se tratase de las tablas de los mandamientos. Arribaba al salón rodeado de un hálito de solemnidad, pasaba lista sin mirar a sus estudiantes e invariablemente iniciaba un dictado largo y monótono lleno de nombres y fechas incomprensibles.
Una mañana, sin embargo, el cuaderno se quedó olvidado sobre la mesa de su casa. Cuando se dio cuenta el pánico le desencajó el rostro: nunca se había tomado siquiera la molestia de memorizar los hechos que repetía año tras año. La falta de la libreta significaba la pérdida de todo conocimiento sobre la materia.
Su porte de suntuosidad se vino abajo con el temblor de sus manos. Permaneció sentado varios minutos petrificado por la conmoción. Los alumnos, desconcertados por el cambio inusitado en el itinerario de la clase, guardaron silencio para mirarlo expectantes.
–¿Qué vamos a ver hoy, profe?– preguntó alguien para acabar con el silencio incómodo que prevalecían en el salón.
El maestro se levantó dubitativo, carraspeó con la intención de desatorar el nudo en la garganta y comenzó a hablar como alguna vez escuchó que empezaban las historia de aventuras.
–Hoy– dijo tartamudeando al principio– hoy voy a contarles un hecho maravilloso, digno solamente de los personajes que tuvieron la valentía de realizarlo…
Esa tarde el maestro dio la clase como nunca antes lo había hecho; y nunca antes los alumnos se mostraron tan entretenidos. La Historia se mostraba ahora diferente, llena de vericuetos sorpresivos; viva y resbaladiza como un trucha; fácil a la mano como una hoja de higuera.
Los sucesos, las pasiones y los personajes que salieron de su boca ese día no fueron más que mentiras, se daba cuenta de ello, pero, de algún modo que aún no descubría, eran indiscutiblemente humanos.


Andrés Briseño Hernández


Quién pudiera cerrar los ojos
pa no llorar sin consuelo:
nos han quitado hasta el suelo,
nos dejaron los abrojos.

No diga que usted no vido
en las paredes los hoyos.
No hay aguas en los arroyos,
pero sí sangre y olvido.

Entre los surcos, la hierba;
en los corrales, la nada;
las puertas, desvencijadas; 
el alma, triste y acerba.

Dedos me faltan, señores,
para contar las desgracias; 
muchas ya son las falacias, 
las burlas, los sinsabores.

A muchos, noche tras noche,
les falta un hijo, un hermano.
Y el llanto parece vano
y vano suena el reproche.

No diga que usted no vido,
no diga que nada pasa;
usted, el que tiene casa
y a nadie, nunca, ha perdido.

Quién pudiera cerrar los ojos
pa no llorar hasta el alba,
pa no morir a mansalva
tirado entre los rastrojos.

Entre los surcos, la espina;
en el corazón, la pena.
Y la metralla que suena
no aminora ni termina.


Andrés Briseño Hernández
Mariela, 
prende la vela,
mira cómo ando
desde tu adiós.

Me mata 
que seas ingrata 
con el borracho 
que te adoró.

Si hasta tu puerta 
llega el que te ama, 
sal de la cama, 
dame el perdón.

La herida abierta 
traigo en el pecho, 
y no hay derecho, 
abre por Dios.
 
Mariela,
¿cuál es la pena 
que mi cariño 
a ti te causó?

No hay noche 
sin que derroche 
tequila y vino 
por tu traición.

Si a tu ventana 
llega la banda, 
es la parranda 
que traigo yo.

Por la mañana, cuando despiertes,
tú de mi muerte 
tendrás razón.

Mariela,
prende la vela, 
abre la puerta, 
abre por Dios.

Andrés Briseño Hernández

  1. Protocolo para un funeral

El señor R estaba encantado con el funeral de aquel empresario: el protocolo, la ceremonia en la catedral, el llanto derramado, los cientos de arreglos florales y las coronas, la cantidad de gente poderosa que había asistido.
Ahí estaba el ataúd, hecho con las más finas maderas, cubierto por la bandera nacional. Los honores que le rindieron como si fuera un prócer de la patria le parecieron encantadores.
El señor R llegó a su departamento con una sola idea en la cabeza: su muerte debería ser como la de aquel empresario ¿Para qué ser enterrado de otro modo? ¿Cómo no sucumbir ante la majestuosidad de ese funeral?
Sin pensarlo mucho tomó papel y lápiz y escribió su última voluntad. En ella no faltó nada, dispuso todo meticulosamente, desde su embalsamiento hasta el recorrido del cortejo fúnebre por las principales calles de la ciudad; desde las orquídeas en su féretro hasta el número de lágrimas de sus deudos.
Después tomó el revólver y se voló los sesos de un tiro. La carta con su voluntad póstuma aguardaba sobre la mesa su cumplimiento cabal.
Pero nadie leyó la carta. Nadie siquiera se dio cuenta de la muerte del señor R. Fue hasta tres meses después, cuando el cadáver no era más que un desecho putrefacto, que el olor delató el acontecimiento.
Llegaron las autoridades y los forenses, hicieron su trabajo y se fueron. Pero nadie reparó en la carta que siguió en la mesa sin abrirse.
El señor R fue enterrado en la fosa común, sin pompa ni elegancia. Sólo mereció una nota en la sección policíaca de un diario.

* * *

En su residencia de verano cerca de la playa, un poderoso político leía con atención la noticia. Le parecía fascinante –quizá heroica- la muerte de un tal señor R en la soledad de su departamento, sin testigos, sin lloriqueos hipócritas, sin falsos delirios de grandeza. ¡Qué admirable señor R! Quitarse la vida para convertirse en un muerto abandonado al improvisado hallazgo.
Así debería ser su muerte, lejos de todos esos protocolos que lo tenían hastiado. Definitivamente no podía ser de otro modo –pensó- mientras su mirada se dirigía con anhelo al cajón de su escritorio.
Ahí estaba el arma, atrayente, generosa, liberadora…


II. El tatuaje

El muchacho miró su hombro derecho con satisfacción. Aún sentía dolor, pero lo veía como el precio justo por el tatuaje que ahora ostentaba. Observó el diseño, imborrable, eterno, y se sintió orgulloso. Pasarían los días y las personas; sin importar lo que pasara, llevaría grabada esa nueva parte de su cuerpo. Conocería el amor y lo perdería, se irían los amigos y los años. Pero él, hasta su muerte, llevaría en su sangre la tinta china. El tatuaje, imperturbable, seguiría ahí.
Por su parte, el tatuaje dejó escapar un sollozo de lágrimas negras que recorrió sus propios trazos. Con una tristeza inmensa se vio adherido a una piel efímera como un suspiro que lo abandonaría en la muerte. Y él, separándose de la carne podrida, del lodo, de la madera que muere, recorrería la tierra como un vagabundo, completamente solo, en una condena eterna.



III. El asalto perfecto

Fue un asalto perfecto. Sin complicaciones. Los asaltantes llegaron por el túnel, entraron a la bóveda, abierta minutos antes por un cajero cómplice del robo, la vaciaron y se fueron.
Ni un solo disparo, ni un solo grito. El circuito cerrado falló; la alarma no sonaría, ése era el trato.
Horas después, lejos de ahí, un grupo de hombres se repartía el botín.
Fue muy fácil, dijo uno, demasiado fácil. Los otros no contestaron, absortos en la contemplación de sus planes futuros.
Muy fácil, dijo ahora para sí, con un sabor a disgusto, a incredulidad. ¿Y la adrenalina? ¿Y el miedo? ¿Dónde estaban el dolor del un disparo, la impresión de la propia sangre que salta, que sale del cuerpo?
Es que fue tan fácil, tan no robo.
Los otros festejaban, aventaban billetes al aire.
¡Es que no puede ser tan fácil!, dijo el grito, ¡Qué no se dan cuenta!
Los otros no alcanzaron a reaccionar, cayeron con una sonrisa eterna.
Con el arma aún humeante, el hombre tomó el teléfono; habló despacio para que se entendiera todo lo que se tenía que decir. Luego metió el dinero en una maleta y esperó.
Una hora y doce minutos después escuchó las sirenas. Salió de la casa, apretada la valija, empuñada el arma.
Desobedeció la orden de alto, enfiló hacia la camioneta. La orden volvió a escucharse; sus piernas no se detuvieron.
Antes de abrir la puerta se desplomó acribillado, con los dientes apretados para que el dolor no se fuera.
Ahora sí es un asalto perfecto, dijo, con la mirada fija en los billetes que lucían tan lógicos, tan perfectos, revueltos con sangre y tierra.



IV. Piel en blanco. Sueño en blanco.

Él tiene sueños que lo atormentan, que lo buscan incluso durante la vigilia. Su compañero, callado pero siempre presente, lo mira de reojo desde la cama.
—¿Vienes?— le pregunta rompiendo el silencio.
—Había un arma en el escritorio— contesta él. Luego cierra los ojos que lo regresan a una cabaña en las afuera de una ciudad que no conoce.
Su compañero se levanta de la cama. Camina hacia la ventana, donde él sigue sin abrir los ojos y lo abraza por la espalda.
—Los conoces, a los hombres en tus sueños?
Él abre los ojos llenos aún de imágenes difusas pero indudablemente tangibles, pegajosas, exudadas, inhaladas luego. Todos los hombres, siempre, carecen de rostro, esconden sus rasgos tras voces vivas que se empujan unas a otras.
—Hay flores blancas, sangre esparcida en cuerpos inertes, hojas garrapateadas, ataúdes vacíos, miembros marcados de líquidos viscosos, corrosivos. Una mezcla de imágenes y palabras es lo que sobrevive después del sueño.
—Te quiero conmigo— dice a media voz el muchacho- no inmerso en tus sueños.
Él suspira. Su mirada se detiene en los ojos del otro, pero no los ve, ve sus sueños.
—No puedo. No mientras no pueda explicarme lo que me llena la cabeza.
El muchacho lo toma de la mano. Lo lleva a su espacio preferido en la casa: su taller.
—No lo expliques— le dice tendiéndole la aguja- dibújalo.
El muchacho se sienta. Se quita la camisa para descubrir su brazo derecho. Él entonces comienza a tatuar lo que no puede ver, lo que sueña y se le va de las manos cuando intenta hacerlo palabras. De su aguja salen el asalto, la muerte insospechada del señor R, el funeral y sus flores, el botín y sus muertos. Algo profundo y secreto por fin se libera, se esparce en tinta china que forma cartas póstumas, armas liberadoras para muertes inconclusas.
—Te amo— dice el muchacho mientras mira su hombro derecho con satisfacción. Aún siente dolor, pero lo ve como el precio justo por el tatuaje que ahora ostenta. Observa el diseño, imborrable, eterno, y se siente orgulloso.
Él, por su parte deja escapar de su aguja un sollozo de lágrimas negras que recorre sus propios trazos. Se ve así mismo como el tatuaje que, a partir de ahora, recorrerá la tierra como un vagabundo, completamente solo, en una condena eterna.


Andrés Briseño Hernández
Los títeres

Una tarde de feria mi abuelo y don Antonio salieron a pasear. Deambularon largo rato entre los puestos y los juegos mecánicos, y escucharon de a gratis la música de tamborazo que otros habían contratado. Al cabo de unas horas se sintieron exhaustos. Como no encontraron alguna banca disponible, mi abuelo le sugirió a don Antonio que entraran a los títeres; así podrían descansar mientras miraban la función.
–Hubieras visto qué aventura, mijo– me contó mi abuelo al otro día– pagamos las entradas y nos metimos a un socavón oscuro, oscuro. “No se ve nada”, dijo don Antonio. “Camínele otro poquito”, le contesté. Pues seguimos por el túnel aquél: a los lados nos salieron unos monos de garra que volaban de acá para allá; a don Antonio lo siguió un chango que le daba cuartazos por el lomo. Total que no prendieron la luz ni encontramos asientos ni función, nomás al fregado chango que nos siguió hasta la salida.
La carpa no era la de los títeres: habían entrado por equivocación a la Casa de los Espantos.


De la sutileza

Cuando la anciana se aburría de las visitas, miraba por la ventana y exclamaba:
–Tan noche y tan oscuro, y usted que ya se tiene que ir…

De la sutileza 2

Mamita Pepa aseguraba que las hijas de su hija Rita no eran agraciadas; las de Toña, en cambio, eran trenzonas y bonitas.
Cuando estas últimas llegaban a visitarla, mamita Pepa requería a las primeras:
–Mijitas, cómo no se ponen atrás de la puerta para que nadie las vea.


El fin del mundo

Repicaron las campanas de la capilla del Colorado a las dos o tres de la mañana. El alboroto tan a deshoras levantó a los vecinos, quienes imaginaron una desgracia o el llamado del final de los tiempos. Asustados, a medio vestir algunos, otros armados con lo primero que habían encontrado, llegaron a las puertas del templo.
Pero no hallaron ni incendio ni jinetes del Apocalipsis. En lugar del Armagedón, solo avistaron la polvareda de los muchachos de Sarabia que escapaban callejón arriba, mientras un cochino pinto gruñía y pataleaba sin poder zafare de la soga del badajo de la campana.
Los gruñido del puerco y las carcajadas de los muchachos parecían anunciar a los cuatro vientos que el mundo nos se acaba mientras hayan corazones alegres dispuestos a las travesuras, y que siempre habrá más tiempo que vida para sonreír.


Donde hay miedo ni coraje da

Galdino llegó a Los Ángeles para visitar a Lorenzo su primo. Condujo todo el trayecto desde Bakersfield hasta el Este de la ciudad con el único fin de mostrarle el primer auto adquirido con el fruto de su trabajo: un destartalado Chevrolet Impala del 59.

“Ése es carro de malvivientes”, le decía su padre. “Y vas a un barrio donde hay un chingo”, complementaba.

Y tenía razón. Cuando llegó al barrio, Lorenzo le advirtió:

       –Trucha con tu carro, primo; aquí no se sabe.
       –Nomás entro al baño y nos vamos. Además, no traigo gasolina, ¿a dónde se lo llevan?

Cuando salió del baño el carro había desaparecido.

      –¡Ya se lo chingaron, Galdino!

A punto del infarto, Galdino le suplicó que fueran a buscarlo. Lorenzo sacó su camioneta e iniciaron la búsqueda.
Dos cuadras más adelante, un grupo de quince cholos empujaba un Impala.

         –¡Ahí está! ¿Es ése, verdad?

Galdino miró al coche. El mismo color, la misma descarapelada del lado izquierdo, la calcomanía del espejo trasero era idéntica.
Luego miró a los cholos: pinta de matones, tatuajes por todo el cuerpo; portaban cuchillos y picahielos.

          –¿Ése es, verdad?– Volvió a inquirir Lorenzo.
          –No, ése no es- contestó Galdino sin pensarlo.

Después giró la cabeza hacía el otro lado para que su primo no lo viera llorar por la pérdida de uno de sus más preciadas ilusiones.


Ah, qué perrito travieso,
no me escucha o se hace el loco.
Cuando le grito: "¡Pochoclo,
mi zapato no es un hueso!”,
lo huele con embeleso,
le clava el diente aferrado
y lo deja masticado
del talón hasta la suela.
¿Cómo me voy a la escuela?
Mejor me quedo acostado.

El Pochoclo es un mestizo
nacido en buena camada.
El pobre no escucha nada
porque el cielo así lo quiso,
pero no salió enfermizo,
es alegre y tragaldabas:
igual se come unas habas
que dos kilos de carnaza;
y si se mete a la casa
nos llena todo de babas.

Si lo llevamos al rancho
no cabe de la alegría,
corretea todo el día
a lo largo y a lo ancho.
Nos arma tal zafarrancho
de aquí hasta el otro confín.
Parece no tener fin
toda su fuerza perruna;
de un salto llegó a la luna,
cual si usara un trampolín.

Si preparamos su baño
no sabe donde esconderse,
es mejor para él perderse
y volver hasta el otro año.
A juzgar por su tamaño
no es grande ni chicampeón;
no es peludo ni pelón,
es blanco y de manchas negras.
Cuando te mira te alegras,
pues es puro corazón.


Andrés Briseño Hernández 
















Abuelita:

Sé que más de una vez le dije que la quería. Así, tomándola de la mano, mirándola a los ojos, pasando delicadamente mi otra mano por su frente o por sus cabellos. Muchas veces también le di un beso, le pregunté si había comido, si tenía frío, si algún dolor la aquejaba.

Sin embargo, me habría gustado decírselo antes, muchas veces más de las que lo hice, cuando la demencia todavía no se comía sus recuerdos, cuando aún podía decir mi nombre y sonreír, cuando sabía que era su nieto. Estoy  seguro que en más de una ocasión la besé, le di un abrazo y le dije "La quiero mucho". Pero es que no fue suficiente.

Nunca es suficiente.

Me faltó decirle cuánto amaba sus papas en chile verde, su fuerza interminable, su barrer y barrer y su torteado. Debí contarle que usted fue mi abrigo, mi lugarcito tibio aquella tarde en que me sentí solo a la mitad del patio de su casa, cuando mi hermano y mis primos todos se habían ido a Jerez y yo me quedé en Sarabia. Me planté a la mitad de mi angustia y miré para la loma con la congoja hecha bola en mi garganta. Y usted que nunca fue una mujer querendona llegó hasta mí con sus amables brazos y su delantal de pechera para abrazarme. Me preguntó si estaba triste y entonces supe el tamaño de mi tristeza.

Y lloré y lloré en su regazo y me deshice en lágrimas y amor por usted, abuelita. Del mismo modo, con idéntica potencia, que el día de su muerte, cuando, la llevamos de vuelta a su casa, la reunimos otra vez com mi abuelo Pedro y le dijimos adiós para siempre.

Andrés Briseño Hernández


A mis doce años de edad estuve a punto
de ser atropellado por una bicicleta.
Un señor cura que pasaba
me salvó con un grito: ¡cuidado!
El ciclista cayó a tierra.
El señor cura, sin detenerse, me dijo:
¿Ya vio lo que es el poder la palabra?
Ese día lo supe.
Gabriel García Márquez


               En 2018 mis alumnos del Telebachillerato Comunitario de Susticacán y yo trabajamos en la edición del segundo libro producido por nuestro plantel: ¡Icho!, ¿quién dijo? Tradición oral de Susticacán, un proyecto editorial que tuvo como propósito rescatar y preservar coplas, adivinanzas, cuentos, refranes, trabalenguas y sones del municipio más pequeño y quizá el más ordenado y limpio del estado de Zacatecas, en México.

Tal iniciativa formó parte de las actividades de la asignatura de Desarrollo Comunitario, estandarte de los Telebachilleratos. Para ponerlos en perspectiva, dicho subsistema de Educación Media Superior, creado hace penas nueve años, tiene como principales características la atención a adolescentes y jóvenes de las comunidades más apartadas del país; el aprendizaje contextualizado e incluyente; así como el involucramiento activo en el devenir de las localidades donde se ubican mediante proyectos económicos, culturales, formativos y comunitarios, ente otros.

Pues bien, además de coordinar los aspectos editoriales de ¡Icho!, ¿quién dijo?…, escribí el texto de presentación, en el que puede leerse lo siguiente:

Las palabras visten, arropan, dan calor o refrescan según se necesite. También nos otorgan un lugar en el mundo, nos confieren identidad y paisanía; basta con una frase o palabreja soltada al viento para saber de dónde es quien la profiere. Las palabras nos dan certificado de procedencia.


A cuatro años de la publicación de este libro sigo convencido de la potencia de las palabras, de su influencia en la vida de las personas y de las comunidades. No me refiero a las atribuciones mágicas, sanadoras o religiosas que se les han adjudicado desde tiempos inmemoriales: oraciones, ensalmos, rituales, hechizos, fórmulas de protección, etcétera. Me refiero al poder comunitario e identitario de la palabra dicha, de los relatos y los cuentos, de las leyendas y las anécdotas.

Si bien es cierto que cualquier manifestación artística es en sí misma puerta y espejo de los seres humanos en sus contextos individuales y sociales, creo que son las artes escénicas las que permiten de mejor manera la congregación de las personas: mientras que la literatura, la escultura o la fotografía se disfrutan y se aprehenden generalmente de manera individual, muchas veces en soledad, la dramaturgia, la danza o la narración oral son eminentemente sociales: uno se reúne, va al teatro o a la plaza a vivir la experiencia artística en compañía de los otros.

Dicho lo anterior, ¿cómo puede la palabra, a través de la narración oral, hacerle frente a la apabullante y creciente violencia en las comunidades y zonas urbanas de México y el resto de América Latina?, ¿ayudan en algo los proyectos y espectáculos que los narradores orales diseñamos, proponemos y presentamos a la disminución de la violencia causada por el crimen organizado o por personas que denigran, hieren, acosan y asesinan a mujeres, niños, niñas, miembros de la comunidad LGBTTTIQA+, migrantes o indígenas?

Si he de ser honesto, alguna vez lo puse en duda. Fue en alguna fecha entre 2011 y 2012 cuando una amiga y compañera del Programa Nacional Salas de Lectura me invitó a su pueblo a contar cuentos: Jiménez, del Téul, otro municipio de Zacatecas, situado muy al norte, donde todavía los burros salvajes cruzaban en mandas las calles, y la violencia causada por el narcotráfico había sentado sus reales.

Mientras recorría ranchos y barbechos terregosos me ocurrió un presentimiento: el mal hado de que mi trabajo no abonaría en nada a la comunidad. ¿De qué servía, me pregunté, ir a contar historias a niñas y niños que venían de familias sin trabajo, con el miedo atravesado en la garganta, urgidas del buen temporal, amenazadas de muerte, secuestradas en su propio pueblo? Me sentí fuera de lugar, un atrevido, un ingenuo, por no decir un sinvergüenza. Estuve seguro de que, apenas empezara a contar, los vecinos de Jiménez del Téul aparecerían para reclamarme la inutilidad de mi participación.

Mi amiga me recibió en su casa para comer; la función sería más tarde en el auditorio municipal. Mientras comía miré por la ventana y avisté en el corral trasero a un hombre vestido de botas, cinto pitiado y sombrero, el tipo de vestimenta preferido por muchos narcotraficantes. Imaginé que él, como portavoz del descontento de la comunidad, se acercaría tarde o temprano para afrentarme. Se trataba de un hermano de mi compañera y, como lo supuse, al término de la comida entró a la cocina y me miró fijamente. Pero contrario de lo que esperaba, aquél hombre estiró su mano para saludarme. "Quiero agradecerle, me dijo, porque gracias a artistas como usted que vienen a traernos cuentos u obras de teatro mis hijos pueden saber que también hay cosas amables en el mundo".

Su palabras me enseñaron dos cosas: la primera, el tamaño de mis prejuicios; la segunda, que lo que yo hacía tenía un propósito y una utilidad, que la narración oral o cualquier otra manifestación artística podría hasta cierto punto abonar a la cohesión social, a la disminución de la violencia. Quizá las historias que narré esa tarde en el auditorio municipal de Jiménez del Téul fueron más que un montón de palabras echadas al viento; quizás; sólo quizás, se trató de cuentos que detenían balas, las balas que esos niños estaban destinados a recibir o a detonar.


Ahora bien, les pido que no se malinterprete lo que acabo de expresar. Ni la narración oral ni el arte ni la cultura por sí mismas son la solución a las violencias que nos aquejan; asegurarlo sería ingenuo e irresponsable. El problema es mucho más complejo: para erradicar la violencia, para cambiar estructuras de tal andamiaje se deben implementar políticas públicas integrales dirigidas a garantizar la vida plena de todos los integrantes de la sociedad: empleos, educación, acceso a sistemas de salud dignos, impartición de justicia confiable y eficiente.

Como se lo pregunta Paola de la Vega Velastegui en su ensayo ‘Cultura de paz: de la retórica salvacionista a la alteración del mapa de posibles’, publicado en el número 5 de la Revista Gestión Cultural:

¿Es posible la paz en sociedades con profundas inequidades sociales, atravesadas en sus prácticas y relaciones por una matriz colonial racista y patriarcal? […] ¿Se puede hablar de paz cuando el Estado está ausente y debilitado y cuando en sus programas la cultura no pasa de ser una muletilla más cercana al asistencialismo que a la garantía de derechos? ¿Políticas que fomentan proyectos culturales para la paz mientras al mismo tiempo se retiran de la agenda pública otras garantías para una vida plena?

En este punto de mi participación, pareciera que de repente me contradigo sobre las virtudes y bondades que les adjudiqué a la palabra y a las artes al inicio de mi texto. Sí, pero no. Si bien es cierto que la cultura no es la solución a la violencia, también es verdad que sin la cultura no se logrará la paz. El disfrute, difusión y desarrollo de las manifestaciones culturales será siempre un elemento indispensable en la ecuación.

Retomemos a Paola de la Vega Velastegui:

Las intervenciones culturales guiadas por imperativos morales pretenden adjudicar a la cultura un sentido solucionista, cuando, por el contrario, el lugar de la cultura y su potencia transformadora está en la elaboración de problemas, el trabajo con el conflicto, la contradicción permanente y las dudas.

Repito entonces uno de los cuestionamientos del principio: ¿cómo puede la narración oral hacerle frente a la violencia? Dejando de lado el romanticismo de mi anécdota en Jiménez del Téul, las meras buenas intenciones de los narradores orales nunca serán suficientes si no vienen acompañadas de un trabajo serio de diagnóstico comunitario, de propuestas sustanciales que abonen en los ámbitos económico, social y político, además del cultural. Las solas historias y leyendas que conté aquella tarde no podrán detener las balas si no hay programas educativos, de salubridad, de empleo y visibilización de las minorías, de los desprotegidos, que les sirvan de escudo; los libros de tradición oral que mis alumnos compilaron se quedarán en una linda iniciativa si en sus casas falta la comida o los servicios básicos, si sus familias están resquebrajadas por la migración o la delincuencia.

Los narradores orales tenemos la responsabilidad de convertirnos en gestores culturales, promotores de proyectos de narración oral que sacudan cuando menos a una o dos de las personas que nos escuchan. Un espectáculo que no incite a la rebeldía, remueva conciencias ni genere chispa alguna entre su público no está propiciando nada, es sólo un entretenimiento. Y los narradores orales no entretenemos, provocamos.

Una noche, mientras Górgoro cenaba y charlaba con Rathä, un hombre del pueblo se presentó frente a él y lloroso le dijo: “Oh gran rey que por tu pueblo das la vida, ha llegado a la comarca una terrible loba que se come a los mancebos y las doncellas; nadie ha podido salvarlos. Tú eres el único que puede, oh gran rey, despojarnos de semejante mal”. Górgoro se levantó y siguió al hombre. Rathä iba a su diestra. Cuando llegaron a la cueva de la gran loba, Górgoro dijo que lo dejaran solo. Así lo hicieron. En la boca de la cueva el rey gritó para despertar a la bestia y lo logró; aquel animal se dejó ver en toda su inmensidad; era dos veces más grande que el castillo de la Gran Rama, pero Górgoro no se intimidó. El rey le dijo a la loba: “Eh, tú, ¿por qué vienes a mi tierra y comes sin pedir antes el don de la hospitalidad?”. La loba veía a Górgoro como una hormiga y apenas le prestó atención; antes se burló de él. Górgoro le habló una vez más, le dijo: “Eh, tú, ¿quién con su poder te ha dado el valor para venir aquí, humillarme y humillar a mi pueblo?” Pero la loba no contestó, se dio la vuelta y quiso meterse a su cueva entre bostezos; entonces Górgoro, furioso, la tomó por la cola y la jaló hasta desprenderla de su cuerpo. La loba se retorcía de dolor y aullaba. El rey de inmediato desenfundó su espada y le cortó la cabeza de un solo golpe. El cuerpo de la loba se tensaba y se movía enloquecido, y la cabeza, que yacía a unos metros del cuerpo, abría y cerraba los ojos como quien jala aire. Górgoro entonces abrió el estómago de aquella bestia maltrecha y escarbó para buscar, acaso, a aquellos que aún estuvieran vivos. Cuando entró bien adentro de ese cuerpo muerto y logró abrir el estómago vio con alegría y asombro que varios jóvenes estaban ahí. Pero no estaban como el rey hubiera esperado, los mancebos, hombres y mujeres, estaban completamente desnudos, hacían corro alrededor de una fogata, unos, y otros se perseguían en claro cortejo amoroso; tenían, además, barricas enteras de vino y comida de la más variada especie. Cuando los jóvenes vieron a su rey entrar con la espada en la diestra, con el sudor y la excitación en el rostro, supieron que todo había terminado, que aquel hermoso paraíso había sido roto por un rey valeroso. Muchos nunca le perdonaron a Górgoro su rescate; pero otros, más sensatos, dijeron: “Nada es para siempre” ⏤Fragmento de la novela Górgoro, de Alonso Guzmán.
  


La narración oral también debe propiciar comunidad a través del rescate y revalorización de la memoria y la identidad cultural, entendida ésta última en palabras de José Antonio Mac Gregor en su ensayo "Identidad: esa pertenencia que se crea y que no se destruye.. sólo se transforma" como el

[...] sentido de pertenencia y diferenciación que se construye en las prácticas cotidianas y rituales de una comunidad, creando, reproduciendo y transformando una producción simbólica a través de dos grandes bloques: la acción social y los procesos de significación: actos y discursos que se desarrollan a través de la praxis entendida a la manera de Paulo Freire (1970) como el proceso permanente de reflexión y acción que los hombres realizan sobre el mundo para comprenderlo y transformarlo.
 
     Un pueblo que sabe de dónde viene y que es capaz de identificar rasgos culturales  que comparte con los demás es un pueblo empático. Y  el reconocimiento del ‘otro’ como un igual, un individuo digno de derechos abonará siempre a la convivencia y a la paz. Por eso la importancia de las palabras, de los dichos y leyendas propias de una comunidad o región, esos giros del lenguaje que nos confieren paisanía.

¡Acérquense por aquí!;
¡cambio y compro,
compro y vendo,
un cuento por otro cuento!
En mi costal de remiendos
traigo cuentos, cuenticuentos,
leyendas, coplas, en fin,
cosas de los tiempos idos
—para volverse a vivir—
y cosas de los tiempos nuevos.
¿Quién me cambia..., cambio y vendo,
un cuento por otro cuento?

                                        Antonio Ramírez Granados
    


Cuando me venías a ver
te peinabas a menudo;
Ahora que ya no vienes
pareces chango peludo.


Este verso no te engaña,
este verso no tiene fin,
tienes cachetes de iguana
y pelos de tacuazín.


Yo no vengo a ver si puedo
sino porque puedo vengo.


Sólo que el mar se seque
no me bañaré en sus olas.

Como dice aquella canción interpretada por Lino Luján:

Ya sabes, brother, que yo quiero a tu sister, 
pero tu mother me encandiló a tu father,
We punching back con el mister por su daughter
y que me dan en todita mi gran mother.

O como decía mi abuelo Pedro Hernández:

Nosotros somos hombres de dinero, nomás que ahorita no tenemos.


También nos sirve para levantar la voz. Los cuentos siembran dudas, nos plantan frente a caminos que se bifurcan, nos molestan como esa comezón que no podemos aliviar, crean sinergias. Lo que no deben hacer es moralizar, ni “instruir”, mucho menos adoctrinar. Recuerdo una ocasión en que fui invitado a contar a una preparatoria. Al llegar, la directora del plantel me dijo: “Le encargo que les cuente historias con valores, que tengan moraleja para que entiendan cómo deben comportarse”. La maestra era una de esas personas que no pueden ver a la literatura sino como una herramienta de control, de homogeneización de los estudiantes. Traté de explicarle mi opinión, pero desistí cuando me di cuenta de que no podría o querría entenderla. En lugar de eso procuré narrar historias de desacato, de libertades; conté de amores imposibles, de búsquedas, de levantamientos.

En tiempos de violencia y falta de empatía humana, el sentido de identidad y de pertenencia, la inclusión, la tolerancia y la inconformidad que las palabras pueden generar entre los habitantes de un pueblo se torna, a un tiempo, trascendental y urgente. La narración oral puede, desde su trinchera, aportar lo suyo en el anhelado paso de una cultura de violencia a una cultura de paz. No, no es la panacea, pero sí una brecha transitable en los múltiples caminos para lograrlo.

Que las palabras de nuestros padres y abuelos, nos cobijen.

Andrés Briseño Hernández

     La Ceiba, Atlántida, Honduras, 22 de septiembre de 2022

(Texto escrito el 6 de agosto de 2021)

Ayer cumplí cuarenta años. ¿Los primeros, los únicos? Quién podría saberlo. Lo cierto es que llego a esta edad sintiéndome joven todavía (uno envejece y no se da cuenta, cree, siente que aún es veinteañero y vive haciendo planes "para cuando sea grande" y de repente la rodilla o la falta de aire al bailar o las agruras te recuerdan tu lugar en los caminos del tiempo). Estoy contento con lo que he hecho, también con muchas cosas que no hice, aunque sé que si el niño que fui alguna vez pudiera hablar con el hombre que soy ahora seguro me reclamaría por romperle las ilusiones con tanta sinvergüenza.
Soy amado y amo, he visto amaneceres, lugares, piedras, sonrisas y ríos que nunca pensé contemplar.
El mundo vale la pena, varias mujeres y hombres que me brindan sus manos y su palabra valen la pena.
Tengo cuarenta años y creo que el mundo es maravillo.


Andrés Briseño Hernández
La señora me lo contó hace seis o siete años, no como una confidencia sino como un detonante. Así como me lo dijo, se los comparto. Eso creo.

El baile

La habían invitado como madrina de bautismo. Ella aceptó gustosa pues su futura comadre era nieta de un tío suyo muy querido.

–¿Y quién será el padrino?– preguntó.

–Un buen amigo– aclaró el tío– Creo que se llevarán bien; es un joven agradable y respetuoso.

Sin embargo, las cosas fueron diferentes. No bien miró al que sería padrino, le cayó mal. Había algo en él que le irritaba. La seguridad de aquel joven le sabía a desplante; sus bromas le parecían de mal gusto. Por su parte el joven la creyó insulsa, un tanto aniñada y bobalicona, por lo que se dedicó a tratarla con indiferencia. Eso la molestaba aún más.

Al escoger el ropón discutieron por el tipo de tela, por el modelo, por los encajes o porque si debía ser blanco o aperlado. Para colmo, la dependienta estuvo de acuerdo con las opiniones de él y no con las de ella.

Salió de la tienda furiosa y no volvió a dirigirle la palabra ni siquiera en la ceremonia.

En la fiesta fueron obligados por el tío a bailar juntos. Una pieza nada más, mudos, si verse, y regresaron rápidamente a sentarse. Allí bebieron varias copas cada uno en su extremo de la mesa dispuestos a no hablarse, hasta que una melodía imposible de pasar por alto los hizo mirarse otra vez.

–¿Baila? – preguntó ella indecisa.

–Bueno– contestó él secamente.

Trastabillaron a los primeros pasos, víctimas de la confusión que les causaba el enorme espacio que intencionalmente habían dejado entre ellos. Pero luego de algunos acordes se destensaron músculos y reticencias. La negra cabellera de la joven soltó su aroma de azahar y los envolvió durante toda la canción. Se miraron entonces a los ojos.

No se movieron de la pista. Sin decir palabras esperaron a la siguiente pieza y muchas otras. La noche era hermosa; la fiesta, un encanto. Los chistes de él, graciosos; la sonrisa de ella un poema. Bailaron horas hasta que la música fue tornándose casa vez más lenta y las luces bajaron significativamente su intensidad.

–¿Sería un atrevimiento– preguntó el joven de repente– pedirle que se casara conmigo?

Los ojos de ella brillaron. La música se detuvo.

–Lo dice porque está tomado.

–Podría decírselo mañana, si lo prefiere.

-Dígamelo.

Así lo hizo. Al otro día llegó a su casa para proponerle matrimonio y continuó haciéndolo el resto de su vida hasta que la muerte los separó.


                                                                               Andrés Briseño Hernández
memorias de un desmemoriado III (o IV, no me acuerdo) imagememorias de un desmemoriado III (o IV, no me acuerdo) imagememorias de un desmemoriado III (o IV, no me acuerdo) image
La manta fiada

Tenía un esposo anciano y ciego; ella era blanca, joven y de cascos ligeros.
El querido en turno sólo debía llegar a la tienda de abarrotes, comprar alguna chuchería y dejarle entre el dinero una nota que especificara el día y la hora en que podrían verse en Jerez. Para la fecha señalada, le anunciaba a su marido que debía bajar al pueblo a comprar mercancía para el negocio.
Una de sus comadres, sabedora de su afición, le suplicaba encarecidamente que no se entendiera con su esposo. Ella le juró y le perjuró que no haría.

Hacía años que se entendía con su compadre.

Otra de las vecinas, menos ilusa, dio con las correrías de ella y su marido por lo que decidió tomar providencias y asegurarse de que la descocada no volviera a meterse con su esposo.

– ¡Aquí hay chile pa’ que llenes!

Gritaba la despechada quien, con un chile colorado en la mano, persiguió a la marcornadora arroyo abajo y no dejó de seguirla hasta que las primeras estrellas aparecieron en el horizonte.



Una lección

El viejo holandés Inge Boone era apenas un niño de primaria cuando su padre, el señor Boone, le preguntó:
– ¿Qué aprendiste hoy?
–Nada– contestó él despreocupado.
El señor Boone no emitió ningún comentario al respecto, pero al otro día, en lugar de enviar a su hijo a la escuela, se lo llevó al trabajo. Ahí le encomendó las tareas más arduas y fatigantes hasta muy entrada la noche. A la mañana siguiente lo envió de vuelta a clases.
A su regreso, fue cuestionado:
– ¿Qué aprendiste hoy?– inquirió su padre.
–Aprendí esto y esto y esto y esto…– contestó el pequeño Inge, como quien emite un informe pormenorizado.


Genealogía

Se casó y tuvo varios hijos. Su esposo se fue a Estados Unidos y ella se quedó en casa de sus suegros. Al tiempo, tuvo otro hijo del papá de su marido; el niño era, a la vez, hijo y cuñado de su mamá, nieto e hijo de su abuelo. Luego volvió el esposo. Se juntaron. Tuvieron otra hija. El marido regresó al Norte donde lo encarcelaron acusado de pederastia. Una de las hijas engendró a una niña de su abuelo quien resultó tía de su madre y hermana de la madre de su madre. Dicha hija vivió con otra mujer, la que luego la dejó por otro. Su tía-hija, antes de los 18, se había casado ya dos veces.


Cuento de hadas

Eran huérfanos de madre y tenían hambre. Cuando podían, mi mamá y sus hermanas les pasaban un taco a través de las hendiduras de la cerca de piedra. Los niños del otro lado tomaban las tortillas y las devoraban antes de que su madrastra los descubriera.
Además de hambre, tenían un jardín en el centro del patio. Armados con un palo, los niños debían evitar que las gallinas se comieran las plantas. De sol a sol protegían al huerto de las gallinas; sin comer, temerosos siempre. Día tras día al asedio, meneando la vara, girando alrededor del jardín.
A veces el sueño los vencía y las aves destrozaban las flores. Entonces llegaban la madrastra y los golpes. Al anochecer, tendidos sobre la misma cama desvencijada, lloraban tristemente sin hadas madrinas que vinieran en su auxilio.
El padre se tornó malo bajo los influjos de su nueva esposa. Cierto día atrapó a uno de los niños; lo llevó a rastras hasta el corral donde guardaban la leña y le colocó la cabeza en el partidero.
– ¿Lo matamos, vieja? – proponía envuelto en un halo diabólico.
Los niños escaparon al cerro. Luego abandonaron el rancho para vivir con su abuela materna. Sólo una niña decidió quedarse y aguantó las vejaciones de su padre y su madrastra hasta que tuvo edad para casarse y se fue de la casa para siempre.



Entrega-recepción

El mensajero se plantó frente al viejo señor cura y le dijo:
–Padre, el nuevo señor cura le manda pedir la llave del sagrario.
–Dile al nuevo señor cura– contestó el viejo señor cura, que siempre fue un hombre de armas tomar– que aquí están las llaves y que se las meta por donde le quepan.
El mandadero cumplió, palabra por palabra, con el encargo. Al cabo de un rato volvió con la respuesta.
–Que dice el nuevo señor cura que mejor se las meta usted; como usted es más viejito, seguro lo tiene más aguado y le caben mejor.
Cuando Lanzarote del Lago y Ginebra fueron descubiertos por el rey Arturo, tuvieron por lo menos el consuelo de haberse amado a escondidas por tanto tiempo. Lo que nunca sospecharon fue que el rey lo sabía todo desde el principio, pero, enamorado también de Lanzarote, trató de mantenerlo a su lado el mayor tiempo posible, hasta que la acusación pública de los amores prohibidos de sus esposa por parte de un escudero lo obligó a romper el secreto.


Andrés Briseño Hernández
Yo vi el mar de Burgos
al amparo del frontispicio de la tarde

Colinas mecidas por la marea del viento
al vaivén de un pestañeo iridiscente:
azul, verde, aguamarina, verdiazul

Fue en abril. Un poco después de la tres
Y Madrid lejos todavía

Sólo teníamos al mar
estriado por carreteras,
montículos de mar
tierra y pasto, árboles de mar

El mar era viento

Los caminos del viento
se trifurcaban
y regresaban a ser un solo viento

Burgos allá atrás en la resolana
tibia mientras el sol brincaba sobre torres y rosetones
fría cuando las ráfagas resquebrajaban el remanso del río Arlanzón
y ascendían para tocarme la cara

Era mil noventa y nueve
el Cid se moría en Valencia
Pensaba quizá en el Mediterráneo
quizá el mar lo pensaba mientras se moría

A la mitad de la calle, ahora,
un caballero de bronce a un corcel de lo mismo espuelea
para sortear las olas del polvo tamizado por los siglos,
coronadas con la espuma de las bocas de sus muertos

Y un mismo polvo mana
de las hojas amarillentas
del libro abierto entre mis manos

En el murmullo de mis labios
una niña de nueve años
desoye al rey y grita
y abre la puerta:

“Éste es el mar en Burgos, Campeador,
sólo polvo y viento”

En la mirada del Cid
Burgos se llena de mar,
bruno, verde, oleaginoso, verdinegro

De los sus ojos lo vi,
por última vez, para siempre,
por la ventana del autobús de los desterrados,
de los que cierran el libro y el libro hace agua
y naufragan en las mismas palabras que leyeron
y dejan el corazón prendado en la puerta de Burgos

Fue en abril. Sólo teníamos al mar
Y Madrid lejos todavía


                                                          Andrés Briseño Hernández
Hace unos días soñé por segunda vez con mi abuelo. Caminábamos los dos entre árboles altos y frondosos, el pastizal nos llegaba a las rodillas. Como es común en los sueños, no tenía idea exacta de cómo llegamos allí, pero sé que buscábamos algo, un arroyo, un rancho de aguas, un pueblo. Mientras andábamos, abuelito Pedro me contaba cosas, como antes, cuando vivía. Por fin llegamos a las orillas de una ciudad desconocida e inmediatamente me puse a leer los anuncios en las paredes. Eso lo hago siempre que ignoro el lugar donde me encuentro: leer las pintas que anuncian el baile o a los candidatos de algún partido político; en esas bardas siempre se encuentra el nombre del los pueblos.
La ciudad era Colima. Recorrimos algunas calles y sin más explicaciones regresamos al bosque.

El primer sueño con mi abuelo fue una o dos semanas luego de su muerte. Yo estaba recostado y vi por la ventana su silueta. Tocó la puerta y abrí: estaba limpio, recién afeitado, vestido de domingo. Ya no sufría. Así me lo dijo. Me dijo también que no me preocupara ni estuviera triste, que él estaba bien.
Personalmente no creo que los muertos regresen en sueños para avisarnos de su situación en el más allá, pero estoy completamente convencido del poder de los lazos amorosos. Ese vínculo es sempiterno.

Atribuyo el sueño a la nostalgia de los olores. Me explico. Semanas atrás lloviznó. Yo salí en la Rogelia, mi camioneta roja que antes fue de abuelito Pedro; el olor a tierra húmeda y al aceite de la camioneta me hizo recordar los veranos en Sarabia. Días más tarde, la nostalgia me hizo soñar a mi abuelo.

Creo que soñar con los seres queridos debería considerarse un derecho humano, una de las maravillas de la vida.

Andrés Briseño Hernández

Ante esa abrumadora inmensidad de posibilidades que ofrece una hoja en blanco, inmensidad que sólo se asemeja a un recién nacido frente a un ocho recostado, así puede uno imaginar al escritor, a ese que lo es de tiempo completo; al que va devorando el mundo en todo momento y en cada espacio que habita, con las fauces de todos sus sentidos, para después regurgitarlo a través de los dedos y el bolígrafo; con sus yemas y las teclas. Y cuando digo todos sus sentidos no me limito a cinco, sino a todos, a esos todos que sólo son contables allá, en ese ocho ante el que se encuentra el recién nacido, allá en el infinito. No conozco a Andrés Briseño Hernández, lo confieso para tranquilizar mi conciencia.
Pero ahora he leído un trozo de su diégesis, para decirlo en términos técnicos; un poco de su obra literaria, para decirlo en términos convencionales; un pedazo de la ficción que nos comparte en sus Cuentos de febrero en marzo, ficción que se aferra a semejar tanto a lo real que constantemente está abrumando a la realidad misma. Ahora conozco y reconozco a Felipe, a Rutilio, a Patrick a Bernabé, a Adelaida, a Ángela, a Pachito, al huichol; al Chumys, al Chepe a la Rana, a la Cotorra. Conozco a Santos Carrillo, a Manuel Urbina, a Miguel Arroyo, a Senorina, a Silvestre; al Pichojo, al enfadoso de Roberto y, tristemente, al Mochito. Y a todos los personajes que haya omitido sin mala intención y quienes también forman parte importante de cada una de las narraciones que componen este libro: La cueva de los monigotes, Taquería el Chumys Sporting Club, Apuntes sobre la raíz de la discordia y sus tres capítulos, así como ¿Te acuerdas de Mochito?
Hice mención de los personajes así amalgamados sin importar que no pertenezcan a la misma historia; no todos viven ni comparten las mismas coordenadas: pertenecen a tiempos y espacios bien distintos. Briseño se mueve de espacios rurales y campiranos, como son los casos del primer y tercer cuentos, que evocan un Rulfo vivo en muchos de nosotros; hasta los barrios en que rifa la raza brava y el futbol llanero, que parecen traer reminiscencias de un Nacho Betancourt y su De cómo Guadalupe bajó la montaña y todo lo demás, para llegar hasta el barullo hipnótico de las urbes y sus centros comerciales y los incómodos encuentros con el pasado. Los personajes parecen no reflejar gran profundidad psicológica, pero sí, en cambio, el peso incesante de lo cotidiano, de la microhistoria, de lo que para muchos pasaría desapercibido, pero que acá, afuera de la ficción se llama vida. Y que no deja de hacer guiños evidentes a temas tan profundos como la mentira constante, la infidelidad, la homosexualidad y hasta la zoofilia
Qué difícil, pero gratificante tarea, debe ser esa de representar el mundo en la escritura: imaginar los espacios y sus costumbres; las temporalidades y sus códigos de convivencia y apostar por el quehacer literario, por la historia breve y cotidiana, apostarle al cuento y sus bondades para que lo fugitivo permanezca. Así se presenta Briseño ante esos ojos cliché de mi imaginación. Un Briseño Hernández de Jerez Zacatecas con el peso costumbrista heredado por la realidad pueblerina ineludible (dicho esto sin el mínimo afán peyorativo); bajo esa pesada sombra del poeta que tuvo en tierra adentro una novia muy pobre, de ojos inusitados de sulfato de cobre; el peso de un Severino Salazar de ahí cerquita, de mero Tepetongo. El peso de ir contra esa máxima salomónica de que no hay nada nuevo bajo el sol, y aun así lanzarse al abismo de la hoja desértica y en ella construir y reconstruir varios mundos posibles, sin el inoportuno lastre de la veracidad, porque el cuento y la literatura pueden prescindir de ella, aunque coqueteen deliberadamente, como ya decíamos más arriba, con la irónica y a veces dolorosa realidad.
Va entonces el escritor Briseño con la espada de André Gide, esa que reza que ya todo está dicho, pero como nadie escucha, es necesario volver a decirlo, y enfrentarnos a las posibilidades infinitas de la hoja en blanco una y otra vez hasta el fin de los tiempos.


Samuel R. Escobar
Decir adiós en Ámsterdam y ver Karachi por la ventana imageDecir adiós en Ámsterdam y ver Karachi por la ventana image
i
Hamid tiene corazón de niño,
alma de niño,
manos rápidas cubiertas apenas de tinta
frente a la prensa sonríe,
repite palabrotas en español que en su boca suenan graciosas,
nuevas,
como si se tambalearan de tan tiernas

luego se arrepiente como un niño
que sabe que dios lo ve
desde algún sitio privilegiado
con la libreta de las malas acciones en la mano

Hamid Saied,
a miles de kilómetros de Pakistán,
imprime carteles de Coca-Cola,
afiches de bronceados,
calcomanías de las arenas bituminosas,
atento siempre a fiussss y el fiassss de su vieja prensa

Hamid
Saied
Uddin
es mi amigo
y tal palabra, en sus manos, se ahueca despacio,
se fecunda para florecer honesta y limpia

Hamid se entrega,
abre su corazón musulmán a la amistad
de un cristiano no muy convencido
que lo mira,
y al mirarlo,
es como si escuchara la canción favorita
que dios tararea al oído
de sus más incrédulos hijos

tormentas de nieve suplen arenas
autos carcomidos por la sal desplazan camellos artríticos
su café milenario ablanda rosquillas americanas

el olor de sus samosas, en el comedor de la empresa,
se mezcla de manera inesperada
con los humores de mis enchiladas verdes

un abrazo de despedida
y un volveremos a vernos
selló un lazo indivisible

we will be friends for ever 
me dijo la última vez que lo vi

y yo sabía
y él sabía
que de veras era la última


ii
Inge [Inga] Boone, el viejo holandés malhumorado
el viejo hippie
el viejo cabrón
hace rabietas y masculla imprecaciones
entre labios y cigarro

anda por los pasillos quejándose de todo
queriendo estar en todo
estorbando a veces en todos lados

con el dolor enraizado en su espalda deshecha,
se aferra a hacer las cosas que ya
—de veras ya—
no puede

tras la capa correosa que lo cubre
sé que está solo y triste,
tal vez asustado,
necesitado de un abrazo,
de un golpecito en el hombro que apruebe uno de sus chistes,
de un café recién hecho que llegue a calentar sus manos
mientras fuma allá afuera en el invierno de Alberta

Inge
Cornelius
Boone
flaco, melenudo, correoso

cubierto de tinta desde los tenis percudidos
hasta el rubio inverosímil de sus rizos

juega en su kindergarten de colores,
se divierte a veces mezclándolos,
rabia cuando el tono buscado se le niega
y es mejor apartarse del camino del anciano endemoniado

Inge Cornelius se nutre a medias con sopa enlatada,
finge que los refrigerios del viernes no le interesan,
pero se derrumba moralmente
—irreparablemente—
si nadie le guarda una galleta,
una rebanada de pizza,
una de esas golosinas chinas que la china Elena lleva y que a nadie le gustan

tan sólo por sus pelos enmarañados
tan parecidos a los míos,
se ha convertido en
mi padre o mi abuelo
gracias al consenso burlón de todos

y el holandés mariguano, el del hijo ausente
y el mexicano triste, el del abuelo muerto
aceptamos tácitamente el parentesco impuesto
por el sacramento de la orfandad obligada

no sé si pensó en mí el último día,
pero lo estuve esperando en mi despedida
para entablar con él otra épica conversación
filosófica-catequética-literaria

sin embargo el abuelo,
el viejo recabrón rehippie,
fiel a su costumbre de animal de la estepa,
se quedó en su madriguera impenetrable

aunque sé que lo hubiera hecho feliz,
no le llamé para decirle adiós.



Andrés Briseño Hernández


Recientemente leí por consejo de un antiguo maestro y buen amigo tres cuentos de Ramón López Velarde: Beati Mortui, El obsequio de Ponce y Luna de miel, escritos en 1908, 1913 y 1914, respectivamente, y compilados por José Luis Martínez en las obras completas del poeta jerezano. He aquí mis comentarios.
     De extensión breve y lectura ágil,  puede decirse que los relatos son muestra clara del temple literario lopezvelardeano en cuanto a su estilo y sus temáticas. El primero, por ejemplo, aborda uno de los tópicos que más gustaron ⎼⎼y angustiaron⎼⎼ a Velarde: el más allá y las ánimas en pena. Pedro, el personaje del cuento, sufre al escuchar una noche “lecturas que ponen los pelos de punta”. En este cuento, a la manera en que lo hace en su prosa Espantos o en poemas como Día 13 o El sueño de los guantes negros, López Velarde reafirma su tendencia a lo sobrenatural y lo supersticioso, sus creencias de cábala y artes de amuleto, como prefiere llamarles. 
     Así, mientras que en Beati Mortui expresa: “Porque Pedro era temerosísimo de todo lo sobrenatural. A los muertos, sobre todo, les temía con pavor. ¿Y quién de nosotros no les teme?”, en Espantos asegura: “El terror vive en mí constantemente. Huésped enlutado, podrá cambiar de traje pero siempre irá de luto”, o más adelante: “Yo creo, yo estoy dispuesto a creer en todo lo que se llama miedo, en todo lo que se llama superstición”.
     Existe otra constante lopezvelardena en este cuento y, como lo veremos más adelante, también en Luna de miel: una suerte de architextualidad, entendida ésta, según Gerard Genette, como la relación de un texto con otros tipos de discurso, modos de enunciación o géneros literarios a los que pertenece. En varios de sus textos en prosa, López Velarde gusta de integrar al cuerpo de su discurso ora un poema ora una disertación, un monólogo o una diatriba  ⎼⎼a las que muchas veces les atribuye un autor ficticio⎼⎼ que servirán para ejemplificar o fundamentar sus argumentos y por qué no, para solazarse en su propio proceso creativo. 
     Así, en Beati Mortui, una de las lecturas que afectaron el ánimo de Pedro es la de “un autorcillo anónimo” que hacía hablar a los condenados con discursos llenos de piedad: “Señor, gritaban los réprobos al alzar sus brazos como llamas vivientes, Señor, danos siquiera que se abran un poco las bóvedas de esta cárcel para aliviar la calcinada retina de nuestros ojos con la visión de un pedazo de azur constelado de estrellas. Mas no, Padre, te pedimos más, mucho más que ese consuelo ilusorio”.

     En el segundo cuento, El obsequio de Ponce, plantea la historia  de Luis Ponce, un pesimista sincero y amargo solterón que rechaza el “capítulo escabroso” del matrimonio, a pesar de estar enamorado de Rosario Gil, a quien  condena a convertirse en una novia perpetua:
"Es oportuno que sepas que para mí no podrás ser nunca más que la novicia que regase pétalos de austera piedad en un Zodiaco de ultratumba, sobre el que cayese, con lentitud y con gracia, el deshojamiento de los rosales eternos. En esta vida angustiosa y mezquina que nos maltrata, nada podrá haber entre nosotros más que la comunión directa de corazón a corazón. ¿Acaso tú quisieras vivir la vida como todos los que se aman?"
     La respuesta de Rosario es abnegada: ”Yo soy lo que tú quieras”. Sin embargo, este arreglo amoroso termina cuando un viejo amigo, el doctor Montaño, regresa a la villa con el fin de contraer nupcias; la elegida, quien desconoce las intenciones del doctor, no es otra que Rosario Gil. Ponce, luego de la sacudida que aquella declaración le ocasiona, se enfrenta a un conflicto moral que lo llevará a elegir entre su noviazgo a modo y la felicidad futura de su amada.
     Como lo apunta Edgar García Encina en su trabajo El narrador poeta, este relato parece tener una carga autobiográfica ⎼⎼si bien es cierto que López Velarde no rechazaba el matrimonio e incluso llegó a proponérsele a Margarita Quijano, también es verdad que su figura ha  sido siempre relacionada con la soltería sempiterna. 
     El mismo caso ocurre en La necedad de Zinganol, uno sus textos publicados en El Minutero. Zinganol es un antiguo amigo del poeta quien, al igual que Luis Ponce con Rosario, es un pesimista que tiene como única excepción a su fatalidad el amor que le profesa a Isaura, una mujer de alma vehemente y amplia con la que, para no ser parte del guión impuesto por la sociedad, nunca había intercambiado un saludo. Un día, gracias a un sueño en el que Isaura lo desconoce, el pesimista descubre  tarde su necedad, su insensatez y rebeldía.
     Tras la muerte de Zinganol, López Velarde decide dedicarle una diatriba póstuma a quien bien podría ser uno de sus alter egos. Ramón es Zinganol, también es Ponce, y en un intento por leerse el futuro, como lo hará en su momento la gitana, escribe para el otro, quizá haciéndolo para él mismo: “Ignoro qué hábitos morales desplegarás actualmente […] ¿Quién volvió de la tumba temida a decir lo que está más allá… Que al transmigrar a cualquier mundo sepas y quieras dar el santo y seña. Porque si persistes como ente irregular, acabará por abochornarte tu carencia de domicilio conocido”.

     Luna de miel completa esta triada narrativa. El relato nos adentra en los primeros quince días de matrimonio entre Pedro Galindo y su amada. El esposo, absorbido por el trabajo diario, aprovecha la hora de la cena para alabar la belleza de su cónyuge, especialmente su busto, con panegíricos dichos “a la luz discreta de una lámpara”:  “En el gro nobiliario que cubre la armonía de tu busto, deberían prenderse amada, las siete joyas de las siete virtudes, tu busto es fragante y honesto, como una rosa de altar”. Sobra decir que la señora de Galindo espera enamorada cada noche a su trovador. La muerte de Cristobal Guerra, amigo de Pedro Galindo, dará al traste con el encanto de la luna de miel, cuando la señora de Galindo descubre que las lisonjeras frases que su esposo le recitaba como propias eran en verdad versos inéditos del difunto.
Similar a los otros en extensión y en estilo, la diferencia principal entre los dos primeros cuentos y éste es, a mi ver, la potencia y el carácter que Ramón López Velarde imprime en el personaje femenino. Aunque fisicamente responde al ideal lopezvelardeano de mujer -la tez blanca, el espíritu noble- la señora de Galindo es además un mujer intelectual que: “Podía emocionarse con un verso noble, festejar una prosa irónica y hasta entender -mejor que algunos varones consagrados- una doctrina filosófica”.
     La señora de Galindo no es la señorita que borda en el zaguán de su casa mientras espera la llegada del primer hombre que la elija como consorte; por el contrario, ella “necesitaba un esposo que superara en algo la generalidad de los mortales”. Pedro Galindo lo era, catedrático de historia, figura pública. La protagonista de Luna de miel no podría serlo de El regalo de Ponce; nuca diría, como lo hizo Rosario Gil: ”Yo soy lo que tú quieras”. 
     Más que amorosa, su decepción es intelectual. Ya no podrá ver en su marido las virtudes antes alabadas, sino únicamente la simpleza y ‘la bestialidad del sexo’. Su luna de miel se torna en cirio, y cuando Pedro Galindo retoma su farsa a la noche siguiente, su esposa: “cree ver […] que su marido metía el brazo en el ataúd del literato, para despojarlo de su laurel oscuro”. Imagino que nuestra protagonista experimenta al escucharlo decir versos ajenos, la misma animadversión que Velarde siente en La derrota de la palabra por los espíritus vulgares que, a falta de vida interior, les da por declamar.
     El desenlace del cuento es poderoso, antes que reclamarle al marido el engaño, la señora de Galindo muestra su desprecio al cortar de tajo su palabrería: “Quiero dormir… tengo sueño…” le dice y sale del comedor.

     Beati Mortui, El regalo de Ponce y Luna de miel se desarrollan de forma ágil, más no por eso trivial. Hay en los tres cuentos una propuesta profunda, casi filosófica, del amor, la muerte, de la literatura misma. Textos narrativos que no por eso carecen de pinceladas poéticas dignas de los poemas lopezvelardeanos: “Tú sabes que, en la trama de nuestros días, el amor es el único punto de claridad que nos baña los ojos”. Tres muestras de la potencia literaria de un escritor  completo, vigente  y, para nuestra dicha, con una obra todavía llena de vericuetos inexplorados.

Andrés Briseño Hernández
Jerez, Zacatecas, junio de 2021


Apretaba en mi mano las dos pequeñas piezas de turquesa, mientras mis labios todavía paseaban el jugueteo de su boca. Un sentimiento que debía ser culpa pero no lo era subía desde mi vientre para atorarse en la garganta. Quería llorar de un arrepentimiento que no era tal, con un llanto más parecido a la alegría que al infortunio. Algo reverberaba en mi pecho, una voz proveniente de no sé dónde intentaba reprocharme todo, para terminar susurrándome al oído una canción mansa a la cual confié mi sueño.
     
     Los había conocido apenas unos días atrás. A él y a Chiapa de Corzo.
     
     Hay un momento entre el sueño y la vigilia que no es ni lo uno ni la otra; un marasmo en donde nada parece ser cierto, pero todo resulta posible. 
     De las posibilidades hablo. ¿Qué engranaje se activa para ponernos siempre ante las disyuntivas? ¿Por qué no lleva más allá, al otro lado, a la determinación tomada? Por el contrario, el mecanismo pareciera detenerse justo antes, y es uno el que, bajo sus propios riesgos, toma o deja, reclama o concede.
     
     Luego de un viaje largo, llegamos a una Tuxtla lluviosa, anfitriona grisácea de mis primeras vacaciones sola en mucho tiempo. Durante la cena, supe ciertos nombres, identifiqué algunos rostros, todos compañeros de autobús de los que apenas conocía sus ronquidos, sus idas al sanitario o charlas esporádicas a lo largo del trayecto. 
     Cenar con extraños, evidenciar tus formas de comer o, peor aún, modificarlas, es, por mucho, espantoso; es como repetir de manera absurda ese episodio en el que, para terminarte la sopa, necesitas obligatoriamente recurrir al chiste estúpido de “esto no se hace, ¿eh?” mientras sorbes directamente del tazón. 
     
     Válvulas de escape, dijiste… ¿o fui yo la del argumento?
     
     Reproduzco textualmente la cita: “It has landmarks that are declared historical sites by INAH (National Institute of Archeology and History), like the colonial fountain or ‘Pila’ that is located in the central square, unique piece of the Spanish-American colonial mudéjar art built entirely of brick”.
     La traduzco: “En el centro de la plaza hay un como kiosco al que pareciera que le brotaron visos de castillo. Adentro, una fuente que nadie ve se desgañita a patéticos borbotones. UNA puede quedarse horas mirando en silencio, maravillada sin saber exactamente por qué; UNO, en cambio, toma fotografías, analiza, reconoce en la práctica lo que le han dicho en teoría sus libros de arquitectura”.
     Es sin embargo cuando la noche llega, que UNO y UNA se miran bajo el reflejo del juego de luces de la “Pila” y entienden o dicen o callan.
     

     Válvulas de escape, dije…
     
     Un oaxaqueño conducía el taxi: aseguraba que unos días antes un famoso se había casado en la iglesia de Santo Domingo de Guzmán con una guatemalteca de catorce años; el Arzobispo en persona ofició la boda, y entre los invitados figuraron funcionarios, artistas, industriales y -¡por el amor de Dios!- el presidente de los Estados Unidos. Tú lo mirabas atento, le hacías pensar que creíamos. Al bajar del taxi, reímos a carcajadas de semejante farsa.
     
     Si lo que sucedió fue una traición, ¿por qué no me sabe a tal cosa?
     
     Conforme el paisaje se volvía árido, florecía en mi estómago el desconcierto. Era el regreso. Lejana, como si fuera un sueño del que sólo queda la nostalgia, Chiapa de Corzo. En mi mano las dos piezas de turquesa. A pocos pasos me encontraba ya de un reencuentro que no hubiera preferido, pero que, en cambio, era lo que más anhelaba. (Es que el amor seguía intacto, inacabado. No se trataba de herir o de romper o de componer las cosas).     
     
     “¿No te ha pasado –preguntaste- que a pesar de hacer lo correcto, lo que sabes que está bien, persiste un dejo de vacío, una falta de algo, un preguntarse qué habría pasado? Pues yo no quiero sentir lo mismo ahora, no contigo”.
     
     ¿Qué otra cosa si no sus manos?: el movimiento con que llevaba la copa a sus labios; el encuentro de sus dedos con sus cabellos rubios; la firmeza de sus argumentos respaldados por sus ademanes; la desfachatez con que, sin necesidad de excusas tontas, tomó el tazón y bebió  la sopa.  

     No se trataba de herir o de romper o de componer las cosas: se trataba de ser yo misma, de esa búsqueda subterránea, inofensiva, por sentirse libre, no porque a una se le ate, sino por el simple hecho de sentirlo. Era ese intento por arriesgarse, por salir del orden para volver más convencida. ¿Es éste un argumento válido o una excusa disfrazada?
     
     Tomamos el taxi  convencidos de que nada excepcional habría en una ciudad como Tuxtla; los demás, impelidos por no sé qué fervor citadino, decidieron recorrer centros comerciales y cinemas. Chiapa de Corzo, entrada al Cañón del Sumidero, se me antojaba idílico, un pueblo quizá inconsciente de su propia existencia.

     Pocas excusas se me ocurren: “no eres tú, soy yo”, “no supe lo que hacía”, “se me hizo fácil”. Todas apestan.


     No, sí, no. 
          No, no, no.
               Quizá.
                    Sí, no. No.
                         ¿Qué hago si me pide que lo bese?


     Frente a mí la puerta: su color blanco, carcomido de la parte baja; la perilla nueva (¿cuántas  veces perdí una tras otra las copias de la llave?); el ligero olor a madera mojada; la sensación de seguridad que emite una vez que se cierra. Puedo recrear con los ojos cerrados la ventana, la textura del muro, el número de escalones que me separan de la entrada. Reconozco la casa, nuestra casa, y, definitivamente, al hombre que me espera adentro. Lo que no sé, lo que me aterra, es si desconoceré a la mujer que entra, la que lo dice o que lo calla.

     Aprieto con fuerza dos turquesas pequeñas. Es todo lo que me queda.

     Su dedo tibio recorrió mi labio inferior con delicadeza, pero con la fuerza suficiente para callar la risa que me habían causado sus comentarios hábiles y tiernos. Un aturdimiento estuvo a punto de hacerme caer, pero su brazo libre me detuvo. La cercanía de su aliento me hizo cerrar los ojos y abrir los labios. El engrane de las posibilidades se echó andar a una velocidad vertiginosa: sí, no; sí, no; sí, no. Yo sólo deseaba estar del otro lado.

     Regresamos a Tuxtla en silencio a pesar de la plática del taxista que nos había esperado: “Se los juro, de veras: vino el presidente”, “¿Visitaron el cañón? Bonito, ¿verdad?”, “Aquí como me ven, yo pude ser artista, pero la verdad no quise dejar a mi familia”.

     No, sí, no. 
          No, no, no.
               Quizá.
                    Sí, no. No
                         ¿Se lo digo? ¿Me lo callo?

     ¿Presidentes, cañones, familias? ¿Qué importan esas cosas luego de un beso? ¿Qué válvulas de escape abren, qué mentiras, cuáles pretextos?

     “Tengo algo que contarte…” En mis labios aún se paseaba el jugueteo de su boca. ¿Existe culpa? El hombre en la puerta es mi hombre, al que quiero. ¿Sentirse libre de veras o llenarse de cadenas en el intento? Sucede que se engrasa la maquinaria, se busca el punto de quiebre. No se trata de herir o romper o componer la cosas. Es lo que es. “Hay algo que debo decirte…” ¿Vivir, traicionar, ser una misma? ¿Existe dolo cuando no hay alevosía? No siento vergüenza. La siento. No. Sí. Veo sus ojos y sé y estoy segura. Amor, ternura. ¿Hice mal? ¿Sí? ¿Por qué entonces me siento peor si desecho la disyuntiva y hago lo correcto? ¡Al demonio las disyuntivas! Es que hay cosas que son muy mías que nadie tiene por qué saberlas. Pero somos uno, él y yo. Compartimos las cosas. Y a pesar de todo me siento feliz en otro sentido ¿Lo digo? ¿Sí? ¿No? “Tengo algo que contarte”, mis ojos clavados en sus ojos tiernos, su aroma inconfundible, muestra de que me pertenece y, sí, de que le pertenezco. ¡No puedo! Respiro profundo ¡Sí! una canción mansa envuelve su silueta ¡Sí! empañada por mis lágrimas reprimidas para siempre luego de abrazar la farsa. Entonces digo: “¿Sabías que tal famoso se casó con una guatemalteca de catorce años...?”
     
Andrés Briseño Hernández
A veces
—pero sólo a veces—
miro por la ventana
y encuentro mi propia calavera
del otro lado.

Indaga sin prisas,
observándome con sus
dos orificios inanimados.
Le llamo por su nombre
y no me responde.

Quisiera gritarle:
a la chingada, extraño;
pero el yo del otro lado
de la ventana
es más yo
que el de este lado.

Me pela los dientes,
algo dice apenas en un murmullo.

Quizá esté triste por mí que,
desde mi cuarto,
sonrío y canto y bailo,
pero al llegar la noche
arrojo los zapatos,
lavo los trastes,
escribo esto
y me desmorono.

No sé cuál está más vivo
de los dos
—la verdad es que lo sé,
pero le juego al tonto:
el de la ventana,
con su muerte,
glorifica la vida;
yo,
con mi vida a medias,
engrandezco el vacío.

La calavera de enfrente
me sonríe
con su dentadura amarilla,
se llena de aliento,
le brotan flores y mariposas.

Me guiñe su no-ojo,
se pasa la mano huesuda
por la calva
y se larga a vivir la vida.

El rostro de este lado se desgaja,
aprieta las mandíbulas,
y entona una canción
o cuenta un chiste
o se carcajea para que
lo escuchen los vecinos,
sin atreverse a cruzar la ventana
para seguir a su cadáver
que va silbando
montado en una bicicleta.


Andrés Briseño Hernández
Habríamos ido en agosto a Sarabia a visitar la casa de los abuelos. Mís tíos regresarían de Estados Unidos y habría asado de boda, chicharrones, tambora y norteño. Entraríamos al patio que abuelita Rita barría día y noche sin descanso, quitaríamos la cadena de la puerta y atravesaríamos el zaguán para entrar a las “salas” y dejarnos caer sobres la frescura de las camas que ella, mi abuelita, había hecho más altas de lo normal con latas de chiles jalapeños.

Ahora ya no podemos. En el gran patio de la casa de mi abuelito Pedro y mi abuelita Rita deambula una vaca, esa que todos vimos en cadena nacional, abandonada a su suerte, al capricho de otros. De los cuartos un olor nauseabundo emana y seca las pocas plantas que sobrevivieron: es el olor del saqueo, del asco que nos provoca pensar en las manos asesinas que revolvieron las ropas, las fotografías, los recuerdos y las esperanzas de nuestros abuelos, nuestras hermanas, nuestras madres y nuestros amigos.

Del Yeje o del Colorado, de Villa Hermosa o de González saldrían las camionetas de los durazneros cargadas de rejas apretadas de fruta. Por las laderas de la loma bajarían las vacas repuestas y panzonas gracias al buen año. Habría rodeos, jugadas de beisbol en Palmas Altas; de rancho a rancho viajarían los jugadores en las cajas de las camionetas, algunos se reirían de las "charras" que contaría el gracioso del pueblo; otros se mantendrían en silencio pensando el picheo de esa mañana.

Lo que se ve ahora son las caravanas. Las tristes filas de los desplazados, largas como su miedo, serpenteantes como chirrioneras invisibles que les acalambran las piernas. Aunque hace ya mucho que pasaron, todavía se escucha el silencio de su travesía: aquí es mejor no reír, no hacer ruido, entrar rápido y salir con lo poco que queda, aguantarse las ganas de llorar frente a los corrales y los talleres, a un lado de los cascajos de las camionetas desmanteladas, morderse los labios para que los de la guardia no les vean el llanto, para que no caiga sobre la tierra y los otros lo pisoteen cuando regresen de madrugada. Por la ladera hay un reguero de huesos secados por el tiempo, ¿serán las vacas o serán hombres?

A Jerez venían a las ferias, al mandado, a comprar botines o fierros viejos, el cambio de ropa para la fiesta de la virgen. Llegaban los domingos o el sábado de Gloria, se quedan un día o tres y subían de nuevo a sus ranchos dejándonos sus adioses, sus saludos, sus “dios se lo pague” y sus “cómo esté mucho”.

Ahora no tienen palabras. Apenas y traen consigo lo que llevan puesto. Los más afortunados ocupan las casas solas de sus parientes; a los otros les falta un rincón, un techo. Unos y otros se acomodan como pueden y no saben, de veras no saben, por cuánto tiempo han de quedarse.

Los que han leído mis cuentos, los que me conocen, saben del amor que siento por Sarabia, por sus historias y sus recuerdos. Allí vivieron toda su vida mis abuelos, de allí salieron mis familiares a ganarse la vida, a juntar algo para poder regresar a vivir su vejez en la casa que los vio nacer. Por eso la impotencia y el desconsuelo, la tristeza que me causa el abandono de las tierras, de las casas, de la vida. Pero sé que mi pena o mi encono no se compara con la desesperanza, el miedo y el coraje de las mujeres y los hombres que han visto cómo les han arrebatado el patrimonio, la tranquilidad, su derecho a vivir en paz. No les queda más que la dignidad y el abandono.

La dignidad es de ellos, esa no se pierde; el abandono se los ha restregado en la cara el gobierno, llámese como se llame, del nivel que sea. Y no es justo, no es humano, no tiene perdón.

Andrés Briseño Hernández



Uno lee y suceden cosas. Memorables en su mayoría. Fue en agosto. El diecisiete por la tarde un hombre mayor se acercó mientras yo leía El testigo de Juan Villoro en una banca del parque Morales de San Luis Potosí. Le resultó asombroso que pudiera leer esa letra tan pequeña y me confesó que él ya no era capaz de hacerlo debido a un problema en el ojo izquierdo. Me dijo también que lectores había pocos en este país. Le contesté que no tan pocos. "No los suficientes”, me respondió.
Me pidió permiso para sentarse. Se presentó: Juan Brígido Contreras.

También era lector. De Charles Dickens, de Dumas, de Fuentes. Me hablo del Cid y de la mulata de Córdoba. Al cabo de un rato García Márquez y Cien años de soledad salieron a colación. Nunca la había leído, me confesó, pero había escuchado buenos comentarios. Le dije que yo iba por la sexta o séptima relectura de la novela. “¿Me la contaría? —suplicó— Yo no podré leerla". Vaya lío en que me habían metido aquel hombre y mi gran bocota. No se trataba de contar un chiste o una anécdota, ¡era una novela, la del Gabo!

Busqué, a fuerza de mucho trabajo, compactar tanta vida insuflada con maestría por García Márquez en esas casi cuatrocientas páginas. Fue como reconstruir recuerdos propios, vivencias de uno, hablar de familiares muy queridos. Al término de mi narración, Juan Brígido tocó mi hombro. Me agradeció encarecidamente. "Ya me habían relatado la historia, pero usted la contó mejor", soltó la confesión sonriendo como un niño travieso.

Ahora que recuerdo el advenimiento de Juan Brígido Contreras, pienso en otra novela de Villoro que leí recientemente, El libro salvaje. En ella, otro Juan, un niño de 13 años, narra la visita a su Tío Tito, un lector empedernido y excéntrico. Llega a una casa enorme, llena de cuartos, pasillos, escaleras y una cantidad innumerable de libros que hacen recordar la biblioteca Borgiana. Allí se esconde el libro salvaje, un ejemplar rebelde y escurridizo que lanza el anzuelo, pero sólo se dejará leer cuando alguien lo dome, o mejor dicho, cuando encuentre un lector digno de leerlo y leerse a sí mismo para escribir su propia historia.
Juan Brígido es, como el libro de la novela de Villoro, un lector salvaje.

Indómito, acechante, ávido, granuja, exigente también. De esos lectores que pueblan las ferias y las presentaciones de libros en busca de la serendipia; de los que resultan altamente susceptibles a volverse groupies de los autores o que deambulan por los cafés o las centrales camioneras leyendo por arriba del hombro los libros de los otros. Sus novelas y poemas favoritos les pican en la lengua y tienen que compartirlos con alguien; por eso te miden, te leen con desconfianza primero y luego, si les agradas, se acercan a abrevar contigo en el remanso de las palabras.

Otros coleccionan sagas y/o cómics, atestan las librerías cuando sale a la venta el nuevo tomo; suelen disfrazarse de los personajes más entrañables, forman grupos, clubes, cultos; pueblan los cines y las expos. Si les fuera dado, dejarían este mundo para avecindarse para siempre en los mundos maravillosos de sus libros. Los mayores suelen verlos con desconfianza, como si fueran entes extraños salidos de la nada. De la misma manera que los adultos de la Alemania de Goethe miraron a los jóvenes seguidores de Werther y sus cuitas.

Existe una especie ingobernable de lectores salvajes: pequeños y vertiginosos. De ojos vertiginosos. No cesan nunca de acosar, pidiendo por favor que les lean el mismo cuento de las últimas quince veces. Les gusta también que les narren historias que saben al dedillo y de las que no aceptan el mínimo cambio en la trama ni en las palabras. Sobrinos, se les dice, hijos, hermanitos. Especímenes éstos merecedores de cuidados especiales, pues el salvajismo que los distingue es sutil y delicado. Un rechazo o una negación a sus deseos son suficientes para que los perdamos sin remedio.

Vuelvo a mi lector salvaje. Juan Brígido se marchó luego de darme su dirección. "Escríbame, prometo contestar". Cruzó el sendero y se internó en la arboleda, seguramente el muy bribón sonreía. La cacería había sido buena. A pesar de ser la presa, me quedó un dejo dulzón de plenitud; los libros y los lectores salvajes comparten esa cualidad, su ataque no destruye, vivifica.

Le escribiré a Juan Brígido. Se la debo. Y le enviaré un libro. Uno sobre el corazón de las aves, con ilustraciones y letras grandes, muy grandes, para que sus ojos no se cansen. Los necesitará para el siguiente acecho.

Andrés Briseño Hernández
Entrañables lectores: refiéroles este ramillete de anécdotas que me confesaron o escuché por metiche en una de tantas esquinas que tiene la vida.
Como me las contaron se las endoso... más o menos.


El billete

Vivió en el rancho una señora que solía vender sus favores por cinco pesos. Todo aquél interesado en una noche de amor debía pagar por adelantado; las citas se concertaban siempre para la noche en un arroyo solitario.

Uno de los muchachos del rancho, sin un centavo encima, deseaba encontrase con la señora. Para lograrlo, recortó un billete que aparecía en los libros de texto de primaria; luego rayó con lápiz el otro lado del recorte con el fin de darle la textura de un billete viejo real.

La noche del encuentro, el muchacho le entregó el billete a su compañera quien, por la oscuridad del arroyo y las prisas del momento, se lo metió en el delantal sin notar el engaño.

Por muchos días, cada que la timada avistaba al timador, se escuchó su reclamo de loma a loma:

– ¡Cabrón, me hiciste pendeja!



La boda

Rita quería casarse en Jerez y no en el rancho como todas. La decisión no le agradó para nada a su madre quien, aferrada a las ideas inculcadas desde su infancia, demandaba que la fiesta de una novia pedida debía ser en su casa.

Al final valieron más sus exigencias: la boda se realizaría en Sarabia y no en el Club de Leones de Jerez, donde se pensó en un principio.

A pocos días del enlace, una vecina acudió a preguntar dónde, por fin, se efectuaría el casorio. La madre, que aún no salía del enojo, contestó:

–Aquí, pero querían que fuera en el culo de los leones.



El zapato

Pocas veces mi abuela aceptaba una invitación de sus hermanos. Esa tarde, por el contrario, accedió a acompañarlos a Palmas Altas a una fiesta.

Sin embargo, mientras se cambiaba de ropa, se dio cuenta de que le faltaba uno de sus zapatos de salir. Contrariada porque estaba segura que lo había dejado junto con el otro en el lugar de siempre, mi abuela lo buscó y rebuscó hasta el último de los rincones de la casa.

Luego de casi una hora de búsqueda infructuosa, no tuvo más remedio que pedirles a sus hermanos que partieran sin ella.

Esa noche, a la hora de acostarse, dio con el dichoso zapato: estaba sobre la cama, bien cobijado con una toalla, justo donde lo había dejado mi madre después de jugar con él a las muñecas.


El diablo

Josito y Pola vieron al diablo un día por la mañana. Los había despertado un ruido fuerte de pisadas sobre la azotea y, a pesar del miedo, salieron a la puerta a ver quién se había trepado a su casa.

Lo que miraron los dejó sin aliento: sobre el suelo se distinguía claramente la sombra de una cabeza adornada con lo que parecía un par de grandes cuernos.

Cerraron la puerta apresuradamente y se metieron bajo las cobijas; allí recitaron cuanta oración llegó a su cabeza.

Por varias horas escucharon al diablo pisotear, resoplar, ir y venir a toda carrera; también lo escucharon, no sin extrañeza, rebuznar con fuerza de vez en cuando.

     El supuesto diablo era un burro que los muchachos maloras del rancho habían subido a su azotea la noche anterio
r.


Simona

Las muchachas de Santa Rosa estaban cordialmente invitadas a un bautismo en un rancho cercano. Como no podían ir solas por su calidad de señoritas decentes, sus padres les demandaron una acompañante honorable.

Una de las chicas invitó a Simona que, si bien era soltera, sus treinta y tantos años de edad y su recato comprobado la convertían en una excelente chaperona.

–Si va Simona, sí– aceptaron complacidos los progenitores de la joven.

Las demás muchachas del rancho hicieron lo mismo: “Simona va a ir”, “Me va a acompañar Simona”, “Iré con Simona”, dijeron de casa en casa. Todas obtuvieron el permiso.

El día de la fiesta, las jóvenes se portaron a la altura y todo transcurrió sin incidentes hasta que llegó la hora de regresar a Santa Rosa.

– ¿Y Simona, dónde está Simona?– se preguntaron al notar su ausencia.

     Hacía rato ya que Simona se había ido juida con el novio.



Andrés Briseño Hernández
     Las cabras se habían comportado particularmente extraño aquel día. Kaldi no lo notó hasta el anochecer cuando le fue casi imposible reunir al rebaño para resguardarlo dentro de la cueva. Sus animales, por lo regular sumisos, saltaban aquí y allá con un balido constante e inquieto; se les miraba tan activos como si acabasen de despertar y lo único que desearan fuera salir corriendo en desbandada.  

Luego de grandes esfuerzos el pastor logró meter a la última de sus cabras. Adentro, ninguna mostraba señales de sueño. Las contemplo un buen rato, consternado. ¿Sería aquel inusual comportamiento obra de algún espíritu? Kaldi se lo preguntaba sin atreverse a contestar afirmativamente. Pronunció en voz alta las consabidas fórmulas para alejar las malas artes y las calamidades y se acomodó sobre una zalea cercana a la fogata para vigilar. Al cabo de un par de horas se quedó dormido.

Con el alba, el cabrero despertó a su rebaño y salió de la cueva para llevarlo a las laderas de Kaffa; el terreno era escarpado, pero fértil, rico en buen pasto. Durante el trayecto no observó en sus animales ninguna conducta fuera de lo común. Sin embargo, unos minutos después del mediodía, las cabras retomaron su comportamiento agitado. La razón parecía deberse a ciertos frutos rojos desconocidos para el pastor, mismos que sus cabras habían estado comiendo desde la mañana. Kaldi arrancó un buen número de esos frutos y los guardo en su alforja para examinarlos detenidamente al terminar la jornada.

De vuelta en la caverna, Kaldi tomó el racimo y lo observó por unos instantes. Luego, con ayuda de los dientes, peló uno de los frutos hasta llegar a la almendra. El sabor no era precisamente agradable, pero la curiosidad de saber si era ésa la causa del desasosiego de sus animales, lo impelió a comerlo. La semilla sabía aún peor que la pulpa. Sin desalentarse por el fracaso de su ensayo, el pastor decidió realizar diferentes pruebas: maceró los frutos, pero el resultado, un tanto aceitoso, le disgustó; los mezcló con ensete, una especie de banano, hasta formar una papilla que le resultó muy poco apetecible; por último, separó las almendras y las tostó para luego hervirlas. El líquido negro resultante le pareció una bebida horrible que corroboraba su origen demoniaco. Asustado, tiró la olla en que había preparado el brebaje y no permitió en delante que sus cabras comiesen de aquellos nefastos arbustos.

Quizá, si Kaldi no la hubiese rechazado, aquella infusión oscura habría trascendido el tiempo hasta convertirse en la bebida por excelencia no sólo en África sino en el mundo entero. La historia, como es sabido, no fue así. El honor de ser nombrada la bebida universal recayó en una preparación del continente americano, elaborada exclusivamente para el huey tlatoani, de la cual Hernán Cortés primero y Francisco Javier Clavijero después dieron cuenta en sus Cartas de relación y Storia antica del Messico respectivamente: el atolli.


Valero Gracia, arcabucero aragonés, observaba a escondidas la elaboración del bebistrajo que preparaba la cocinera favorita de Motecuhzoma, la única depositaria del secreto de la receta: en una olla grande de barro la india hirvió una bola de algo que el español no pudo precisar y lo meneó constantemente hasta espesarlo; después lo condimentó con cacao, chile –esa vaina de los avernos– y miel de abeja. Una vez listo, un paje llevó la bebida en un pocillo bellamente adornado hasta la sala principal del palacio. Valero iba detrás, su trabajo era asegurarse de que ningún veneno o bebedizo pernicioso pudiera ser vertido en los alimentos de rey de los aztecas. Su mirada, y su apetito, se clavaban constantemente en aquella bebida espesa y caliente.

Motecuhzoma era ya prisionero de Cortés; aun así, sólo él tuvo el privilegio de beber el atolli. Lo hizo lentamente, saboreando la consistencia áspera del líquido.

–No más demoras– ordenó Cortés.

El huey tlatoani escuchó en náhuatl la traducción de la lengua bárbara y dejó el pocillo. Dos soldados lo sujetaron para llevarlo a la terraza del palacio. Lo que sucedió después Valero Gracia no pudo saberlo; se encontraba de vuelta en la cocina del palacio dispuesto a saborear la preparación digna de monarcas. La cocinera se interpuso, en su mirada brillaba la resolución de proteger lo sagrado. El arcabucero estaba a punto de propinarle un empellón cuando se escuchó el llamado de las caracolas seguido del grito de sus compatriotas: ¡A las armas, españoles, que esto se ha ido a la mierda! El sobresalto fue aprovechado por la mujer para arrojar al suelo la olla del atolli. Valero la miró con furia, pero no arremetió contra ella. En su lugar, la tomó del brazo y salió rápidamente en busca de un escondite seguro.

      Al asesinato de Motecuhzoma sobrevinieron batallas sangrientas, el sitio y la aprehensión de Cuauhtémoc. Tenochtitlan había caído. Durante todo ese tiempo, Gracia mantuvo cautiva a la indígena con la esperanza de conocer los ingredientes exactos del brebaje. Al principio, la cocinera se mantuvo estoica, de nada valían las amenazas ni los golpes. Sin embargo, cuando Valero le refirió a través de su lengua la manera en que había muerto el emperador, su temple se vino abajo.

–Has de saber, india del demonio, que Montezuma murió como un cobarde, apedreado por su propio pueblo.

La mujer lo miró fijamente, incrédula al principio como si hubiera comprendido mal lo que acababan de traducirle; luego se doblegó ante la verdad.

–Nextamalli– murmuró.

A esa confesión siguieron otras en las que se relataron los ingredientes específicos para cada tipo de atolli: negro (preparado con cáscara de cacao), de pinole, de masa y frijol, de maíz de teja, entre muchos otros. Valero anotó cada palabra con celeridad, víctima de una agitación irrefrenable. Al término de la revelación, el arcabucero hizo a la mujer preparar la que supuso la mejor versión de la bebida. Apresuradamente salió de la choza con la olla aún humeante
.
     –Se llama atole– dijo con satisfacción ante Cortés– la bebida predilecta de Montezuma.
El ahora marqués del Valle de Oaxaca degustó tan ávidamente que fue necesario, según consta en documentos de la época, que se le preparase una cantidad considerable de atolli suficiente para un regimiento y que él y sus allegados bebieron en una comilona que terminó al día siguiente.

     El éxito de tan exótico brebaje fue tal, que no tardó en ser probado por los reales labios de su majestad el rey Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, y en pocos años su consumo se extendió por todo el continente europeo. En el siglo XVI, el médico y alquimista Zenón, hijo del clérigo Micer Alberico de Numi, acuñó en su obra Las proteorías el concepto universalem potum, la bebida universal, para referirse al exquisito bebedizo de las Américas. Otros estudiosos, poetas y monarcas a través de los siglos y hasta nuestros días han alabado las bondades del atolli: es bien sabido que el Santo Padre León XIII y más adelante Maximiliano II de Habsburgo lo consideraban gran reconstituyente y afrodisiaco –al sucesor de Pedro se le atribuye, además, la siguiente frase: “Si con atolito vamos sanando, pues atolito vámosle dando”.

En la actualidad el atolli es la bebida caliente por excelencia en el mundo y por mucho la más mediática; en los hogares de todo el orbe humean las ollas de champurrado o blanco acompañado de piloncillo o de una tablilla de chocolate de metate, gracias, quizá sin saberlo ellos, a la tenacidad de un arcabucero español y la mala estrella de un pastor abisinio.

Andrés Briseño Hernández

                                                                                                                                                   “Desnudo salí del vientre de mi madre,
                                                                                                                                                    y desnudo volveré allá. 

                                                                                                                                                  Jehová dio, y Jehová quitó;
                                                                                                                                                  sea el nombre de Jehová bendito”.

                                                                                                                                                                                                             Job 1:21


                                                                                                                                                 “El que da y quita con el diablo se desquita”.
                                                                                                                                                                                             Pepita Martínez, 7 años.


La Sra. I. S. A. –otrora esposa, amiga, confidente, mecenas e inspectora de Hacienda del que se murió– participa a parientes, amigos y al público en general del sensible fallecimiento de su amado consorte


(Aquí va una crucita)
Andrés Briseño Hernández

          Quién vivió hasta que pudo y como pudo. Amó la lectura, la escritura y la tragadera. Lecturas le faltaron; escribió menos de lo que debía; se comió lo de esta vida y tres reencarnaciones. Sus pies quisieron llevarlo más allá, como que sabían que el horizonte nunca se alcanza de veras. Viajó al norte y cruzó la frontera a todo galope, con el susidio natural del que no tiene visa y es un niño y no es güerito ni habla inglés. Luego conoció México, anduvo por esos andurriales de dios, llena la mirada de sorpresa y admiración: sures y nortes, de una a otra costilla del país, sin abarcarlo. Quiso el destino que tornaran su pasos al septentrión, más arribita que la vez primera, y avistara la ciudad de Calgary de los afligidos, Nuestra Señora de la escarcha y la paleta. Cruzó el mar océano y visitó España. Allí palpó con silencioso sobrecogimiento los muros de Cuenca, tres veces más antiguos que los muros de cualquier ciudad postcolombina que hubiera conocido. Contó historias de Rulfo que a los oídos españoles sonaron sorprendentemente familiares: muerte, raíces, amores, venganzas, tierra y sangre (pero la revelación más grande sobrevino cuando dijo “damajuanas” y una señora cerró los ojos y evocó la mesa de su vieja casa en Tarragona sobre la cual descansaba una botella barriguda llena de Penedés). Regresó a México y apoyó su oído en la frescura de las paredes de la casa de su infancia, tres veces más entrañables que cualquier pared que sostuvo las techumbres de su vida. Cerró los ojos y dijo “oloteras” y se vio a sí mismo desgranando sobre los muslos las mazorcas que le alcanzaba su abuelo.

No lo dijo, pero le habría gustado ser recordado como el niño flacucho que jugaba contra sí mismo a las canicas para no perderlas. Quizá también como el adolescente que leyó Cien años de soledad y se sintió José Arcadio y quería que alguien le tocara la entrepierna y le dijera “qué bárbaro”. Tal vez como un profesor (la palabra docente le parecía insoportablemente pedagógica) que procuró sembrar en sus alumnos libros antes que ismos. Tuvo dos amores de su vida. El segundo fue el bueno. A éste último lo amó sinceramente, con la humildad del que sabe que el amor no es cosa imperecedera sino apenas la iridiscencia que salta fuera del agua y quisimos creer que era un pez.

      Sobre todo, habría deseado que lo evocaran como un hombre que amó la palabra; no sólo la suya sino la palabra limpia, salvaje, apacible o inaudita de los hombres y las mujeres que pregonan mariposas y guijarros.



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Señoras, señores y demás personas que me lean: va aquí otro montón de remembranzas y confesiones que recuerdo o creo recordar como me las contaron. perdóneseme la poca memoria y la mucha inventiva.

1. Poquito nomás

     Cuando don Luis Barragán fue presidente de Monte Escobedo, las responsabilidades del Ayuntamiento no eran tan demandantes. El pueblo era pequeño y sus necesidades, pocas; se podría decir que edil municipal hacía las veces de un patriarca encargado, además de hacer política, de asuntos mucho más sencillos y cotidianos.
     Cierto día, los padres de un muchacho que se había robado a la novia unos meses atrás, se presentaron ante don Luis para pedirle un favor: la muchacha estaba embarazada y, como los padres de ella no querían recibirlos, necesitaban que él, como presidente municipal, fuera a darles la noticia del modo más amable posible.
     El alcalde, bonachón y tranquilo, no sabía cómo informarles el asunto a los ofendidos padres. 

     – ¿A qué debemos el honor de su visita?– le preguntaron una vez que se animó a verlos.
–Es sobre su hija– contestó nervioso– Pues resulta que… pues… pues fíjense que está un poquito embarazada…


2. La carta

      Mi madre sufrió los embates del amor una mañana en la escuela. Eran los tiempos en que mandar una carta resultaba la mejor manera para declararse.
     Desconfiada de sus habilidades como escribana, le pidió a la alumna más avezada en esos menesteres que le redactara la misiva. El mensaje era sencillo, pero efectivo: “Te mando esta carta”. Ni una letra más, ni una letra menos.
     Cuando el escrito estuvo finalizado, discretamente fue pasando de mano en mano con destino al niño en cuestión hasta que el maestro, hábil destructor de relaciones, lo interceptó a unas cuantas butacas del final.
     Mi madre enrojeció de vergüenza cuando el profesor comenzó a leer la carta frente a todos; pero más pena sintió al escuchar el contenido de la declaración.
“Te ma eta cata”, había escrito la más ducha escribiente de la clase.


3. La limosna

      El Pilicho y sus hermanos dormían a pata tirante luego de la borrachera de la noche anterior. Era domingo, como a las siete de la mañana.
     Alguien llamó a la puerta con ahínco. El Pilicho entreabrió un ojo pero no se levantó. El llamado volvió a escucharse, pero ahora con más fuerza. Luego otra vez y una vez más.
     – ¿Pos quién es?– preguntó molesto.
     –Una limosnita– dijo una voz de mujer del otro lado de la puerta.
–Ay échela por la ventana– replicó El Pilicho y se volvió a dormir.




4. La Divina Ficción

     Mario Vargas Llosa, en su ensayo La verdad de las mentiras, comenta con acierto que el hecho de que una novela cuente una “verdad” o una “mentira” es tan importante para ciertos lectores como que sea buena o mala. Claro ejemplo es uno de mis hermanos, quien es capaz de escucharme referirle cualquier historia con gran atención, pero apenas descubre que se trata de las vicisitudes de un cuento o una novela, pierde cualquier interés por el relato y se marcha. “Ah, es mentira”, expresa desilusionado.
     Otros en cambio, anteponen la ficción a la verdad, como el caso de cierta señora que le contaba a su familia las noticias de la tele o los sucesos cotidianos del barrio invariablemente aderezados con personajes, acciones y diálogos imaginados. “Ya sé que así no fue –les explicaba a quienes la corregían– pero yo lo cuento más bonito”.
Existen también otros casos en los que la línea divisoria entre lo verdadero y lo ficticio resulta tan delgada que algunos son incapaces de entender la diferencia: Contaba uno de mis maestros de la universidad que en Rancho Grande, Fresnillo, Zacatecas, un ejemplar de la Divina Comedia de Dante Alighieri llegó, por azares del destino, a las manos de una ferviente y católica señora. Luego de leerla, la mujer reunió a sus vecinas y les contó la maravilla que había descubierto. Desde ese día, anduvo por el rancho recolectando firmas de niños y adultos, con la finalidad de entregárselas al sacerdote quien, a su vez, debería mandarlas al obispo y éste a las más altas esferas del clero para lograr, lo más pronto posible, la canonización de san Dante, único ser humano que había sido capaz de viajar por infierno, purgatorio y cielo y vivió para contarlo.


5. De la parranda 

     Era media noche y el silencio de la duermevela apenas era entrecortado por el traqueteo de uno que otro ronquido que se esparcía por el rancho. Reflejadas fugazmente sobre las cercas, las sombras de un grupo de muchachos se aproximaron acechantes a los tendederos de las casas del barrio de arriba. Un perro ladró; otros se unieron a su aviso de alarma. Las luces se encendieron en más de una vivienda, sin embargo por las ventanas sólo pudo distinguirse el vaivén de las ropas azotadas por el viento.
    La primera en verlo fue Angelita. Iba muy temprano rumbo al molino cuando el espectáculo frente a ella la hizo tirar la tina con el nixtamal; Severiano casi estampó el tractor en la barda de Josito y el profe Bartolo olvidó el dictado y abandonó la primaria para dar crédito a lo que ocurría: una procesión de burros ataviados con la ropa interior robada de los patios irrumpió por las calles del rancho. Era un desfile de calzones y sostenes de tamaños, estilos y colores diversos. Nuevos unos, rotos otros; limpios éstos, irreparablemente percudidos aquellos.
     Fue el comisario quien salió de la sorpresa y mandó parar a la burrada. 
     – ¿De quién son estos calzones?– gritó mientras extendía unas pantaletas azul bajito– ¿Y estos otros sellados a perpetuidá?
     Pero le preguntaba al vacío. No hubo un solo despistado que se atreviera a reclamar sus íntimas pertenencias. 
     A pesar de las indagaciones, nunca dieron con los culpables. Las prendas permanecieron exhibidas en la cancha por más de una semana. Los vecinos pasaban, identificaban desde lejos las suyas, pero ninguno dijo esta boca es mía. Luego de otros tres días, el comisario, en ceremonia pública, quemó la ropa.
     La vergüenza pudo más que el cariño: con los puños apretados, las mujeres se despedían amargamente y en silencio de aquellas prendas tan bonitas que sus esposos les habían comprado en la feria de primavera y que ahora no eran más que una voluta negra que ascendía como si tal cosa.
Es un cuento, cuento imageEs un cuento, cuento imageEs un cuento, cuento image

Hay un patio, patio.
De la torre corre
hasta el viejo y nejo
bodegón.

Brota un tronco bronco,
de tan grande expande
y del muro oscuro
se salió.

De las ramas, ramas
con mentira mira
un montuno y bruno
pajarón.

Saca un libro, libro
de su ala rala
para el héroe, héroe
campeador.

Va gallardo Eduardo
por la añosa choza
cuando entreoye, oye
un clamor.

Se detiene y viene.
Por perversos versos
ya se aleja y deja
el carretón.

Sobre el prado ajado
puso un banco blanco,
pues el canto tanto
cautivó.

Su armadura, dura;
su pesada espada;
su caballo bayo
ya olvidó.

En la corte norte
ya lo espera afuera
una dama en flama
con fruición.

Y le quiere, quiere
dar un beso grueso
en la loca boca
a su campeón.

Pero el mozo en gozo
no se fija, fija
que la hora, ahora,
ya pasó.

Y la noche, noche
ya sosiega llega
y con ella mella
un dragón.

Una pata ingrata
—con pesuñas, uñas,
siempre amargas, largas—
pisoteó.

A su bayo El Rayo
y a su carro, carro,
sin disculpa en pulpa
convirtió.

Aquel mozo ansioso
dio dos saltos altos
y del monstruo, monstruo
se alejó.

Con la espada izada
en su puño, puño
en la tripa lipa
le pegó.

Mas la fiera, fiera
que es muy gorda y sorda
aquel golpe torpe
no sintió.

Es su cuero acero,
es maduro, duro,
y la punta, punta
se dobló.

Desde el tronco bronco
con precisa risa,
una burla, burla
se escuchó.

Era el ave grave
que de pronto, pronto
en aciago mago
se tornó.

“Soy Marujo el brujo:
tus terrenos buenos
de las sombras, sombras
son prisión.

A ti vengo luengo
no con ganas vanas
de cobrarte aparte
mi aflicción.

Quiero verte inerte,
derrotado, atado,
sin la hermosa moza
del torreón”.

Así dijo fijo,
con la mueca chueca,
el brujo Marujo,
retador.

De frente, valiente,
aquel mozo hermoso
sintió fuerzas, fuerzas
y atacó.

Del lagarto harto,
en el ojo rojo
golpeó duro y puro,
con fervor.

“Soy Eduardo y ardo
en el pecho, pecho.
Le di fuerte muerte
al dragón.

Ay, brujo Marujo:
son tus males tales
que no tienen, tienen
el perdón”.

Bajó el mago vago,
llorando, temblando,
pisó el suelo en duelo
y exclamó:

“Era un chiste, ¿viste,
caballero fiero?",
y sin zape escape
intentó.

El muchacho macho
de su traje, traje
sin amago al mago
apresó.

Y solo mandólo,
sin su magia, magia
a reseca, seca
población.

Y su viaje, viaje
a su dama en flama
el glorioso mozo
reemprendió.

La doncella bella
en la sala en gala
el gran beso grueso
le plantó.

Y este cuento atento,
ya se acaba, acaba,
ha partido, es ido,
se marchó.

ANDRÉS BRISEÑO HERNÁNDEZ

A mi abuelo

Pedro Hernández murió una tarde de noviembre y con él se fueron apagando poco a poco todas las cosas que pendían del hilo de su palabra.

Sarabia, su pueblo, se hizo pequeñito pequeñito, como si pudiera esconderse en la palma de la mano.

“Ya se murió el rey del barrio de abajo”, comentó el Pocho entre la romería que avanzaba tras el féretro.

Y era cierto: el barrio de abajo, el rancho entero, perdía a un trovador nato que anduvo el camino derramando historias y chistes como quien lanza alpiste a las palomas.

Tras cada puño de tierra una palabra se oscurecía; un sueño, un deseo remoto de libertad ahogaba su voz quizá para siempre.

Pero no fue para siempre.

Al regreso del sepelio, una voz más clara, salida de la potencia de los corazones acongojados que bajaban la cuesta, exclamó el sortilegio:

–Como dijo Pedro Hernández…

Y un vendaval oculto en cada pecho, en cada boca apretada, soltó un torrente de díceres y cuentos pronunciados alguna vez por el patriarca, que se esparció por las laderas y los corrales, entró a las cocinas y anegó los barbechos.

Allí estuvo, flotando toda la noche sobre Sarabia como un enjambre de luciérnagas trasnochadas.

Andrés Briseño Hernández


Calaveras, calaveras imageCalaveras, calaveras imageCalaveras, calaveras image
La Muerte viene
no se detiene,
por el camino
va suene y suene.

Ya sea de noche o de madrugada
Muerte canija ya no escatima,
pues en un tris ella vuelve nada
al pobrecito al que se le arrima.

Va muy solita por el santuario,
deambulando pasa un alma en pena:
“Si no me rezan mi rosario,
mucho menos mi novena”.

En la tenebra
la Muerte enhebra
una mortaja
que se deshebra.

Con el costal y una guadaña
llegó la Muerte a ese jolgorio.
“Ya que de fiesta traen muchas ganas,
yo los invito a su velorio”.

Cortó de un tajo la noche oscura,
blandió potente la cruel navaja;
al penitente trae amargura
y a las viejitas la descascaja.

Tras un difunto
viene ella al punto,
por alma y cuerpo,
todito junto.

En los panteones se escuchan gritos,
mas no se sabe quién se lamenta,
pueque sean llantos o pujiditos,
pueque sean novios o alma en tormenta.

Todas las noches
tocan las puertas,
paran los coches
las manos muertas.

Suenan las tres en el campanario,
desde una esquina la Muerte espera.
Si usted se amensa, va pal calvario,
ya muy vestido de calavera.

Andrés Briseño Hernández
(Publicado originalmente en La sirena varada.Revista Literaria Bimestral, Año 1, Anual, 2018)

En la universidad decidí que Octavio Paz me caía gordo. Se hablaba tanto de él en los corrillos, se traía a tema a la menor provocación, que terminó por resultarme indigesto. Paz el ensayista, el embajador, el poeta, el Nobel, el oficialista, el descomprometido. Opté por malquererlo sin haberlo leído siquiera. Agréguese a mi antipatía el encono que experimenté cuando vi un reportaje sobre Elena Garro —escritora de todas mis complacencias— donde se la mostraba anciana, enferma, sola y en la miseria. Asumí que era culpa de Octavio.
Me habría gustado imaginar la relación Garro-Paz a la manera de un talk show. Laura Bozzo sostiene las manos de Elenita, mientras ésta llora desmesuradamente. Se reproduce un video. Música triste de piano, escenas a blanco y negro, una vecindad, un cuarto miserable, donde Garro se quita el nebulizador para dar una fumada. Llora y relata su ruptura amorosa y el olvido a la que fue proscrita. Laura Bozzo chilla: “¡Que pase el desgraciado!”. Paz recorre el pasillo entre vituperios, llega al panel, saluda a la presentadora sin reparar en su exmujer. Yo, que me encuentro en la sala, le grito: “¡Mal hombre, mal hombre!”.

***
No obstante mi aversión hacia el poeta, su albor atravesó oscuridades y en cierto punto de mi vida tuve que vérmelas con su obra. Buscaba textos y autores diversos para mi sala de lectura cuando me topé con Piedra de sol. Tomé el poema con desconfianza, haciendo bolas duras de rencor, a la manera de Pedro Páramo, y leí:

Un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:

“Vaya, vaya”, me dije en secreto, como para no traicionar mis resentimientos. Luego continué la lectura en un murmullo:

voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia…

Perdí el control –así es uno, veleidoso, qué se le va a hacer–, leí todo el poema y me seguí con otros; busqué El laberinto de la soledad, Corriente alterna, El camino de la pasión, El arco y la lira. “Este cabrón es bueno”, pensé, convencido ya de que a los escritores hay que tasarlos por sus textos, más allá de qué tan afines nos resultan como personas.
Imaginé a Paz en Historias engarzadas: cortinilla de apertura con tipografía gariguleada. El poeta, sentado frente a Mónica Garza, se sincera ante los televidentes. Habla de su infancia en Mixcoac, de aquella fotografía de juventud donde aparece con los mechones rebeldes, de la India y del roce con Vargas Llosa por eso de la “dictadura perfecta”. Comparte el gozo de ser premio Nobel y lo incómodo –y chistoso– que se sintió con el smoking. Al final, un acercamiento nos deja ver sus lágrimas.
Yo, desde mi sillón, digo entre sollozos: “Está bien, Octavio, te perdono, pero todavía me debes lo de Elena Garro”.

Andrés Briseño Hernández
I
Del lejano pueblo
Puertas Grandes
llegó mi abuelo
Pedro Hernández.
.
Traía entre sus brazos
un perro
que encontró triste, solo,
en el cerro.

Perdido estaba,
dijo el abuelo,
cerca del río,
tras un ciruelo.

Las tres lo vimos,
Lupe, Teresa
y yo: abrió la boca
con pereza
y sus ojitos negros
cerraba
mientras abuelo
lo acariciaba.

Era lindo, negro,
chiquitito,
un punto blanco
en el rabito
y, sobre todo, la
mirada ésa,
como la mía,
en la tristeza.

Dámelo, abuelo, dije en
un grito
que salió primero
despacito,
luego tomó fuerza,
mucha altura
hasta tocar, sí,
la nubladura.

Para qué lo quieres,
replicaron
mis hermanas cuando
me miraron.

Está muy chica, no sabe
nada,
murmuró Teresa,
enojada
como la noche lejana
y quieta
cuando abandoné
la bicicleta
a la mitad de la calle
oscura
y corrí directo
a la amargura.

El miedo, ya metido
en el pecho,
crecía más, más
a cada trecho.

Desde la ventana de
un camión,
madre dibujó
un corazón.

Su boca, sin voz ninguna,
dijo:
Me voy al norte,
al norte fijo.
¿Qué es el norte?,
¿en dónde queda?
Y no dijo nada
la alameda.

Es tu culpa, toda tuya,
niña.
Un empujón seco que
se apiña,
se trepa y se atora
en la garganta.
Teresa, hermana,
¿de dónde tanta
luz se nos escapa
por la puerta?
Si tú me empujas, se queda
abierta.

Quise llorar, correr tras
el humo
que subió tranquilo hasta
el totumo.

Pero abuelito posó
su palma,
suave, amorosa, tibia
y en calma.

Así como ahora a su
regreso
feliz coloca en mis brazos
eso
que se retuerce, bosteza
y gime
y busca la mano
que lo anime.

Es tuyo, mija,
anunció abuelito,
y el sol salió, bueno,
calientito.

II
A la orilla del río mi perro
hace cabriolas,
persigue a la mariposa,
destroza corolas
y salta y gruñe, ladra chistoso
el negro
—como si ya fuera grande y fuerte—
y yo me alegro
de tenerlo, mientras rayoneo
en el cuaderno:
madre, si lo vieras: es lindo,
lindo y tierno.


Quisiera mandarte las cartas,
todas ya escritas,
en las que te cuento a detalle
de mis visitas
al sanatorio donde una doctora
de blanco
me da caricias, como las tuyas,
sobre un banco.

Abuelo me lleva temprano,
siempre temprano;
por las calles solas canta y me toma
de la mano.

Tus cartas se llaman giros postales
y valen
gotas amargas y cápsulas verdes
que saben
a lo mismo que sabe cada noche
tu ausencia
y te espero, madre, con un perro
y su querencia.

Una nube se apretuja contra otras
y truena
y el estruendo cae lo mismo que
la lluvia buena.

El Fierros —así se llama—se detiene
y ladra
y el eco mojado se repite
por la cuadra.

Lupe se asoma por la ventana.
Larga y flaca,
nos mira detrás de la lluvia que
no se aplaca.
Dice Teresa que ya te metas,
hace frío.
El Fierros, rebelde, forma cabriolas
en el río.

Te hará daño, tonta; ya verás
con el abuelo,
gritó Tere y vino y me tomó fuerte
del pelo.
Me llevó a jalones, por el lodo,
hasta la casa.
Si enfermas mamá no vuelve, dice,
y me traspasa
el pecho un dolor frío y caliente,
así como
si lumbres y hielo atravesaran
un palomo.

Dejó la maroma el perro y vino
azuzado;
de una patada, pobrecito,
se quedó callado.

III
Canta la rana,
canta;
 Fierros llega y
la espanta.

abuelo
lo mira,
ríe, me observa
y tira
del hilo
aguamarina
de su talega
fina.

Adentro los
crayones
esperan
dormilones
que abuelito
los tome
y un dibujo
se asome.

Ésta eres tú,
y el Fierros
ladrándole
a los perros;
allí la casa
vieja
y su pared
bermeja,
ya
descarapelada,
se asoma
en la alborada.

¿Y madre dónde,
abuelo?
Mi voz sale
del suelo.

Luego, sobre
la hoja,
cae una gota
y moja.

IV
A la mitad del cuaderno
usado
un dibujo me aguarda
doblado.

Espera un poco, Fierros,
espera,
ya casi termina
la carrera.

Más allá de la colina
leve
un arroyo se hincha
cuando llueve.

Hasta allá marchamos,
perro mío;
rápido corre, aleja
el frío.

El sereno moja mis
sandalias
a mi paso suelto entre
las dalias.

Una piedra enorme, plana
y roja
una mesa dispuesta
se antoja.

Despacio, sobre la roca
expando
aquel dibujo humedito
y blando.

Es el mismo, madre,
de abuelito,
con la casa vieja
que yo habito.
Pero ya no estoy sola
en la casa,
estás tú, camino
de la plaza.

Dibujada con lápiz
sin goma,
madre, para no borrar
tu aroma.

Teresa y Lupe también
esperan,
paradas allí y
ni se enteran.

A su costado canta
el abuelo
un canto que sube lento
al cielo.

Si pudieras me
preguntarías:
¿Y ese perro de tus
correrías?

Como tú y yo, estaba
perdido;
asustado, como
su ladrido.
Y de pronto vino,
tan pequeño
a tender la tela
del ensueño.

Todo lo guardo en el
dibujo
que el arroyo te manda
con su flujo.

Y si vuelves pronto,
si no tardas,
una niña te dará
guirnaldas.

No temas, madre, crecerá
el berro;
y yo aguardo a la sombra
de un perro.


Andrés Briseño Hernández
     Para aquellos que se han adentrado en la lectura o estudio de la obra de López Velarde, no es desconocido que tanto su vida como su producción literaria estuvieron marcadas por los extremos, muchos de ellos, en apariencia, contradictorios. Tenemos como ejemplo su marcada fe católica y su no menos presente inclinación a la carnalidad. Pero existen otras aristas igual de interesantes en la figura y las letras del poeta jerezano. En estos breves comentarios abordaré de manera muy general una ellas: lo sobrenatural.
    La superstición y lo paranormal, lo que Velarde llama sus 'creencias de cábala y artes de amuleto', tienen un lugar preponderante en su obra y en su vida: “Yo creo, yo estoy dispuesto a creer, en todo lo que se llama miedo, en todo lo que se llama superstición”, nos dice en su prosa Espantos, publicada en 1916 en El Nacional Bisemanal. Sus versos y sus líneas aluden a los fenómenos metafísicos casi con la misma frecuencia que aborda el regreso al terruño, o su devoción a la amada inalcanzable, quizá sean elementos indivisibles unos de otros. En él, estas creencias cohabitan sin entrar en conflicto con su lado racional: “Respeto por igual al físico que ve en su sombra la propagación de la luz en línea recta y al salvaje que rinde culto a su propia sombra”
Ahora bien, ¿cómo aborda Ramón López Velarde el tema? Por lo menos en dos vertientes: lo sobrenatural entendido como el cúmulo de creencias populares o familiares que hablan de aparecidos, almas en pena o tesoros, bagaje que llevará consigo tan arraigado como su apego al terruño, y lo sobrenatural personificado en la amada, en el amor eterno que permanece después de la muerte.
    Como ejemplo del primero tenemos este fragmento del El viejo pozo:

Hoy cuentan que mi tía se aparece a las once
y que cumpliendo su destino
de tesorera fiel, arroja sus talegas
con un ahogado estrépito argentino.

    Su fe en lo sobrenatural es tan importante como sus creencias morales y religiosas. Preservarlas es, de cierto modo, una forma de conservar en él la idea del terruño, su identidad provinciana. Regresar a la comarca no es sólo una vuelta a un sistema de valores pueblerinos sino también al imaginario de sus coterráneos, sólo entonces el retorno se consuma. En el Poema de vejez y de amor, leemos:

Mi vida, enferma de fastidio, gusta
de irse a guarecer año por año
a la casa vetusta
de los nobles abuelos,
como a refugio en que en la paz divina
de las cosas de antaño
sólo se oye la voz de la madrina
que se repone del acceso de asma
para seguir hablando de sus muertos
y narrar, al amparo de crepúsculo,
la aparición del familiar fantasma.

Sus experiencias sobrenaturales son sensoriales, pueden describirse en términos de sensaciones, tienen forma y sustancia: “El terror vive en mí constantemente […] El terror, personaje solícito, se dignó presentárseme cuando estudiaba yo, en mi casa, el silabario de San Miguel […] Frente a mi cama había un ropero, y de detrás del ropero salía un hombre, inconsistente como un gas y hecho de penumbra”.

     La segunda vertiente de lo sobrenatural gira en torno al luto, al misterio, a las sombras, a la figura de la Muerte. Pero no se trata del espanto o el espíritu chocarrero sino de la mujer amada, la mujer fantasmagórica, o quizá sea más atinado, fantástica. Así, la dama en turno podría o no ser un espectro, quizá se trate sólo de una visión, un engaño de los ojos del poeta y de la penumbra. Pero quizá nos equivoquemos. En la prosa Sonámbula, López Velarde expresa: “Y así vas, sonámbula que camina por los senderos en que florece el prodigio, atravesando la tierra con el andar indescriptible de un fantasma”.
     O en Necrópolis:
Ha llegado una joven enlutada, la blancura del cuyo rostro esplende en el manto sombrío como una estrella circuida por la lobreguez de una nube. Camina entre los sepulcros, por los senderos yermos, y bajo sus pies crujen las hojas. Parece, con fidelidad de leyenda, buscar una fosa.

     O en un fragmento de En soledad:
Y aspirando yo los azahares nupciales y deleitándome con un piano que sonaba no sé en dónde. La vi venir con su loto poema y su frente blanca y su estatura eminente, bajo la luz mortecina de los faroles. Las campanadas del reloj eclesiástico caían sobre las piedras de la calle desierta, por la que iba la amada provinciana, sin un chiquillo de la mano, sin una amiga del brazo, sola como un fantasma.

     En otras ocasiones, sin embargo, la amada es un ánima, un espíritu del más allá que se le presenta Velarde como un ‘funerario aviso’. Leamos algunos pasajes del poema Día 13:

Mi corazón retrógrado
ama desde hoy a temerosa fecha
en que surgiste con aquel vestido
de luto y aquel rostro de ebriedad.
[…]
Superstición, consérvame el radioso
vértigo del minuto perdurable
en que su traje negro devoraba
la luz desprevenida del cenit
y en que su falda lúgubre era bólido
por un cielo de hollín sobrecogido.

      En El sueño de los guantes negros, encontramos, quizá el mejor ejemplo:

Soñé que la ciudad estaba dentro
del más bien muerto de los mares muertos.
Era una madrugada del Invierno
y lloviznaban gotas de silencio.
No más señal viviente, que los ecos
de una llamada a misa, en el misterio
de una capilla oceánica, a lo lejos.
De súbito me sales al encuentro,
resucitada y con tus guantes negros.
[…]
¿Conservabas tu carne en cada hueso?
El enigma de amor se veló entero
en la prudencia de tus guantes negros…
Ánima en pena o sólo visión fantasmagórica, lo cierto es que, para Ramón, el amor trasciende la muerte y la Amada y él, por fin, se encontrarán. En el Poema de vejez y de amor, le habla de este modo a Fuensanta:
Dos fantasmas dolientes
en él seremos en tranquilo amor,
en connubio sin mácula yacentes;
una pareja fallecida en flor,
en la flor de los sueños y las vidas;
carne difunta, espíritus en vela
que oyen cómo canta
por mil años el ave de la Gloria;
dos sombras dormidas
en el tálamo estéril de una santa.

    Tras la muerte, ya como espíritus, los temores y las preocupaciones de los enamorados se terminan. En la prosa Hoja de otoño:

Vayamos sobre el río sordo de la muerte, sobre la misma ola negra, sin dolor y sin miedo, que la luz elísea de ultratumba compensa de las tinieblas del planeta, y todas las angustias que se debaten sobre el polvo ascienden, al fin, a la gloria de un Zodíaco eterno.
Hoja de otoño, abracémonos en la sombra para conseguir un poco de paz y navegar por la atmósfera sutil, hacia los astros seculares...

      Ya fuera un amuleto para asegurarse el retorno al terruño, ya una cábala para reunirse con el ser amado, Ramón López Velarde abrazó lo sobrenatural con la misma fuerza con la que se aferró a la fe católica y a la voluptuosidad femenina. El misterio, lo inexplicable; la sombra y la superstición son un sello de la obra lopezvelardeana. La misma superstición que lo llevó a acoger con espanto el vaticinio de la gitana, cumplido a cabalidad el 19 de junio de 1921 en la ciudad de México. ¿Qué vio el poeta en la hora aviada? ¿El espectro de su infancia se asomó por detrás del ropero o le apareció de súbito Fuensanta?
Nunca lo sabremos. Por mi parte, me gustaría creer que, al exhalar su último aliento, Ramón López Velarde unió sus manos con las manos de la amada como si fueran los cuatro cimientos de la fábrica de los universos.

Andrés Briseño Hernández





Éste es el juego
del bote pateado
que por las noches
los niños jugamos,

saltamos la cerca
y hacemos de lado
verdes arbustos
y allí nos tapamos.

Pepita no quiere
buscar esta vez;
a Roberto le toca
y dice que no.

Dejamos a suerte,
que digan los pies:
Uno, dos, tres, cuatro…
¡a ti te tocó!

Él lanza el bote
con una patada
muy fuerte y certera.

Da cuatro tumbos
por el callejón.
¡Busquen un lugar!

¡Ya viene, ya está,
me quedo callada!

Con suerte se gira
y cambia los rumbos
en busca de un niño
al cual atrapar.

Andrés Briseño Hernández
Rompón Rompope
llegó a galope
sobre una vaca
cansada y flaca.

Era un chiquillo
medio fellillo,
pastor  valiente
e inteligente.

Entró a la hacienda,
soltó la rienda
 y dio un gran brinco
con mucho ahínco.

“¿Y tu caballo?”
—Dijo Pelayo
y abrió los ojos
tras los anteojos.

“¡Ay, Pelayito!
—soltó en un grito—
¡Un lobo fiero
me arañó el cuero,
mordió al caballo
del mero callo
y a las ovejas
tragó parejas!”.

“¿Y los tres toros
gordos y moros?
¿y las vaquillas
que son tordillas?
¿Qué fue de ellas?
¡Eran tan bellas!”.
—Dijo Pelayo
al buen lacayo.

“Del lobo hambriento
son alimento;
ya son compota
en su panzota.

También el pollo
se fue pal hoyo
y el gato Chito
y mi perrito.

Se echó de un tiro
al gallo giro,
veinte patillos,
dos borriquillos.
Al puerco pinto
de don Jacinto
y al puerco enano
de don Mariano.

Entre sus dientes
tan malolientes
fueron molidos
cuarenta nidos.
Las chivas finas,
cual gelatinas,
fueron tragadas
a cucharadas”.

“¿Y tú qué hacías
mientras veías
cómo el lobete
hacía un banquete?”.

“Ay, don Pelayo,
como de rayo
solté a rebotes
los guajolotes,
los conejitos,
los potrillitos;
quité las trancas
de las potrancas.

Así es que el lobo,
que no era bobo,
en un segundo
devoró el mundo”.

“¡Rompón Rompope,
te doy un tope!
¡A lo que hiciste
no le hallo chiste!”.

“No fue por chiste
lo que me oíste:
cuando el lobeno
quedó relleno
—grande y panzón
como un camión—
tomé una aguja
nada blanduja,
le di un piquete
a ese lobete
que dio un aullido
y un estallido.

¡Como un globote
tronó el lobote!

Subí a la vaca
que de tan flaca,
lobo exigente
no le echó el diente.

Ella es testigo
de lo que digo,
ésta es mi historia,
que es tan notoria,
y sin espanto
les traigo el canto”.

Andrés Briseño Hernández

Lo tenía prohibido: cantar los temas de amor que aprendía de la radio.

–Son canciones de viejas– le reñía su padre, y él se tragaba los versos atorados en la garganta para no ser castigado.

Cuando alimentaba a las vacas canturreaba corridos pendencieros y maldecía para que su padre se hinchara de orgullo. Pero camino a la escuela, montados sobre el burro, él y su hermana encendían su viejo radio portátil y coreaban en voz alta canciones subversivas llenas de amor, libres al fin, como si fueran pájaros que remontaran el vuelo.

Me estoy enamorando hoy de ti,
pero perdidamente,
yo que tanto decía que jamás
me volvería a pasar. 


Una sensación extraña crecía entonces en su pecho. No era sólo el gusto de contrariar las órdenes paternas, sino un sentimiento afanoso de libertad que el viento le llevaba a ráfagas y que él, como una epifanía, miraba trepar por la cabeza del burro y le llegaba a la cara.

                                                                               Andrés Briseño Hernández
VEO, VEO


—Veo, veo.

          —¿Qué ves?

—Un mocito muy cortés
le dibuja garabatos,
rosas blancas y retratos
a una niña de Jerez.
El monarca en carromato,
manda cartas en francés
y un enano muy pazguato
se las firma con los pies.

          —Veo, veo.

—¿Y tú qué ves?

          —Veo un pirata portugués
          que en las fiestas de don Chato
          con su gancho rompe el plato
         donde come María Inés.
        Y a pesar del gran boato
        del palacio de Aranjuez,
        esa niña en arrebato
        vive dentro de una nuez.

 
—Veo, veo.

          —¿Otra vez?

—Muchas otras: quizá diez.
En la plaza el alegato
llegó al punto en que mi gato
ya no baja del ciprés.
Con temor el patronato
antes de acabar el mes,
consignó al muy mentecato
por las órdenes del juez.

          —Veo, veo.

—¿Qué me ves?

          —Tu vestido finlandés
          que en el viejo califato
         del califa Furriscuato
         nadie sabe cómo es.
        Y aquel pobre es tan cegato
        (quizá sea por la vejez),
        que en lugar de usar zapato
        se enfundó en  la pata un pez.

                                    
—Veo, veo.

          —¡Uy, qué estrés! 
                                           
—Un señor, con altivez,
dijo: “No son tres, son cuatro
los frailes del abadiato
que ya sufren de chochez.
Pues anoche por mandato
y muy poca lucidez,
no me dieron carbonato
a pesar de mi acidez”.

          —Veo, veo.
 
—¡Ya van tres!

          —Junto al quiosco hay un payés
          pastoreando un gallipato,
         una rana y un cervato,
        tres ratones, un ciempiés.
        Los llevaba por contrato
        a vender en la kermés
       que organiza el orfanato
       de la villa de Avilés.

 
—Veo, veo.

          —Dime, pues.
                                          
—En el templo un feligrés
se durmió por insensato,
y un ronquido sin recato
se escuchó con horridez.
Las señoras del curato
lo miraron de revés;
lo llamaron araguato
con total desfachatez.

          —Veo, veo.
 
—¡Quesiqués!
                                                                                             
          —Nos subimos al almez
          y aguzamos el olfato
         para darle a este relato
         una vuelta y un doblez.
        Y si no rompes el trato
        porque pierdes interés,
        nos miramos un buen rato
        y jugamos otra vez.


ANDRÉS BRISEÑO HERNÁNDEZ
Se encerró a piedra y lodo, como si la piedra y el lodo pudieran detener, de veras, la tristeza. Lejos habían quedado ya los últimos traqueteos de la camioneta que se los había llevado quizá para siempre —no lo habían dicho así, pero ella sabía, ella sabía. Sus hijos, el grande y el menor, separados por los años y por la malquerencia, ahora juntos camino al norte. Si por lo menos de todo esto les resultara el cariño de hermanos, pero, ¡ay!, de dónde podrían sacarlo si ella había visto muy adentro de sus corazones y no había encontrado más que desprecio mutuo.
            Apuntaló la puerta con una silla y se sentó al borde de la cama a convertir su rebozo en llanto. Sus pies se balanceaban en el vacío de una base levantada más de lo común con latas de chiles bajo sus cuatro patas. Luego de unos minutos pudo detener los sollozos y observó la soledad del cuarto. Revisó uno a uno los cuadros desteñidos que colgaban de la pared: la boda de su hermana Celia; el bautismo de uno de sus tantos ahijados; la reproducción a lápiz de una fotografía de ella y Anastasio; sus hijos e hija bajo la bugambilia antes de la fiesta de la escuela, vestida Lupe de hormiguita y Tacho de vaquero, Arturo no era escuelante todavía; la última foto que se tomaron juntos, ¿seis, siete años atrás?, alrededor de la caja de Lupe, pobrecita, ahogada en la tinaja a los catorce.
            Pensó que quizá era mejor así, que se hubiera muerto sin ver en lo que se habían convertido sus hermanos, el grande y el chiquito, como decía Lupe. A uno lo quiero porque me cuenta historias, al otro porque se ríe y se ríe cuando desgranamos las mazorcas. Aunque si ella no estuviera muerta, se dijo la mujer, las cosas no se hubieran ido por ese camino; ahora estaríamos todos y ellos se querrían. Será que las desgracias siempre vienen en pares, pensó poniéndose de pie trabajosamente para encender la luz, y no sé cuál me desgarra el alma con más fuerzas.
            No, no son siete ni seis, son cinco años, le dijo a la imagen de la virgen de la Soledad pegada en la luna de su ropero, para tu novenario. Se nos hacía tarde para tu fiesta y los chiquillos no se habían bañado todavía. No se acerquen a la tinaja, les dijo su padre; te los encargamos, Tacho, le dije yo a mi muchacho. ¿Para qué le dimos esa responsabilidad al pobre, por qué no me los llevé así a la misa si a ti no te hubiera importado? Desde la puerta de la iglesia todavía alcanzó a escuchar sus risas y el ladrido de los perros, los imaginó cruzando la cerca para bajar al río. El pasillo, el altar y la iglesia toda reventaban de flores blancas y amarillas. En el atrio los músicos y muchos de los hombres descansaban a la sombra de los truenos, escuchando y no la homilía. Te los ofrecí, virgencita, le dijo a la imagen mientras doblaba las camisas que, húmedas aún, no se habían llevado los muchachos. A donde vamos no las necesitamos, le respondieron ellos, de acuerdo en algo por primera vez en muchos tiempo.
            Del fondo del ropero sacó un gabán oloroso a encierro que dejó un espacio vacío extrañamente grande; con él a manera de cortina tapó la única entrada de luz natural que le quedaba al cuarto. De aquí no saldré, hasta que no regresen, y si por algo me muero antes, ésta será mi caja de muerta. Luego regresó a la cama, sacó debajo de la almohada la bolsa del tejido y continuó una toalla que ya no pondría sobre la mesa de la cocina. Casitas, blondas y picos. Repetía los patrones una y otra vez para no llorar, para no derrumbarse. Tacho miraba a Arturo con tanto aborrecimiento que me espantaba; una cree que los hijos, por lo menos los de una, no serían capaces de guardar odio, pero este hijo mío tenía tanto y tanto. Y el otro, tan chico, doce años, se le apretaba en el pecho y juraba que no, que él no había sido, que no fue su culpa, sobrecogido por un llanto desconsolado que daba pena.
Hasta la iglesia se oyeron los gritos de auxilio, por encima de la tambora y de los rezos. Y ella supo, y Anastasio, los dos cruzaron el atrio con la congoja en el pecho. Tacho, como la madre de Dios después de la crucifixión, llevaba a Lupe entre sus brazos, descolorida y quieta como palomita muerta. Hasta ellos llegó Anastasio y se fue de bruces para llorar y tragar la tierra humedecida con su propio llanto. Ella se siguió hasta el río, Arturo, mijo, mijito, gritaba. En cuclillas, a la orilla de la tinaja, el niño miraba el espejo verde del agua. Al llamado de su madre giró la cabeza y la miró con la desolación profunda de la desgracia. Se me escapó la tortuga de las manos, chillaba, y ella no me hizo caso, no me hizo caso.
Fue como a esta hora, se dijo, lo sé porque la luz del sol iluminaba por la espalda a Anastasio, como ahorita debe iluminar la barda del corral. Su brazo subía y bajaba con el cinturón en la mano. Y el pobre de Tacho se aconchaba para que los cintarazos no le dieran al cuerpo de Lupita. Te la encargamos, cabrón, te la encargamos, le gritaba su padre sin descanso hasta que alguien vino y lo atajó para que no matara a la criatura. A los tres días le dio la parálisis a Anastasio, se engarruñó todo y ya nunca fue bueno. Las tragedias siempre vienen de a dos. Ella, como pudo, con el apoyo de los vecinos o por la Providencia, crío a aquel par de muchachos huérfanos de padre y hermana, aguijoneados ambos por la culpa y el odio. En el mayor germinó la rabia contra el chico. No había día en que no lo golpeara, que no le hiciera un reproche. Por una pinche tortuga, le gritaba, se nos murió Lupe por una pinche tortuga que soltaste. En el otro, debilucho, con el fardo del remordimiento en las espaldas, creció un miedo que fue cambiando por encono a medida que se hacía hombre.
Aquí, en esta sala, recordó la madre mientras buscaba en la petaquilla los bifocales, Arturo se me prendió a las piernas hace dos semanas y me dijo: voy a matar a Tacho, si vuelve a levantarme la mano, le juro que lo mato. Ay de una madre que escucha eso de sus hijos, y el otro en el quicio de la puerta con la pistola en la mano: Cuando quieras me hallas. Ella le ordenó, le imploró luego que dejara el arma. Tacho lanzó la pistola a la cama: Allí está por si te animas. Ella se adelantó y la guardó en su regazo; Arturo no se atrevió a arrebatársela. ¿Yo qué hacía, virgencita, sino pedirte que intercedieras, que ablandaras sus corazones? Tres días después obtuve la respuesta, no con palabras sino con la muerte de Anastasio. Cinco años en cama, imposibilitado para hablar siquiera, cada día se moría un poquito.
Por lo menos la muerte de su padre sirvió para darles tregua a los muchachos. No se dirigieron la palabra durante el velorio y el sepelio, pero sus miradas parecían serenas, amainadas. Luego, cuando Tacho le expresó su deseo de irse para el norte y después por la noche Arturo le dijo lo mismo, la madre no supo qué pensar. ¿Es este el milagro o será que tras la tragedia del esposo viene la del abandono de los hijos? Con manos temblorosas, la mujer dejó el tejido y se levantó para desvestirse. Se encaminó al ropero y, al abrir la puerta, le vino la premonición: No, este vacío tan grande no lo dejó el gabán, balbuceó, y sus manos ahora certeras hicieron batidillo con las ropas antes perfectamente dobladas. El ruido de un motor la hizo detenerse, en la puerta, cerrada a piedra y lodo sonaron tres toques, luego otros tres y luego otros. Abra, por favor, dijeron de afuera. Los muchachos… los muchachos se mataron entre ellos cerca del guardaganado. El peso de la congoja, fermentado por los años, la dobló. De improviso, el espacio vacío dentro del ropero tomó la forma inconfundible de una pistola. ¿La sacaste tú, Tachito, o fuiste tú, Arturo?, lloró mientras se desplomaba, comprendiendo ahora el vaticinio: la segunda tragedia no era que sus hijos se le iban, era que ya nuca volverían.

Andrés Briseño Hernández
“A veinte minutos de Jerez está Parral de las Huertas. Allí, de la mesa de piedra que custodia el rancho, las brujas salen volando para chupar a las criaturas”. Así le contaba el anciano a su nieto mientras bajaban por la espina dorsal de la Sierra de los Cardos. “Ya la verás, hijo, apenas salgamos de la curva de los encinos cuates, la mesa, igualita que un altar enorme”.

El muchacho pensaba que su abuelo mentía, pues su historia, contada siempre allí, entre la bruma nocturna que ascendía el abismo, cada vez era distinta: “Yo las vi cuando era niño y bajábamos a Jerez a vender leña”… “A tu bisabuelo le aruñaron la cara; por eso tenía la cicatriz”… “A Cayetano se lo llevaron por el arroyo para ofrecérselo al brujo mayor, un hombre tuerto de gorra colorada”.

Como sea, siempre disfrutó de la capacidad de su abuelo para inventar historias de cada rancho de Jerez que visitaban para vender verduras, frutas y pan dulce. Será por eso que después de la muerte del viejo le dio por regresar a los lugares que recorrieron juntos, llenarse los botines del mismo polvo del que se habían llenado antes los zapatos de trabajo de su abuelo. Por eso volvió a Parral de las Huertas.

Muchas horas antes había abierto el portón de la casa familiar y sin necesidad de luz alguna había recorrido el zaguán polvoriento hasta llegar al taller donde lo esperaban las llaves de la camioneta. Minutos después dos lineas de luz atravesaban un campo oscuro moteado de luciérnagas. Apenas podían adivinarse los riscos, las piedras amontonadas de esa costilla incipiente de la sierra madre occidental: los Cardos.

Con el amanecer cruzó la primera ranchería, Palmas altas, un plan en la cima de una loma desde donde podían verse los barbechos y caseríos de adobe desperdigados y solos. Luego visitó San Antonio y Ordoñez; por la tarde, en el Yeje, se entretuvo platicando con los hombres que encontró a su paso. Recordó con ellos la vida de su abuelo y rieron juntos de las muchas ocurrencias del viejo. Pero el rostro les cambió visiblemente cuando el muchacho les confesó su deseo de llegar a Parral de las Huertas. Los campesinos se miraron unos a otros y luego escrutaron el horizonte como calculando cuánto tiempo de luz le quedaba al día. Tal acción le causó una molestia que apenas pudo reprimir. Le parecía risible que la gente aún creyera en historias de hechicería y aparecidos. A él le gustaban, era verdad, pero sólo como relatos ficticios para amenizar noches a la luz de una hoguera, nada más.

Era ya de noche cuando arribó a Parral de las huertas, mucho más tarde de la hora planeada para su regreso a casa, pero no quiso perder la oportunidad de tomarse una cerveza en una tiendita donde aún había parranda. Con excepción de la tienda, el resto del rancho parecía muerto, envuelto en la luz difusa de lámparas distribuidas aquí y allá en los postes de energía eléctrica. Desde que bajó de su camioneta sintió, sin embargo, que lo observaban desde las sombras de las ventanas oscuras. A cada paso que resonaba en el callejón, un bisbiseo, el rechinar de una puerta que se entornaba, el rozar de los dedos entre las cortinas.

En el umbral, cegado momentáneamente por la luz que salía del recinto, el muchacho se sacudió el absurdo miedo que lo había invadido. Al entrar le pareció curioso haberse encandilado cuando adentro sólo un aparato de petróleo iluminaba apenas la habitación.

—Buenas noches— saludó a los contertulianos.

Ninguno volteó siquiera a mirarlo, embebidos en la platica y las carcajadas. Alcanzó a ver a tres hombres que jugaban dominó, otros tres o cuatro bebían las cervezas que una mujer les pasaba de la hielera. Conforme se habituó a la poca claridad fue capaz de obtener una imagen más completa del lugar: había tres mesas de hojalata, gastadas, con el logo de Carta Blanca apenas visible; bancos largos de madera, un mostrador seboso y viejo; sobre él un exhibidor de botanas. Y al fondo, tras una cortina sucia, se alcanzaba a ver un cazo de cobre en el que se cocinaba algo.

—Una Victoria, por favor.

La mujer lo miró un rato antes de contestar secamente: —Sólo tenemos Corona.

—Una Corona, entonces— los hombres abandonaron la plática y pusieron el rostro serio.

—Están al tiempo— volvió a hablar la mujer.

El muchacho la miró retador, sin moverse. La mujer pareció sonreír con enfado y le acercó la cerveza.

—¿Se la va a tomar aquí? —le preguntó la tendera cuando lo vio sentarse en uno de los bancos.

—Sí —los hombres lo observaron con ojos fijos.

—Son casi las once.

—No llevo prisa.

—A estas horas suceden cosas —habló de pronto un ranchero desde un rincón —¿No tiene miedo?

—Si lo dice por las brujas, son puros cuentos.

El desconocido esbozó una sonrisa burlona y se levantó. Usaba un sombrero sucio y extraño, de un color cobrizo, que le ocultaba el rostro. La mujer los miraba extasiada.

—Entonces no tendrá inconveniente en cruzar el rancho por el arroyo.

La propuesta le pareció absurda. A fin de cuentas, ni siquiera conocía a esas personas. Pero las risillas de los otros y la voz socarrona de aquel tipo lo hicieron aceptar, no estaba dispuesto a sucumbir ante supercherías. Apuró la cerveza y salió al frío de la noche; antes de encaminarse al arroyo sacó su chamarra de la camioneta. Sin saber por qué, tomó también el rosario que colgaba del retrovisor.

El reto era llegar a la otra orilla sin lámpara, solo, sucediera lo que sucediera. El agua fluía incesante. La vereda se dibujaba apenas esa noche sin luna. De la mesa bajaban ráfagas heladas y filosas. Y al frente sombras, de piedras, de gatuños. Sombras que de repente comenzaron a moverse no con el viento sino por sí mismas como trapos que se le enredaban en las piernas. Los chiflidos se soltaron a la par de una lluvia de piedras y carcajadas. El muchacho intentó avistar entre los jarales a los bromistas de la tienda, pero sólo encontró decenas de ojos ardientes, ojos de bestias acechantes. Cuando intentó ganar la otra orilla del arroyo, tropezó con un bulto y cayó sobre otros. Eran niños, cuerpos de niños. Aterrorizado se levantó apresuradamente y miró el horizonte. Bolas de lumbre cruzaban la serranía. “Reza, se decía, reza”, mientras corría a la camioneta.

Al llegar a la tienda se paralizó. Muchas mujeres de ojos ardientes lo esperaban. Tembló. Tras ellas, dentro de la tienda, los hombres lo miraban, pero no eran hombres: sus ojos infantiles y asustados brillaban con la luz de las bolas de lumbre que bajaban para reunirse con las otras mujeres. De la nada apareció el ranchero del sombrero rojizo que lo miró con su único ojo mientras le arañaba el rostro con las uñas. A su risa se unieron las risas de las mujeres que lentamente se elevaron hasta llegar a la mesa. El muchacho cerró los ojos, apretó el rosario y todo acabó.

Desde aquella noche lleva como recordatorio una cicatriz.


 Andrés Briseño Hernández
Llegó la Muerte volando
con su guaparra en la mano,
parejo viene cargando
con el pueblo jerezano.

¡Chuntachun!, sonó la banda
en el jardín principal,
la Infame al ver la parranda
se puso a bailar igual.

Puso un costal en la plaza
de las mentadas Palomas:
“Traigo vino del que amansa;
compadrito, ¿qué te tomas?”.

En la colonia Modelo
mató a un burro de un pellizco.
A un viejito le dio vuelo
allá por la San Francisco.

Allí por la presidencia
se amontonaba la gente,
con harto miedo la Flaca
mejor se siguió de frente.

“Esta raza no se aplaca
ni con esta contingencia,
prefieren más la alharaca
aun con la pestilencia”.

Un turista muy orondo
ya se metió en el estuche,
solito llegó hasta el fondo,
se le atoró un tostibuche.

Por la calle de las Flores
o por el Teatro Hinojosa
anda cargando la Muerte
a todos para la fosa.
Un difunto se quejaba
con la Parca por ser cruel.
Ella le dijo: “Es tu culpa,
nunca te pusiste gel”.

“Ya es hora de mi regreso,
nos vemos en otra vez.
Ya me llevé del pescuezo
a la gente de Jerez”.


Andrés Briseño
Querido lector, comienzo con esta entrega una sección de La Fragata: Memorias de un desmemoriado. En ella aparecen mis recuerdos o, mejor dicho, lo que recuerdo que recuerdo de ellos. No me consta que sucedieron tal y como los escribo, pero sí que pasaron, que son reales y que han marcado de una forma u otra mi vida.  Espero que los disfruten.


Hermanos que salvan el pellejo

No es que yo hubiera sido un bravucón, digamos que tenía mala suerte; cuando menos lo esperaba, ya estaba metido en una riña.
            No recuerdo por qué un grupo de niños de sexto (yo cursaba el segundo grado) me rodeó para darme mi merecido. Al parecer yo había golpeado a uno de mis compañeritos y éste había ido con el chisme a su hermano mayor.
            El asunto es que la cosa era conmigo y no se vislumbraba una salida halagüeña.
Entonces, cuando estaba a punto de recibir puñetazos y coscorrones, el hermano ofendido me abrió la puerta para salir de atolladero sin raspaduras:
            – ¿Tú cuál eres? – me preguntó con dudas, pues no estaba seguro si yo era yo o mi hermano gemelo, Raúl.
            No lo dude un instante.
            –Soy Raúl– dije sin remordimientos.
            De tres zancadas llegué a casa para contarle a mis hermanos mayores la proeza que había logrado: ¡Había embaucado a niños mucho más grandes que yo! ¡Qué mente sagaz!
            – ¡Soy muy listo, soy muy listo!– alardeé a viva voz segundos antes de que Raúl llegara hecho un mar de lágrimas luego de la tunda que le había propinado un montón de chiquillos con sed de venganza.
Evidentemente, ese día la sagacidad no fue uno de los atributo de mi hermano.

                                                                                                              Andrés Briseño Hernández
El Telebachillerato Comunitario ante el reto de la “nueva normalidad” imageEl Telebachillerato Comunitario ante el reto de la “nueva normalidad” imageEl Telebachillerato Comunitario ante el reto de la “nueva normalidad” image
El pasado 15 de julio el Dr. Juan Pablo Arroyo Ortiz, subsecretario de Educación Media Superior, se pronunció durante la videoconferencia La enseñanza de las matemáticas en la Nueva Escuela Mexicana a favor de que el subsistema de Telebachillerato Comunitario (TBC) pasara paulatinamente a ser parte de la modalidad de Prepa en Línea. Su propuesta no es nueva. En diversas reuniones con los coordinadores estatales de Telebachillerato y representantes de los gobiernos de los estados, el subsecretario no ha perdido oportunidad de expresar tal iniciativa. No es, como digo, una postura nueva de su parte. Pero sí es preocupante.

Preocupa, por ejemplo, el destino de los casi 10 000 docentes que trabajamos en el TBC —el Dr. Arroyo nos llama “facilitadores”— quienes, según sus palabras, nos convertiríamos en asesores de Prepa en Línea, lo que sin lugar a dudas afectaría la ya de por sí precaria situación laboral de muchos de nosotros. Me explico: en los planteles de Telebachillerato laboramos 3 docentes, mismos que atendemos un promedio de entre 20 y 30 alumnos por escuela; en contraparte, un solo asesor de Prepa en Línea podría llegar a hacerse cargo de hasta 100 estudiantes, el equivalente al número de asistentes a 4 o 5 planteles de TBC. Al tratarse de asesorías y tutorías, no de clases presenciales, bien podría dicho asesor suplir hasta 15 maestros, quienes ya no tendrían razón de ser en el subsistema.

Si el futuro de los docentes no fuera suficiente razón de alarma —es claro que los maestros no estamos en los primeros números de la lista de preocupaciones de la sociedad mexicana— hablemos de los estudiantes y el desarrollo de los pueblos. Desde sus orígenes, el TBC fue concebido para garantizar la educación Media Superior a las y los jóvenes de las comunidades más alejadas y marginadas del país. La oferta educativa de los telebachilleratos creció desde entonces de manera exponencial, pasando de 253 planteles y 4,500 estudiantes en 2013, a 3306 centros y 144,399 alumnos para el ciclo escolar 2019-2020. Ahora bien, si tomamos en cuenta las condiciones de atraso tecnológico, infraestructural y de conectividad de mayoría de las localidades que albergan al TBC, ¿cuántos de este universo de alumnos pondría en entredicho su permanencia en bachillerato con el posible traspaso del TBC a Prepa en Línea?

El problema no es menor. La transición propuesta por el Dr. Arroyo implicaría garantizar el equipamiento necesario y la conexión a internet a comunidades que en muchos de los casos carece del suministro de energía eléctrica, no digamos de señal celular. Conlleva también la creación de plataformas digitales pertinentes, no sólo el uso de Facebook y Whatsapp, medios por los que eminentemente se llevaron a cabo las clases y actividades escolares al final del ciclo escolar 2019-2020. La empresa se antoja mayúscula. ¿Está el gobierno federal en la posibilidad de lograrlo?, ¿las entidades, azotadas económicamente por la contingencia de salud, tendrían los medios financieros para tomar la estafeta?

Las dificultades que ha traído consigo la implementación de clases a distancia con motivo de la contingencia de salud son evidentes, aunque las declaraciones de nuestros dirigentes educativos digan lo contrario. Se entiende que tal disposición ha sido necesaria para frenar y evitar contagios y que lo será mientras la pandemia no sea controlada. Sin embargo, la gran mayoría tanto de alumnos como docentes y padres de familia, espera el regreso de las clases presenciales, pues está claro que el aprovechamiento académico ha sido menor con respecto a otros años, el ausentismo y la falta de entusiasmo creció de manera considerable, las dificultades técnicas para conectarse o subir tareas y la nula interacción entre estudiantes y maestros incrementó el estrés, la angustia, el sentimiento de frustración de los jóvenes, los docentes y padres de familia.

Por otro lado, en un comparativo de indicadores Prepa en Línea- Telebachillerato Comunitario realizado en 2019 por la Dirección de Coordinación Académica de la Dirección General de Bachillerato (DGB) pueden observarse, entre otras, las siguientes consideraciones: La población atendida por ambas modalidades es diferente, TBC atiende eminentemente adolescentes y jóvenes; Prepa en Línea, principalmente adultos, lo que se traduce en que la primera aloja a una población marginada de los servicios educativos y la segunda a personas con rezago educativo, que no es lo mismo; las áreas de operación de Prepa en Línea son eminentemente urbanas, con un 50.12 % de su matrícula concentrada en la Ciudad de México y el Estado de México, mientras que el TBC se caracteriza por atender especialmente a las zonas marginadas del país, el 20.99 % del total de alumnos se localiza en los estados del sur (Michoacán, Guerreo, Oaxaca y Chiapas).

          Académicamente hablando, entonces, la inconveniencia de trasladar una modalidad educativa a otra también es evidente. Si bien los planes y programas de estudio de ambas ofertas educativas son en apariencia compatibles, existen factores difíciles de congeniar. El mismo estudio de la DGB nos dice que mientras en Prepa en Línea: El desarrollo y tratamiento de los temas disciplinares están hechos en función de las necesidades de un perfil específico de estudiantes de manera genérica, lo que dificulta la contextualización, significación y apropiación del conocimiento, en el Telebachillerato Comunitario: La formación del componente profesional denominado Desarrollo Comunitario, si bien puede encontrar en las “tecnologías emergentes” herramientas que coadyuven en su tratamiento, por su propia naturaleza está más enfocado al método indagatorio y todas las experiencias de enseñanza-aprendizaje situacionales con las variaciones contextuales propias de la geografía y organización del país.

Muchas veces vituperado por otros subsistemas, y en ciertos estados incluso por las mismas autoridades educativas, el TBC ha tenido un inicio convulso e incierto: falta de infraestructura propia, incertidumbre laboral, lapidación por sus resultados académicos en las pruebas como PLANEA —no tan alejados de los alcanzados por otras ofertas de educación Media Superior con años de servicio, infraestructura propia y equipamiento adecuado—, entre otros obstáculos. Pese a ello, y quizá paradójicamente, el Telebachillerato Comunitario se ha convertido en un detonante de oportunidades educativas y de progreso para los estudiantes y vecinos de las comunidades donde brinda servicio. Alumnos y egresados de los TBC han encontrado en los planteles y por ende en las y los maestros las posibilidades que antes se antojaban poco menos que inalcanzables.

Así lo demuestra el hecho de que más del 50% de su población estudiantil sean mujeres, quienes tradicionalmente estaban relegadas a las tareas domésticas o a casarse; también lo evidencian la atención a pueblos indígenas que antes carecían de una oferta educativa de Media Superior y el sentido de arraigo y pertenencia que nuestros alumnos sienten por los planteles y por el lugar donde viven. Con la asignatura de Desarrollo Comunitario, estandarte de nuestro subsistema, el TBC se ha convertido no sólo en un centro de aprendizaje académico sino muchas veces en el centro neurálgico de las comunidades si de actividades culturales, sociales y de desarrollo personal y colectivo estamos hablando. En los 31 estados donde el TBC tiene presencia, se han llevado a cabo proyectos productivos, ambientales, culturales, editoriales y comerciales impulsados por nuestros estudiantes: huertos escolares, talleres y oficios, micro negocios, publicaciones de libros, rescate de zonas recreativas, grupos de danza, campañas de preservación ambiental y varios etcéteras.

El Telebachillerato Comunitario, en 7 años, se ha posicionado como un subsistema que garantiza la educación universal y promueve la interculturalidad, la inclusión, la integridad, la equidad, la justicia, la excelencia; los docentes de TBC, en conjunto con los estudiantes, se han convertido en verdaderos agentes de transformación social, pues las escuelas tienen impactos significativos tanto dentro como fuera de las aulas. Sí, todos los postulados propuestos por la Nueva Escuela Mexicana, el Programa Sectorial de Educación (PSE 2020-2024) o las Líneas de Políticas Públicas de Educación Media Superior (PPEMS), por mencionar algunas, tan promocionadas por el gobierno federal. ¿Cuál es la necesidad, entonces, de cambiar un subsistema tan noble por otro que no atiende los objetivos arriba expuestos?

Por último, pero no menos importante, preocupa que, pese a todo lo dicho y muchas otras consideraciones que se escapan el presente escrito, tal pareciera que el Subsecretario Arroyo, por no decir la Secretaría de Educación Pública, está empecinado en la desaparición paulatina del Telebachillerato Comunitario. Nulos parecen los resultados alcanzados por el subsistema, vanas las acciones emprendidas por los funcionarios estatales y congresistas que sí han abrazado al TBC, invisibles los esfuerzos que cientos de docentes hemos realizado para la obtención de certeza laboral y certidumbre legal de nuestro servicio educativo, insignificante la contradicción de su propuesta con respecto a los principios de la Nueva Escuela Mexicana. Pese a todo, reitero, parece más una encomienda de desaparecer todo lo que huela a la administración federal anterior, a “economizar” sin analizar consecuencias, a aprovechar la contingencia de salud que, lamentablemente para el Telebachillerato Comunitario, podría “venirles como anillo al dedo”.


Andrés Briseño Hernández
Docente del Telebachillerato Comunitario de Zacatecas

Fotografías:

1. Telebachillerato Comunitario 24
San juan de la Costa, BCS.
Foto;: Mario Romero

2. Telebachillerato Susticacán
Susticacán, Zac.
Libro de tradición oral publicado por el plantel.

3. Telebachillerato Leona Vicario
San Luis Potosí
Foto: Bethel Godínez

Lo observó a través del cristal. Los goterones de lluvia deformaban su imagen, la borraban y la devolvían en un juego que se repetía continuamente. Quizá por eso no miró el arma, y si la miró, le habría parecido que era otra cosa: un juguete, la cartera, la bolsa del pan. Otra posibilidad puede atribuirse a la confusión, pudo ser que la boina vasca y el paraguas rojo la hubiesen hecho creer que, por una fantástica razón, aquel hombre fuera el Txato de la portada de Patria, la novela que leía justo en ese momento; tantas veces había deseado que los personajes entrañables de sus libros aparecieran mágicamente para saludarla, que tal vez esa noche… Quizá había creído ver en ese hombre a su maestro de música. Cabía la posibilidad, por su puesto, de que se hubiera dado cuenta desde el principio, pero que se hubiese abandonado ingenuamente a la protección del vidrio que los separaba. Lo cierto es que no se movió, ni siquiera después del disparo; permaneció parada unos instantes, atónita, no lanzada sobre las mesas contiguas por el impacto de la bala, como en las películas. Luego se derrumbó lentamente, ahora sí imitando la muerte de las actrices del cine de oro mexicano, mientras profería trágicamente “¿Por qué?”.
El asesino giró sobre su eje y se precipitó a la bocacalle más cercana. El corazón como una locomotora, la mano trémula, la certidumbre puesta a prueba. ¿Cómo estar seguro de que era ella? No podía saberlo, la lluvia sobre el cristal deformaba, borraba y devolvía su imagen una y otra vez. Había que confiar en su instinto, una mujer así, a esas horas, en aquella mesa y con un libro no podía ser otra, no debía ser otra. Aunque bien pensado, igual no era ella, sino una muy parecida que, por mala suerte… ¿Y si no era un libro sino la carta del restaurante? Por qué si no preguntar “¿Por qué?” cuando se saben a ciencia cierta las razones. Al amparo de las sombras el asesino tiró el revólver, la boina vasca y el paraguas, pero no pudo deshacerse de la duda. Si preguntó “¿Por qué?” pudo ser porque no era ella y creyó ver en él a alguien que no era él y que con tal acción la decepcionaba. O quizá, puede que, como solía hacerlo, sí era ella y había decidido dejarle un último remordimiento haciéndole creer que no lo era. ¿Y si hubiera la posibilidad que quizá él no era él sino otro que deseaba matar a otra mujer y no a la mujer a la que él perseguía? Entonces qué hacer, qué sentir, a qué venía el titubeo de sus pasos que regresaban para recoger el arma y apuntarse a la cabeza. Había una minúscula posibilidad de que fuera un sueño y que al día siguiente no amanecería muerto en un callejón oscuro sino en su departamento, vivo y listo para seguir a su víctima y esta vez, sin dudas, asesinarla.
Tal vez, sólo tal vez, lejos de allí una mujer destinada a morir miraba a través del cristal la imagen deformada de un hombre que, presuroso, regresaba a casa protegiendo su violín con el paraguas.
                                                                                                                                                             Andrés Briseño Hernández
Si me fuese dado elegir de qué iría el sueño más luminoso que alguna vez soñara, escogería tal vez un viaje en el autobús antediluviano del rancho, sería un niño otra vez y recorreríamos la carretera polvorienta y hoyuda que va a Sarabia, dando tumbos en el calor húmedo de un verano al que no han llegado todavía las lluvias. Por las ventanas entraría el sol como una oleada de luz blanca a la que mi madre —la versión de mi madre del tiempo en que era feliz— tomaría a pedazos para guardárselos en la saca azul del mandado. Mi hermano y yo comeríamos pizzerolas y tomaríamos coca-colas tibias compradas en la tiendita de El Sauz, nos limpiaríamos las manos restregándolas contra el tapiz de los asientos mientras contamos los postes del lienzo de alambre que delimita las huertas de durazno.  Enrique llevaría encendida la radio y, aunque no sería sábado, estarían transmitiendo La hora de los niños, con Gabilondo Soler. De repente, a una voz, todos los niños y niñas que viajáramos en el autobús comenzaríamos a cantar El ratón vaquero y danzaríamos a lo largo del pasillo taconeando las botas y sacudiendo los sombreros. Mi madre, como cuando era feliz, reiría y aplaudiría al ritmo de la canción. Al final del pasillo, nos aguardaría un viejito sentado en la llanta de refacción para contarnos un cuento. Nos llamaría a su lado como un pastor a los corderos. Yo llevaría el cencerro de la oveja guía, a una señal mía mi hermano acallaría los cantos. Y la música, las voces, el murmullo de los adultos, el universo todo guardaría silencio para escuchar al anciano que no sería un desconocido sino mi abuelo Pedro. Echado a sus pies, el Fierros dormiría su sueño de perro y soñaría quizás con un camino lleno de huesos donde él, el Capitán y el Caminante retozarían alborozados. Al llamado de mi abuelo, dejarían el botín para seguirlo. ¿A dónde va el abuelo? Al cerro Pachón, seguro, o a la sombra de un encino. Acomodaría el sombrero como una almohada y se recostaría a leer un libro. Sería niño también, estaría aprendiendo a leer a escondidas de mi papito Ginio, que le tenía prohibido ir a la escuela. A cada palabra descifrada a punta de esfuerzos, una magulladura, un morete brotado a punta de cinturonazos, desaparecería. ¿Qué lee abuelito Pedro? El libro está viejo y despastado, pero su interior se mantiene incólume y vivo. Hojearía y de repente, como si lo hubiera estado esperando, un cuento le brincaría a los ojos. Sería la historia de un chiquillo que también se llama Pedro y que gusta de meterse en líos por sus travesuras. Urde malas, una tras otras y mi abuelo ríe mientras el sueño lo va venciendo. Yo sabría que sueña el abuelo niño: por la terracería polvorienta y hoyuda un autobús —no sabría él que así se llama ese mostrenco de fierro, pero no tendría importancia— daría de tumbos al ritmo de un coro de niños. Entre los pasajeros reconocería a una hija que aún no tiene, pero que identifica por la felicidad que la iluminaba entonces; esa mujer tendría dos hijos, cuatitos, prietos y orejones. Abuelito Pedro los vería correr dentro de aquel armatoste y querría conocerlos, quizá darles un abrazo. Y he allí que el abuelo extendería los brazos de su palabra y la parvada de niños entre los que danzan sus nietos, atendería al llamado y avanzaría al trono de hule de la llanta de refacción. Tres canes bondadosos y sabios harían la guardia al cuentero. El abuelo rompería el hilo del silencio con su voz cascada y dulce, y diría “Érase una vez un niño que se llamaba Pedro, le decían de Urdimalas y cargaba un cencerro”. Yo levantaría la vista asombrado y vería los ojos de mi abuelo, llenos de una luz blanca que inundaría el autobús, y que mi madre, soñando que alguna vez fue feliz, guardaría en la saca del mandado.

                                                                       Andrés Briseño Hernández

i

éramos entonces dos chiquillos
que jugaban sobre el brocal de un pozo abierto

rodeábamos de la mano el abismo,
bajo el conjuro de no sé qué ángel de la guarda
ciego y reumático
a cuya protección nos abandonábamos:

más de una vez no avistó la piedra
o el arbusto espinoso;
con frecuencia llegó tarde a nuestras caídas

pero en el pozo, a la hora del juego,
evitó siempre el paso en falso,
el titubeo final de nuestra desgracia

ii

éramos, hermano,
nuestra misma cara frente a nosotros,
las camisas iguales y el remolino en el pelo
y una tristeza guardada en fotografías de escuela

(hermano: mutua carne,
formados en las mismas aguas,
en la oscilación sincrónica de las marejadas)

iii

fuiste drama de película mexicana
aferrado a las piernas paternas,
llorándole a un muerto que no estaba muerto,
pero que se iba irremisiblemente

¿yo qué fui, hermano,
cuando padre se marchaba?
caparazón duro y carne blanda,
incipiente crustáceo bajo las sábanas.

no lloré, es cierto, pero debí hacerlo para aligerar
en algo la carga que te echabas a los ojos

padre se marchó y tú
—no mamá, no yo—
fuiste quien terminó más solo,
tambaleándote en la cuerda de la tristeza
que se estiraba de azotea en azotea

iv

éramos, el uno, un caballo brioso y blanco;
el otro, un alazán que abrevaba en el silencio
galopábamos por las praderas interminables
de un patio de vecindad
donde nunca pude darte alcance

te veía grande, hermano,
poderosa bestia de crines blancas,
caudaloso río en el desierto

sin chistar te seguía aunque no quisiera,
eras el que nació primero y eso te daba
un tácito derecho de autoridad

mas al llegar la tarde
había un momento a solas conmigo
donde yo era rey del mundo
en el que podía embromarte si me daba la gana
o en el que de una carrera
te dejaba atrás, atrás,
resoplando de ira

yo no lloré aquel día, pensaba
y el alazán se erguía sobre dos patas

v

crecimos, hermano, como dos
varas equidistantes,
injertos inconcebibles que se alargaban a la vida

tomábamos rutas distintas camino a la secundaria,
huyendo uno del otro, afanados en la tarea de ser otro

decidimos sin consultarlo que tú serías el listo,
el niño serio de notas perfectas
y yo el buenazo, hacedor de chanzas y caricaturas

a ti se te agrió el gusto,
a mí se me diluyó el compromiso
¿por qué no eres como tu hermano?,
demandaban mis maestros,
inquirían tus amigos

y comenzamos a odiarnos por eso
cada vez más
en silencio

vi

crecimos erróneamente,
asemejándonos a quienes no queríamos

¿quién nos dijo que el camino era por
ahí
cuando era para el otro
lado?

juego de espejos fuimos
y nuestros brazos no nos alcanzaban para tocarnos

vii

¿recuerdas, querido mío, la mañana
en que te molí a patadas en la alameda?
¿o la madrugada de nuestros diecisiete años
que te recibió ebrio de copas y de malquerencias
y yo velé tu sueño y tú balbuciste que me querías?

pues te odié y te amé con las mismas fuerzas
sosteniéndome en el temblor de mis piernas
al vilo de un corazón lleno de congoja
y un nudo en la garganta y un llanto demorado
y un grito y una súplica y nada más
derrumbándome como piedras de monte
que chocan unas con otras
y su caída nunca termina
porque el eco habrá de repetirla
una vez y otra

viii

fuimos un mayo lejano
—¿o sería mejor decir alejado?—

ix

rompimos la duermevela con cuatro toques a la puerta,
un desconocido intentaba arrancarse la soñolencia con las manos;
nos llevó por un pasillo ni corto ni largo,
luego descendimos rodeados por el zumbido de las lámparas
el sótano se iluminó y vimos tres camas
la tuya junto a la mía.

eran las dos de la mañana, el desconocido
subió a buscar el sueño que había diseminado por la alfombra
quise decir estamos solos,
pero mi boca dijo es tarde, hermano, es tarde,
palabras perdidas en la convulsión de mis labios

esto es Calgary, respondiste sin mirarme;
tus ojos pequeñitos hurgaron las paredes
en busca de un clavo, una mancha,
una esquina despeltrada,
algo de dónde agarrarse para no decirme tengo miedo

x

salimos a la calle con ojos azorados,
temerosos los dos sin confesarlo
nos habíamos obstinado tanto en separarnos
que terminamos juntos a la orilla del mundo,
a mitad de una calle que se combaba a la par de los siempreverdes

debí proclamar allí, en Westover Drive,
a las ocho de la mañana,
que nada me faltaba en la tierra porque mi hermano
temblaba, hombro con hombro con mi espanto

xi

dicen que existe, hermano,
bajo las hojas apelmazadas
de un parque que desconoces,
un camino que se bifurca
y se reencuentra eternamente
si lo siguieras pasito a pie hasta el ocaso
encontrarías sobre la colina una banca
que debimos llenar de risas y charlas

pero nos gastamos la vida, dos años,
las horas extras en el trabajo,
los trescientos metros que recorrimos diariamente
envueltos en la ventisca,
castañeteando de frío,
despegándonos los párpados,
aferrándonos,
escapándonos,
buscándonos,
negándonos,
cuidándonos,
admirándonos

simulando malamente,
en una comedia patética,
que éramos redomas de diferente agua
nos bastó una despedida
—también era mayo—
para derrumbarnos de llanto
y amor y desamparo
un pasillo dolorosamente largo
nos puso frente a frente,
te quedabas y yo me iba
y no queríamos
y nos callábamos

hermano, el hombre al que más he amado,
compañero de mi vida,
besaste mi mejilla luego del abrazo,
nos dimos la espalda para llorar sin vernos,
para no quedarnos varados, huérfanos
o como sea que se diga cuando
la sangre
y el aire
y la vida
nos faltan

xii

a la orilla del año
cuando la nieve se desprenda y se precipite,
las oropéndolas escaparán de la tristeza;
cruzarán a parvadas campos verdes y amarillos
en busca de la rama que resguarde sus inviernos
el árbol que las sostendrá se yergue
a la entrada de una tienda de abarrotes
muy lejos de los abedules del norte donde
batieron sus alas en primavera

tú las verás, hermano, cuando salgas de casa
y escuches y busques y encuentres
un punto gris que se pierde en el otro gris de los nubarrones

¿sacudirás el brazo a la manera de los niños que fuimos,
que llenábamos de adioses el firmamento
para que allá arriba nos vieran los viajantes
y sonrieran?
¿guardará tu corazón, hermano mío,
una esperanza rutilante de que sea yo quien asome
la cara por la ventanilla, agite la mano y diga
heme aquí, fraterno camarada?

vientos apacibles mecen las ramas del sauce,
la oropéndola remueve sus alas
mientras un hombre,
desde la misma calle de tu infancia
te grita: ¡hermano, un corazón nos basta!,
con la ilusión de que el ave retome el vuelo
y te lleve mis ojos y mis besos,
ahora que hay luz todavía,
caminos,
aliento,
una esperanza.


Andrés Briseño Hernández
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1. La cueva del húmedo caballero

No sé si lo hacíamos al salir de clases –ni siquiera me consta que en ese entonces estuviéramos en la escuela–, pero estoy seguro que era nuestro momento favorito: en un cuarto escondido cerca del baño para mujeres de la presidencia municipal estaba el Archivo, un espacio oscuro, repleto de cajas húmedas y desvencijadas. Apenas podíamos dar un paso entre aquellas pilas de papeles olorosos a tierra luego de la lluvia. En medio de aquel caos, sentado al trono-escritorio, nuestro padre leía.
            ¿Qué imán gigantesco nos arrastraba a quedarnos horas alrededor suyo sin hablar? ¿Por qué ese recoveco pleno de aire enrarecido se nos antojaba acogedor e interesante? Obviamente no puedo asegurar los motivos de mi hermano quien, dicho honestamente, siempre estuvo más apegado que yo a nuestro padre, pero no estaría arriesgándome mucho al aseverar que la simple compañía de papá le era más que suficiente para gastar tiempo precioso de juego en mirarlo en silencio. Mis razones eran otras: yo no miraba propiamente a mi padre, lo miraba leer. Lo observaba tomar folio tras folio de las cajas o reacomodando legajos, montañas completas. Lo miraba escribir también en letra de carta con una caligrafía cercana a la del escribano. Con el tiempo supe que los papeles que archivaba eran documentos oficiales del ayuntamiento y que las líneas que escribía eran poemas.
            Poemas firmados no con su nombre de pila sino como Parsifal, el héroe de algunos lais artúricos. Pero este guerrero medieval, lejos de compartir banquetes con sus compañeros de la tabla redonda, pasaba horas, solo y olvidado, en un quehacer que nadie en todo el palacio municipal valoraba. Era un caballero hurgante dentro de aquella cueva cubierta de tinta y moho, lejos de las fuentes claras y las damas misteriosas de los bosques británicos. Parsifal descuidado, visto a lo lejos por su hijo que vagaba por la gruta creando también sus dragones personales, sus damiselas en apuros.
¿Cómo es que no supimos entonces que ahí nacía la orden del Húmedo Caballero, destinada a amar y preservar la letra, a proteger con la vida los territorios oscuros y placenteros de la lectura?

2. La isla de los hombres solos o Cómo José León Sánchez me puso en aprietos ante mis maestras

No hay reino fijo para el caballero. Y mi padre siguió al pie de la letra esta regla una mañana lejana de mis 8 años en que partió de casa con maletas, con hijos de su primer matrimonio y una armadura de segunda mano. Se fue el paladín, es cierto, pero dejó los libros. Dentro de una caja que a nadie le importaba yacían a mi espera Rius, Mafalda y José León Sánchez con no sé qué historia sobre un tal Jacinto feo y pobre, el de la novia bonita y buena. Era La isla de los hombres solos, novela cuya lectura atravesó mi cerebro, abrió mi corazón, le dio un vuelco a lo que hasta entonces éramos el mundo y yo.
            Mientras los demás jugaban, yo pasaba los recreos leyendo bajo una sombra. Hasta ella llegaron dos maestras a pedirme prestada la novela. Se las facilité sin medir las consecuencias. Luego de unos días, al llegar a casa, mi madre me recibió alarmada tras la visita de las profesoras que le pidieron de la forma más encarecida posible que cuidara lo que yo leía.
            Pobres maestras. Se horrorizaron por la homosexualidad de la que hablaba la obra, por la tortura y la vejación a los reos, por la muerte y la degeneración humana. Pero no fueron capaces de comprender, de ver siquiera la ternura en el corazón de Jacinto, el amor de María Reina, los paisajes de los pueblos costarricenses. La crueldad de los carceleros pudo más en el escándalo de mis instructoras que el pasaje maravilloso en que los enamorados contaban estrellas sin poder elevar la cifra a más de cien porque los besos les hacían perder la cuenta y porque entre los dos no sabían contar más allá de ese número.
Entendí que, por absurdo que me pareciese, no cualquiera podía entrar a los mundos escondidos en los textos. Me sentí poderoso, dotado de un don casi divino, era dueño de un universo invisible a los demás donde nadie mandaba salvo mi propia imaginación.

3. Un flautista sin Hamelín

Mi tendencia a la oralidad viene de mi abuelo materno, último juglar de los territorios remotos del feudo de Sarabia, Jerez, Zacatecas. Narrador nato, mi abuelo nunca tuvo una tarde solo en su taller sino más bien un bonche de viejos amigos con alma de chiquillo (y algunos chiquillos reales) ávidos todos por escucharlo hablar.
            Uno de sus viejos amigos era yo. Las mejores tardes de mi vida se las debo –te las debo–, al abuelo. Sentado sobre un neumático de tractor  le oí contar historias sorprendentes; le aprendí, por ejemplo, la manera idónea para cazar osos (la historia la conoció por una película del Piporro, pero el abuelo dijo que él la había inventado):
“–Mira, mijo –decía– a pesar de estar tan grandotes, los osos son animales muy rápidos y fieros, por lo que no conviene acercárseles mucho. Para matarlos son necesarias tres armas: una escopeta, una pistola y un cuchillo. Una vez que las conseguiste debes buscar al oso, caminando siempre en sentido contrario del viento, atento a todo lo que pase a tu alrededor. Llegará el momento en que, a la distancia, lo encuentres descansando bajo la sombra de un encino. Entonces, sin hacer un solo ruido, vas a buscar la posición más cómoda para usar la escopeta. La mirada atenta al oso, luego a la mira, luego al oso, luego a la mira; deberás ser capaz de escuchar el latido de tu propio corazón, adivinando el siguiente movimiento del oso. Sólo cuando estés completamente seguro de no “jerrar” el tiro, vas a respirar hondo, hondo y apretarás el gatillo. Si por mala suerte no le das, el animal se te dejará ir a toda velocidad más enojado que nunca. No tendrás tiempo de recargar otra vez tu escopeta porque lo vas a tener a unos pasos, así que debes sacar tu pistola y dispararle a boca de jarro. Pero si por mala suerte no le atinas, vas a tener al oso justo frente a ti y ya no podrás usar la pistola de nuevo; entonces vas a agarrar caca, se la vas a embarrar en los ojos y le hundirás el cuchillo en el corazón.
– ¿Y dónde voy a conseguir caca, abuelito?– le pregunté consternado.
–Mijo –respondió él con tono sabihondo– cuando tengas al oso así de cerquita, caca te va a sobrar…”
            Mi abuelo era su palabra y su palabra era muchos hombres a la vez: fue el comisario que no rescató a la mujer enamorada que se iba “juida” a caballo con su novio: “Ellos andaban armados, mijo; ¿yo con qué les tiraba, con piezas de pan?”. Fue también el mejor improvisador de poemas: “D’este callejón p’arriba hay naranjas y limones; tú me tiras con un palo y ¿qué necesidad hay d’eso?”. Fue un recolector de cachivaches: “Este fierro está bueno, nomás que ahorita no sirve”; de frases que sacó de no sé dónde y se convirtieron en patrimonio comunitario: “Nosotros somos hombres de dinero, nada más que ahorita no tenemos”.
            El taller de mi abuelo siempre fue una fiesta de palabras, un rincón al cual asirse para no caer en el hastío. Mi abuelo era poderoso, dotado de un don casi divino, dueño de un universo invisible al que todos entraban gracias a su palabra. Ésa era la diferencia entre los dos: la generosidad narrativa. A mí me rebullían dentro del pecho los relatos que leía o escuchaba; mi abuelo los regalaba a discreción, como un bien comunitario.
Desde esa tarde comparto cuando puedo, como puedo, el patrimonio de la palabra. Espero, abuelo, no haberte decepcionado.

4. Dos pinos en medio de un robledal
 
Hay amigos que te esperan a la vuelta de la esquina. Así me pasó con Kike, de la escritora cubana Hilda Perera, hace más de veinticinco años. Era yo entonces un inmigrante ilegal en los Estados Unidos y no conocía las bibliotecas. Mis lecturas por esos tiempos se limitaban exclusivamente a los libros y revistas que había en casa, la de México: además de Rius, José León y Quino estaban Samurái John Barry y el Capulinita. El descubrimiento de un recinto lleno de libros fue maravilloso; saber que estaba a mi disposición fue todo un acontecimiento. ¡Los prestaban! ¡Podía llevarlos conmigo a casa!
Fue durante el segundo o tercer día de mi estancia en la escuela primaria Longfellow de Bakersfield, California, cuando la maestra nos llevó a la biblioteca a que tomáramos un libro al final del día. Sin atinar a moverme admiré el recinto, un salón grande llenó de la luz que entraba por los ventanales. Por fin, deambulé por los pasillos en silencio, lentamente, con los ojos bien abiertos. Luego de un rato de oler y palpar varios tomos, me detuve frente a un estante, de entre la gama de posibilidades elegí Kike porque yo no sabía inglés y ese libro estaba en español; porque en la portada un niño comía a lado de un apache —pronto me daría cuenta que no era apache—; porque se llamaba como yo, aunque le dijeran Kike.  
Lo leí cinco veces en una semana. Apenas llegaba de la escuela, buscaba un lugar junto a la ventana para re-vivir los sucesos que se paseaban frente a mis ojos. Mis familiares dijeron que me volvería loco. Aún creo que tuvieron razón.
Loco de gusto, fascinado por la historia de un niño cubano que dejaba a sus padres y a su país para vivir en Miami. Fascinado, sí, porque ese niño era yo, aquélla era mi vida. Éramos como dos pinos en medio de un robledal. Kike fue mi refugio, la mano que me sujetaba cuando iba a resbalar. 
Nunca más volví a tener el libro en mis manos luego de esa semana, pero regresé a México con él dentro del corazón. Desde entonces lo busqué sin éxito por mucho tiempo. Hasta que un día, veinticinco años después, gracias a una prima llena de luz que desenmarañó el camino que nos unía a Kike y a mí. El libro, mi libro, esperaba por mí en una librería de viejo de Nevada, Estados Unidos. Maravillosa Jessica, gracias por reunir a dos chicos desamparados, a dos viejos amigos que se miran a los ojos otra vez.
 
5. Salas de lectura. Alas de lectura

Nunca pensé tener una sala. La oportunidad me llegó de rebote, como si ésta buscara a otro y yo me hubiera atravesado por error. Para ese entonces hacía tiempo que había egresado de Letras y frecuentaba a gente comprometida con la escritura y la lectura desde trincheras periféricas. Escritores, pintores, narradores, personas comunes amantes de los libros, todos anónimos pero no inmóviles.
            Uno de ellos, Juan Carlos Berumen, director del Instituto Jerezano de la Juventud en ese entonces, me invitó a ser parte del PNSL un día que pasé por su oficina para plantearle un asunto cualquiera. Me extendió la copia de un cartel bastante feo donde se leían las bases para cursar el primer módulo del programa. Acepté enseguida como quien sabe que le espera algo bueno.
            Lo que me esperaba era fantástico. El primer módulo fue un sueño, fue aliento y detonación; fue arroyo, remanso, alas abiertas, libros abiertos. Fue todo lo que había deseado que fuera y más. Me encontré a mí mismo en los otros, ejército de mediadores vestidos de amas de casa, profesionistas, abuelos, padres, hijos: lectores. No se trataba de quién tenía más premios o había estudiado esto o aquello, se trataba de generosidad. No se trataba de escribir un poema o narrar ante un centenar de personas a la manera de quien se contenta sólo con plantar el árbol sin asegurarle el agua, se trataba de compromiso.
            Salí del curso ansioso por empezar, llenos los bolsillos de ideas y expectativas. Nombré a mi Sala Libro Corazón en honor a un cuento de Severino Salazar en el que un montón de chiquillos subían por tiempos a la cima de una carreta llena de tazole para leer historias sorprendentes. La instalé en el café de una amiga; las sesiones serían los martes a las seis de la tarde, pensadas para jóvenes y adultos. Durante tres semanas consecutivas nadie asistió; para la cuarta, una prima se dio una vuelta y me acompañó largo rato, seguramente conmovida por el espectáculo que ofrecía mi figura sentada ante una mesa vacía.
            Cerré la sala sin inaugurarla. ¿Adónde se habían ido el sueño, el remanso y el arroyo?
            Entonces un flautista desconocido tocó la flauta —¿fuiste tú, abuelo?—. Ignoro qué engranes se activaron para reunirnos a todos: un mediador sin sala, una amante del café que reiniciaba una aventura, un grupo de muchachos en busca de espacios de charla. Llegué al Santolíquido, un cafecito administrado por Lupita Cabrera, antigua amiga, y le solté la propuesta sin mucha esperanza. Como si hubiera estado allí esperando mi llegada, Lupita aceptó la idea con entusiasmo y me contó de unos tales Felipe, Ernesto y Daniel que le habían pedido permiso para reunirse a charlar de vez en cuando en su establecimiento.
            El primer encuentro se dio el sábado siguiente. Asistieron siete u ocho personas de las que, luego de algunas sesiones, quedaron los tres que arriba nombré. Con el tiempo se integraron Florencio, mi maestro en la preparatoria; Luis, el mesero del café; Aída, una maestra de música, y su esposo; Pepe, quien fuera uno de mis lectores más asiduos; Mary y su hijo; Monserrat y otros miembros que nos visitaban de vez en cuando.
            Como la sala comenzaba de nuevo, creí que sería bueno renombrarla. En una de las sesiones les pedí  a los muchachos que pensaran en un nombre; sin embargo, a pesar de que traje el tema a colación durante los siguientes encuentros, nunca nos decidimos, como si a ninguno de nosotros nos importara el nombre sino lo que las reuniones significaban. Pensé entonces en Caleidoscopio. El nombre cundió: eso éramos, imágenes distintas de una misma cosa; un libro, infinidad de lecturas.
            El ejercicio de la lectura nos ha cambiado sin que esta mudanza deba por fuerza ser la “gran” transformación. Han sido más bien pequeñas pero significantes variaciones: Ernesto, quien durante la primera sesión nos confesó que leía muy poco, se convirtió en ferviente lector; ya no asiste, pero sigue leyendo. Luis, chico tímido por naturaleza, se aventuró a dar sus opiniones entre tartamudeos y sonrojos. Felipe logró ganarle terreno al tiempo compartido con su novia para volver a la sala luego de algunos sábados ausente debido a la fiebre del amor; donde quiera que esté ahora espero que los libros lo acompañen. Yo me he vuelto un escucha, cosa difícil para alguien que buscaba siempre ser escuchado; un facilitador más que un dadivoso de la lectura. La sala, pues, me ha vuelto más humano.
El presente de Caleidoscopio son Mary, Osvaldo, Rubén y Alejandra: los boticarios. No sé si la sala que tengo es la que pensé tener al iniciar el diplomado, pero sé que es una buena sala. Una buena sala como lo son todas mientras en ellas se propicie la charla, la lectura y la camaradería. La nobleza de Salas de Lectura reside en la sencillez de sus normas, en la originalidad de cada grupo. Juntos, mediador y lectores, conforman el rostro que desean, el que mejor les acomoda; todos buscan, en la medida de sus posibilidades, desde su pequeño bastión, mejorar el mundo, hacerlo más amable. Es, si se me permite la comparación, conformar la Orden del Húmedo Caballero, preservar los textos, propiciar el diálogo aunque en apariencia no sirva de nada. Tañamos la flauta, llamemos, que alguien escucha.

Andrés Briseño Hernández

Jerez, Zacatecas, a 11 de agosto de 2019


Pedro Hernández partió al norte hecho un puro llanto; sus labios musitaban ¿Cuál de los dos amantes sufre más penas…? Rita Carrillo, su mujer, se supo sola y guardiana de sus hijas. Por eso no se permitió una lágrima siquiera. Por eso se convirtió en la centinela de su casa, de las muchachas y de su honra. Cada tarde se encerraban a piedra y lodo mucho antes del anochecer.  Ni una luz, ni una palabra salían de la casa. Y el radio, única diversión de las mañanas, permanecía religiosamente apagado hasta el nuevo día.

            A veces llegaban cartas llenas de “las pienso”; las jóvenes las leían y cantaban. Rita Carrillo acallaba los coros antes de que el sentimiento la desbordara. No iba a llorar por él; no, hasta que regresara como lo había prometido. Dile al que te lo cuente que eso es mentira, se decía.

            Sin embargo, si saber la razón, una madrugada despertó con un desasosiego en el pecho que le hizo romper su férrea disciplina. Llamó a sus hijas que despertaron asustadas y confundidas. Rita Carrillo encendió el radio para sintonizar una estación que trasmitía desde los Estados Unidos.

Un hombre pedía una canción. Se decía triste y solo, con una necesidad enorme de saludar a su familia aunque bien sabía que era imposible que estuvieran escuchando.

Era Pedro Hernández.

Cuando se quiere hasta se llora, sentenció la letra de la canción solicitada. “Y sólo con la muerte te olvidaría”, exclamó Rita Carrillo, y se deshizo en lágrimas hasta el amanecer.



Andrés Briseño Hernández

Cierta noche un hombre se soñó en un cuarto oscuro; estaba sentado en un viejo sillón mientras le contaban un cuento. Frente a él, junto a una pequeña lámpara que languidecía, el narrador mantenía su rostro oculto tras las sombras.

            Lejos de experimentar miedo, el hombre se sentía cómodo escuchando la voz pausada y monocorde de su interlocutor, quien sólo dejaba ver su mano derecha cubierta por un guante negro. Las palabras salían del que contaba como si fueran la llovizna sobre un techo de lámina.

            Ya conocía la historia, la había escuchado alguna vez en la radio, en un programa de leyendas urbanas de terror; sin embargo, la manera en que era relatada por el desconocido la tornaba interesante:

            Un tipo vivía en un pequeño departamento con un perrito como única compañía. Todas las noches por la ventana entraba la luz violeta del letrero de un hotel de paso. El tipo se recostaba en la cama, cerraba los ojos y se ponía a pensar. Tal vez recordaba un suceso triste o se sentía solo, porque era entonces cuando bajaba el brazo y acariciaba a su mascota. El animal lamía lentamente sus dedos y él se tranquilizaba ahuyentando su soledad. La misma acción se repetía todos los días al anochecer.

            Una madrugada, apenas entradas las dos, el tipo comenzó a oír un goteo incesante. Abrió los ojos y pudo ver su cuerpo bañado por el color violeta mientras sus oídos buscaban el origen del ruido. El goteo provenía del baño, seguramente sería una fuga en la regadera. El tipo cerró los ojos y trató de dormir, pero el plaf, plaf proveniente de la ducha no dejaba de escucharse. Sin saber por qué comenzó a sentir miedo. Por su mente empezaron a rondar los pensamientos más aterradores que podía imaginar. El goteo seguía horadando su cabeza y su nerviosismo crecía con cada nuevo plaf, plaf.

            Instintivamente bajó su brazo. De inmediato sintió una lengua húmeda lamiendo sus dedos. El tipo se calmó y se quedó dormido. Pero despertó unos minutos después cuando un goteo más sonoro lo despertó. El ruido había crecido en volumen y en frecuencia ¡plaf, plaf, plaf, plaf! Atemorizado, saltó de la cama y se dirigió al baño. Lo que vio lo dejó frío: su perro colgaba de la regadera con el vientre abierto, la sangre del animal goteaba incesantemente con una estridencia irreal. Y sobre el azulejo, con letras coaguladas, se leía: "¿Adivina quién te lamió la mano?".

            El hombre que soñaba abrió los ojos con un grito desgarrador. Su cuerpo estaba cubierto por un sudor frío que le helaba el cuerpo. Estaba despierto, pero en su mente aún permanecía la voz pausada del hombre del guante negro.

Cuando logró serenarse, miró a su alrededor y se encontró en un pequeño departamento iluminado por una luz violeta proveniente del exterior. No, no había despertado todavía: el departamento del sueño era el mismo de la realidad. Presa del pánico se envolvió entre las sábanas y encogió su cuerpo tanto como pudo. Sorpresivamente se dejó oír un goteo lento, estridente.

            Bajo las telas, obligado por una fuerza desconocida, el hombre buscaba a tientas la orilla de la cama. Al encontrarla, su mano derecha empezó a bajar sin que él se lo ordenara. Una saliva tibia cubrió sus dedos. Sin abrir los ojos, el hombre se preguntaba a qué hora iba a terminar este sueño que no acababa de concluir. De repente la lengua dejó de sentirse. El hombre bajó de la cama con sigilo y abrió la puerta del sanitario. Ante sus ojos estaba el perro colgado de cabeza con las vísceras al aire. La pared ostentaba la misma leyenda en letras rojas. Algo había cambiado, sin embargo: en lugar de huir, esta vez contempló la escena, maravillado. El olor a sangre fresca estimuló su sed. Su boca se pegó al can con fruición y un líquido viscoso comenzó a bajar por su garganta.

            Cuando reparó en lo que hacía, se tapó la boca con repugnancia, pero su mano ya no era una mano teñida del violeta del anuncio del hotel. En lugar de la coloración fluorescente, sus dedos estaban cubiertos por un guante negro que se movía de un lado para el otro según la intención de sus palabras. Frente a él, otra persona sentada en un viejo sillón escuchaba el cuento que él contaba. El hombre se negaba a hablar, pero aun así salía su voz pausada y monocorde. El oyente permanecía en silencio mientras él contaba cómo el plaf del baño se iba haciendo más intenso y cómo un tipo hurgaba entre las sombras buscando el hocico de un perro para serenarse.

            La persona del sillón empezó a exaltarse significativamente con el relato. Con voz colérica y amenazante exigía el término del cuento. Las venas del cuello parecían a punto de estallarle por los alaridos que profería. El hombre que soñaba intentaba detenerse, pero su boca seguía escupiendo palabras. Con un salto violento, el otro cayó sobre él. De su gabardina extrajo una daga que brilló con la luz de la lámpara. El hombre intentaba despertar para no sentir el acero que atravesaba su carne, pero le era imposible. Víctima del dolor, exigía a su mente terminar el sueño.

            Entonces una luz violeta invadió sus ojos cerrados. Por fin estaba despierto, ya no había duda. Seguramente se encontraba ya en la protección de su cama. Lentamente abrió los ojos para regresar a la realidad. Al abrirlos por completo vio frente a él, de cabeza, un hombre desnudo que lo miraba aterrorizado desde la entrada del baño. Con una revelación repentina comprendió todo: no era más que un hombre que se había soñado como un hombre que contaba un cuento, como un hombre que lo escuchaba y como el personaje de la historia que en ese mismo instante lo veía con los ojos desorbitados, porque ahora era un perro que soñaba antes de morir, un perro que colgaba de una regadera con el vientre abierto y con la sangre hecha palabras que decían: "¿Adivina quién te está soñando ahora?".


Andrés Briseño Hernández



 




¿Hasta dónde llegan los límites de la realidad? ¿Cómo se expande el acontecer diario de un pueblo rayano en la desaparición, mantenido a flote a punta del miedo, de los deseos soterrados, de las argucias y las falsas esperanzas? En El lugar sin límites, novela escrita por José Donoso en 1966, las apariencias se superponen a las realidades en un intento por encubrir las intenciones, escamotear las verdades y consolidar el poder. 
Conforme nos adentramos en la obra, las máscaras se desprenden y evidenciamos los rostros verdaderos. El Fundo el Olivo, un pueblo al que se le augura prosperidad, es en realidad un caserío miserable destinado al olvido desde que el trazado del tren, originalmente concebido para que cruzara la localidad, cambio de ruta. 
Ahora sólo lo habitan unos cuantos vecinos y un grupo de prostitutas regenteadas por la Manuela, un personaje estancado en sus viejas glorias –¿reales, inventadas?–, homosexual y padre, amante del boato en un mundo que se vence ante la ruina. La única cosa que le permite anclarse a la falacia es su vestido de ‘Manola’; ataviado con él, las apariencias, aunque efímeras, subyugan a las realidades.
 Su hija, ‘la Japonesita’, virgen entre las putas, se proclama ajena a las voluptuosidades, mientras que secretamente desea ser poseída por Pancho Vega para ser llevada a un arrebato sexual que desconoce. La Japonesita no espera la llegada de la luz eléctrica, sino la arremetida salvaje de un hombre.
El destino del fundo está supeditado a los deseos de don Alejo, hombre entrado en años, senador, propietario de las viñas cercanas y de la mayoría de las viviendas del fundo. Los pobladores esperan el cumplimiento de la promesa del político de que la energía eléctrica y el progreso llegarán al pueblo. Pero el latifundista no se interesa por el bien público, busca recuperar una propiedad perdida años atrás y con ella la posesión de todo el fundo.
De tiempo en tiempo aparece por el pueblo Pancho Vega, joven pendenciero, chofer de un camión de fletes. Pancho desea a la Japonesita y odia a muerte a la Manuela. Ha jurado poseer a la muchacha y darle su merecido a su padre a la primera oportunidad. Pero a la vista del cuerpo enjuto y viejo del homosexual que baila ataviado con un traje de ‘Manola’, ardores reprimidos copan la carne de Pancho, le revelan deseos inesperados que lo llevarán a tomar una decisión tajante. ¿Sucumbirá a la verdad que le grita su sangre o se aferrará a la protección de la máscara?
Retomo las preguntas iniciales: ¿Hasta dónde llegan los límites de la realidad? ¿Cómo ensanchar el mundo cuando no se tienen otros sustentos más que el deseo, la esperanza fallida y las ambiciones? Tal vez la respuesta se encuentre en la continua representación teatral de los seres que lo habitan. Cuando la realidad les resulta hostil, inconveniente, desalentadora y, sobre todo, perecedera, el juego de las apariencias rompe las lindes de lo real y ensancha los márgenes de la vida hasta puntos quizá inconmensurables. 

Andrés Briseño Hernández
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